Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 63 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 63

63

 

 

La puerta del Huntsman se abrió y ahí estaba Luke; su silueta —altura, pelo, hombros— era inconfundible. Recorrió el interior con la mirada, luego se abrió paso entre las sillas y los sofás.

De pie ante mí, se desabrochó la chaqueta de cuero, se la quitó y la tiró a un asiento.

—¿Te apetece un trago?

Yo señalé mi vaso de agua, él se acercó a la barra y poco después volvió con una pinta de algo. Tras dejarla ruidosamente sobre la mesa, dijo:

—Así que yo te dejé, ¿eh?

¿Su estado de ánimo? No abiertamente enfadado, pero para nada de buen humor.

—Sabes que sí.

—Y tú me dejaste. Nos dejamos el uno al otro.

—De verdad, no…

—¿Puedes dejarme que te cuente mi versión de la historia? —Se calló, con la mirada clavada en mí—. ¿Por favor?

Fue el «por favor» lo que me convenció.

—Vale. —Pero estaba aterrada.

—Bueno. Todo empezó cuando dijiste que te pasabas todas las noches en vela. Pero como yo tampoco estaba durmiendo muy bien, solía estar pendiente de ti para ver cómo te encontrabas. Estabas dormida gran parte del tiempo.

Lo miré fijamente, preguntándome por qué estaba contándome eso.

—Cuando me dijiste que Carlotta te había dado suficientes pastillas para cinco noches fue la última vez que fuiste sincera conmigo.

—Espera…

—No, espera tú. —La ira lo dominó un instante—. Tenías otra receta de ella y unas cuantas más de al menos otros dos médicos, y no solo no me lo contaste, sino que, cuando te lo pregunté directamente, me mentiste.

—Frena, Luke. —Estaba intentando retorcer los hechos—. La falta de sueño me estaba volviendo loca. Un médico me recetó somníferos. Pero como te mostraste tan contrario a que me tomara cualquier cosa, jamás, la única solución fue ocultarte la verdad.

—¿«Ocultarme la verdad»? Es una manera muy elegante de decir que me mentiste. En cuanto empezaste a tomártelas en secreto, te metiste en un buen lío. Y lo sabes. Eres toda una autoridad en adicciones.

—Lo hacía en secreto porque tú me habrías impedido tomarlas… y, Luke, las necesitaba.

—Pero ¿tú te oyes? Si un cliente te dijera eso, se las quitarías. No las necesitabas, las deseabas…

—Te equivocas. Yo…

—¿Puedes imaginarte lo asustado que estaba? Nuestra hija había muerto y te estaba perdiendo a ti. Cuando me dijiste que no habías tomado nada — puso mucho énfasis en las siguientes palabras—, no… sabes… cuánto… deseaba… creerte. Pero no era la primera vez que me pasaba eso contigo. Reconocí las señales. Poco después de que empezaras a tomar esas pastillas otra vez, estabas metiéndote más de las que debías. Tanto durante el día como antes de acostarte. Y en plena noche. Pero, siempre que te preguntaba al respecto, me mentías.

Intenté con toda mi alma aferrarme a lo que sabía que era cierto. Debía reconocer que había tomado más de la cantidad recetada y que había habido mañanas en que el dolor de vivir un día más sin mi niña me había superado. Pero tomar las pastillas siempre había sido algo que yo había elegido. Siempre lo había tenido bajo control.

La versión de Luke estaba distorsionada. Pero los sólidos cimientos de mis convicciones se estaban resquebrajando bajo mis pies y me sentía confundida.

—Hubo una noche que fue horrible, joder, estabas hasta las cejas, arrastrabas las palabras al hablar e ibas dando tumbos…

No.

—A veces estaba grogui cuando me despertaba…

—Estabas mucho peor que grogui. Así que registré el piso y descubrí que había pastillas escondidas por todas partes. Rachel…

Incluso a esas alturas, lo recordé y me puse mala. Tras despertarme, me había encontrado unos cuantos Ambien en la encimera de la cocina y a Luke yendo de aquí para allá con una furia contenida.

—En la caja de las bolsas de té —había dicho, al tiempo que sostenía en alto dos pastillas. Señalando las otras, añadió—: En el congelador. En el bolsillo de tu abrigo. Pegadas con cinta adhesiva en la parte trasera de esas fotos. ¿Se me ha pasado por alto algún escondite más?

—El arroz, el arroz basmati. —Metí la mano dentro hasta que encontré las cuatro pastillas, y se las di.

—¿Eso es todo? —preguntó—. ¿Todo?

Asentí.

—Eso es todo. Lo siento —susurré—. Te quiero, lo siento mucho.

Me atrajo hacia su regazo; a continuación, enterré la cara en su cuello y me dejé llevar por la desesperación. Lloré por la muerte de nuestra niña y por mí, por ser un puto desastre sin dignidad alguna y porque tenía la horrible sospecha de que lo estaba perdiendo todo.

Había creído que mis heridas se habían curado años antes… ¿Cómo había podido acabar en esa situación otra vez?

—No pasa nada —había murmurado él mientras me besaba el pelo—. No pasa nada.

Pero sí que pasaba algo. Porque no le había dicho que tenía unas cuantas más escondidas en la tapa del frasco de base de maquillaje ni en el tarro de ácido fólico ni en la parte de atrás del cajón donde estaban guardados todos esos cargadores viejos. Él no lo entendía, nunca lo entendería porque la única persona que podía ayudarme a atravesar aquel infierno era yo.

—Ese día —me recordó— lloraste en mis brazos y me juraste que lo dejarías. Pero no lo hiciste. No me extraña que lo hicieras tan bien en la escape room con Quin… ¡Sabías cómo encontrar cosas porque sabes cómo esconderlas!

Eso me llegó al alma. Era una forma tan demencial de ver las cosas y quizá… ¿Luke no se equivocaba?

Supongo que explicaba por qué había actuado de un modo tan raro y había estado con la mosca detrás de la oreja cuando Quin había alabado lo bien que se me daban las escape rooms.

—Sabes que tengo razón —dijo Luke—. Puedo verlo.

—No… en absoluto… no ves nada.

Pero estaba asustada: había comprendido que había dos maneras de ver una misma situación. En la primera, mi niña había muerto y, como no había sido capaz de soportar el dolor durante un tiempo, no había podido dormir y había recurrido a las pastillas. En la otra, era una adicta que se había aprovechado de esos síntomas para hacerme de un modo legal con unos somníferos… y luego me había tomado más de los que debía.

¿La verdad podía tener dos caras?

—Luke, no… No sé qué pensar. Estoy… Esto es demasiado… Estoy asustada.

Me observó con detenimiento.

—Lo superarás. —Parecía tenerlo muy claro—. Aunque llevará un tiempo. Date tiempo para asimilarlo.

—Luke… escucha. Será mejor que me vaya a casa. Debo…

—Claro. Por supuesto. Pero ¿no crees que ahora no deberías estar sola? ¿Estará Quin allí?

—Está en Nuevo México. Pero estaré bien.

Sin embargo, mientras caminaba hacia la puerta, recobré la cordura. Después de todo lo que Luke había hecho, de algún modo se las había ingeniado para convencerme —brevemente— de que yo tenía la culpa de todo.

—¿Luke?

En el exterior, en medio de la noche índigo, se alzaba imponente sobre mí.

—Luke. —Entonces era yo quien estaba enfadada—. No puedes echarme toda la culpa.

Parpadeó.

—¿Es que no lo entiendes? —Parecía sorprendido—. Me pasé casi seis meses intentando ayudarte a dejarlo. No pude hacer nada más y no exagero. Tuve que marcharme.

—… Eso no fue lo único que hiciste.

El silencio reinó durante un rato demasiado largo. Vi en sus ojos que acababa de comprender algo… y también vi otra cosa más, algo menos agradable.

—¿Te refieres a Mia?

Asentí.

—Ah, sí —dijo—. Casi se me olvida. Sí, me acosté con Mia.

Tragué saliva. En aquel momento, Luke lo había negado; lo había negado una y otra vez. Pero yo siempre lo había sospechado. Que me lo confirmara —aunque fuera seis años después— fue atroz.

Bajó la cabeza hacia mí, de tal manera que algunos mechones de su pelo me rozaron la piel.

—Que te den por culo, Rachel —me espetó—. Sí, que te den.

Se dio la vuelta y se alejó de mí, cruzó el asfalto, se subió de un salto a su moto y, acompañado del rugido furioso del motor, se perdió en la noche.

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