Otra vez, Rachel
Capítulo 85
85
No había dejado de pensar en Liberty y en Finley. En todos los Quinlivan. Pero pensaba que los padres y hermanos de Quin estarían mejor preparados que sus hijos para asimilar mi repentina desaparición de sus vidas.
En vista de cómo se estaban desarrollando las cosas, probablemente fue una bendición que nunca hubiera asumido un verdadero papel maternal con los niños. Sin embargo, nos llevábamos bien. Les tenía mucho cariño y me parecía mal desaparecer sin dar explicaciones.
Pero no estaba segura del protocolo a seguir, sobre todo porque no tenía ni idea de lo que les había contado Quin. ¿Era una «perra infiel»? ¿O había contado que la ruptura había sido decisión suya? De hecho, ¿estaba Golden instalada en la cocina de azulejos blancos y negros de Quin, bebiendo té en mi taza y ayudándole a buscar el tahini?
Realmente no me gustaba esa idea, pero era imposible dejar mi aversión por Golden fuera de toda la situación, establecer mis sentimientos exactos.
Varias veces me había puesto a escribir un email a Quin para preguntarle si podía escribir a sus hijos. Pero el recuerdo de aquella última mañana en su salón, en la que ambos confesamos haber engañado al otro, proyectaba una sombra alargada. Hubo tanto rencor que me resistía a ponerme en contacto con él por miedo a recibir más de lo mismo.
Algo más me lo impedía: no tenía ni idea de si las cosas habían terminado para siempre con Quin. Su ausencia me sorprendía todos los días, casi me dejaba en estado de shock. ¿Significaba eso que le quería? ¿Lo suficiente para superar lo que ambos habíamos hecho?
Lo único que sabía con seguridad era que no sabía nada.
—¡Bueno, gracias!
Era miércoles por la mañana, y por fin empezaron a abrirse las flores de Yara. El domingo por la noche, después del brunch de Margaret, creí detectar que los capullos, tan cerrados, se habían aflojado un poco. El lunes no tanto. Ni el martes. Pero de la noche a la mañana se habían producido grandes cambios.
«Díselo».
Luke, las flores han comenzado a abrirse. Pinta bien para el fin de semana. ¿Te
parece si te llamo por FaceTime el sábado por la noche, alrededor de las 11.30? ¿Demasiado tarde? :-x
No es demasiado tarde. Pero ¿muy temprano para que te levantes? ¿A las 6.30
de la mañana? ¿Quieres llamarme más tarde? Me parece bien. L :-x
Las 11.30 me parece bien. Hablamos entonces :-x
Para el sábado por la tarde, el árbol era una explosión de pétalos rosados.
—Quédate así —le advertí a Yara—. Será mejor que estés perfecta mañana por la mañana.
«Lo estaré. —Y añadió—: Ja, ja, ja».
No era necesario que Luke me ofreciera que le llamara más tarde, estaba despierta a las cinco de la madrugada. Aun así, me dio tiempo de juguetear con mi pelo y con mi piel y, básicamente, obsesionarme.
Fresca, esa es la imagen que quería dar. Simpática.
Adorable, en realidad. Por qué no admitirlo. Era algo que no debía anhelar, pero el corazón quiere lo que quiere.
En el jardín, el árbol se veía perfecto. Dieron las seis y media y, casi sin aliento por la impaciencia, hice la llamada. Y allí estaba él, con una sonrisa en los labios.
—Hola. —Tuve que luchar contra las ganas de abrazar el iPad—. ¿Cómo estás?
—Bien. Muy bien, de verdad. Así que… Vamos a ver el árbol de nuestra niña.
La pena era tan intensa que durante un momento se me cortó la respiración. Al girar la cámara, sin embargo, el dolor dio paso a un cierto orgullo.
—Maravilloso, ¿verdad?
—Desde luego. Pero claro que lo es. Ella era maravillosa.
«Gracias».
Después de rodear el árbol dos veces, volví la cámara hacia mí.
—Te enviaré un montón de fotos. ¿Y quieres algunos pétalos?
Parecía sorprendido.
—¡Sí! Me encantaría.
—Pásame tu dirección y te los envío por correo.
—Vale, gracias. ¿Qué tal la semana?
Una imagen de Helen pasó por mi cabeza.
—Bien —contesté al cabo de un segundo.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Rachel? ¿Pasa algo?
¿Debía decírselo?
—Mi hermana Helen está embarazada.
—¡Hala! Madre mía. —Parpadeó—. Eso es… ¿el mundo está listo? ¿Y tú te sientes…? Cielo, no pasa nada por sentir celos.
—No es eso. Me preocupa que todo salga mal.
Desde que Helen había anunciado su embarazo, la ansiedad había anidado en mi pecho.
—¿Hay alguna razón para pensar que podría ser así?
—Ninguna. Las posibilidades son mínimas. Lo que pasa es que sé que esas cosas ocurren. Me refiero a que mi cuerpo lo sabe, si es que eso tiene sentido.
Luke exhaló un suspiro.
—Sí. Con suerte será estupendo.
—Luke… ¿Qué es eso de los celos? ¿Tú te sientes así?
—¿Yo? ¡Qué va!
Los dos nos reímos.
—Solo que… —Meneó la cabeza—. A veces… Ahí está Joey, engendrando niños como un conejo…
—¿Cuántos tiene ya?
—Cuatro. Lo sé, no es una multitud. Pero apenas ve a su hijo mayor… A veces me gustaría…
—¿Hablar en serio con él?
—Sí. —Sonrió—. Muy en serio. Pero está bien. Duele, pero está bien. Todo lo bien que cabría esperar.
—¿Qué tal llevas lo de tu madre?
—Estoy haciendo terapia de duelo.
—¿De verdad? —No sé por qué me sorprendía tanto; a fin de cuentas, me había dicho que había visto a un terapeuta cuando se mudó a Denver.
—¡Oh, sí! ¡Así soy yo ahora, Rachel! Me enfrento a mis problemas. — Me reí. No pude evitarlo—. ¿Qué más planes tienes? —preguntó.
—Dentro de dos semanas voy a pasar el fin de semana con Brigit.
—¡Oh, eso es genial! ¿Cómo está la Brigit del condado de Madison? ¿Sigue en ese increíble lugar?
—Ahora es aún más increíble.
—Rachel, ¿sería raro? ¿Podrías llamarme por FaceTime desde allí?
—Bueno, claro. Puedo enseñarte algunos de los cambios. Han convertido el antiguo establo de vacas en un estudio para talleres de yoga o cursos de pintura. Con alojamiento. La nueva carrera de Brigit, con suerte. Hay un curso de pintura más adelante en el verano. Estoy trabajando en ello.
—¿Haciendo qué? —Luke parecía confundido—. ¿Ofreciendo terapia?
—¡Disculpa! También tengo otras habilidades, ya sabes.
—Oh, claro que lo sé.
—Voy a ayudar a Bridge. Cocinaré para los huéspedes.
—¿Qué? —exclamó—. ¿Tú?
—¡Ja, ja, ja! ¡Pues sí! Las cosas han cambiado de verdad. Ahora cocino.
—¡No doy crédito! —Parpadeó con excesivo dramatismo.
Antes, ni Luke ni yo sabíamos cocinar. Creíamos que sabíamos, porque nos las arreglábamos para hacer ocasionalmente algún salteado, pero cuando se trataba de algo elaborado, descubríamos que no teníamos ni idea.
—¿Te acuerdas de la noche que vinieron a cenar mis supervisores de la Casa de la Esperanza? —pregunté de repente.
—¿Que si me acuerdo de…? Ay, Dios. —Había estado intentando conseguir un puesto permanente, y el miedo me había hecho embarcarme en un menú demasiado ambicioso. Luke había sido mi ayudante y ambos estábamos fuera de nuestro elemento—. Me gritabas instrucciones del libro —dijo Luke—. ¿Qué era lo que repetías? «¡Cortado en rodajas finas! ¡Luke, estas chalotas no están lo bastante finas!».
—Y tú dijiste: «Están tan finas que ni se ven, joder».
—Entonces me quité de mala manera el delantal…
—Que yo te había obligado a ponerte…
—Lo tiré al suelo y dije: «¡ABANDONO!»
A los dos nos dio un ataque de risa al recordarlo. Me moría, igual que él, y la liberación fue gozosa. Todas las emociones incómodas que albergaba en mi cuerpo, desde la misma boca del estómago hasta la tensión que me atenazaba el pecho, se esfumaron. Fue magnífico.
Me limpié la cara y levanté la pantalla. Mis ojos se clavaron en los de Luke.
—¡ABANDONO! —repetí. Y todo comenzó de nuevo.
—No recuerdo la última vez que me reí así —dijo Luke cuando recuperamos el control—. En fin, yo debería irme a la cama y tú tienes que seguir con tu día. ¿Hablamos en su aniversario?
—Sí. Sí.
—Intenta no preocuparte por Helen.
—Gracias. —Sonreí, todavía con el ánimo por las nubes—. Cuídate.
Y se fue.
¿Me lo había imaginado?
¿O de verdad había estado coqueteando conmigo?
¿Cuando se mostró de acuerdo en que tenía otras habilidades además del asesoramiento? ¿El brillo en sus ojos? ¿La forma en que había dicho: «Oh, claro que lo sé»?
¿Me lo había imaginado?
¿O así era ser amiga suya?
OceanofPDF.com