Otra vez, Rachel
Capítulo 35
35
De rodillas en el parterre, extraje con delicadeza, con suma delicadeza, la plántula de margaritas del tiesto, poniendo especial atención en las raíces, y la deposité en el hoyo que había cavado con mi preciosa pala nueva. Tras los mimos intensivos que había recibido en el calor del lavadero, la plántula se veía vulnerable y diminuta al zarpar hacia los mares del gran aire libre.
«No te preocupes —le dije a la criaturita mientras la rodeaba de puñados de compost—. Tu tierra tiene el PH perfecto, estás en un lugar totalmente protegido y estás rodeada de colegas».
No hablaba a mis plantas en voz alta, pero no podía negar que en mi cabeza tenía lugar un diálogo animado.
«Ya eres demasiado grande para que te coman los pájaros —le prometí —. Y si se produce una helada tardía, saldré enseguida con el plástico de burbujas para mantenerte abrigada. Y no te preocupes por Crunchie, le dan miedo las flores». Desde que se zampara un parterre entero de narcisos, pero tampoco hacía falta entrar en detalles.
Cuando compré la casa, tenía mucho a su favor: el tamaño perfecto, cerca del trabajo y el precio justo (tirando a bajo). Aunque se hallaba en un terreno más bien grande. Había mucha hierba que tendría que cortar, y yo no sabía nada de cortacéspedes ni de jardinería en general. Pero gracias a lo que Garv me había enseñado, me interesaba mucho.
Así que Nola me llevó a un vivero y me obligó a comprar un montón de bulbos para «principiantes»: campanillas, narcisos, azafrán silvestre. Los planté bajo su atenta mirada. Durante varios meses no ocurrió absolutamente nada, salvo que llegó el frío.
Justo cuando empezaba a preguntarme si ese sería el año en que el invierno se quedaría para siempre, de la tierra helada comenzaron a asomar unas cositas blancas. ¡Mis campanillas!
—Pero ¿cómo? —le pregunté a Nola—. Con lo pequeñas y delicadas que son.
—¿Delicadas? —inquirió—. ¿Las campanillas? Sus pétalos son como cuchillas. Así es como se abren paso desde la oscuridad hasta la luz. Te parecerán frágiles, pero son muy capaces de sobrevivir.
Fruncí el ceño.
—¿Es una metáfora sobre mí?
—¿Y si lo fuera?
Al poco apareció el azafrán salvaje, bonito y sorprendentemente vigoroso, luego los narcisos con sus exuberantes estallidos de amarillos. Por todas partes surgían brotes verdes que contrastaban con la palidez de enero. Y no hizo falta más. Me embarqué en la jardinería hasta donde quisiera llevarme.
Las manos en la tierra, ayudar a un ser vivo a crecer prácticamente desde cero, tenía un efecto muy positivo en mí. Trabajar en silencio y en soledad, concentrada y absorta en los cuidados, era lo más cercano a la meditación que había encontrado. Podía pasarme horas así.
Cuando, de manera inevitable, las flores perecían, sentía una pena profunda, pero tras los dos primeros años aprendí a aceptarlo. Todo tenía su momento, su tiempo de existencia, y después se hacía a un lado para dejar sitio a una nueva vida.
—¡Hola! —Claire, seguida de Kate, había entrado en el jardín—. ¡Vamos, Rachel!
—¿Adónde?
—Vestidos para la fiesta de la abuela —respondió Kate—. Mamá ha encargado un montón para que me los pruebe.
Solté las herramientas de golpe. Mientras las seguía hasta el cuarto de Kate, dije:
—No puedo quedarme mucho rato, tengo una reunión.
—Buena chica… —Claire jamás mostraba interés por esa parte de mi vida.
Me detuve en seco al ver las cajas de cartón que descansaban en el suelo.
—Claire… ¿has comprado el Net-a-Porter entero?
—Casi. ¡Bien, empecemos! —Entusiasmada, sacó un vestido mini de cuello alto con lentejuelas y se lo tendió a Kate—. Pruébate este. Con estas… —hurgó en uno de los paquetes más grandes y emergió con una caja de zapatos—, ¡plataformas!
Kate obedeció y se miró en el espejo. Yo no podía ser objetiva y lo sabía, pero con sus largas piernas, ese pelo brillante y esa piel tersa y luminosa, estaba preciosa.
—Creo que no —decidió.
—¡Te equivocas! —exclamé.
—Es demasiado… —Se encogió de hombros—. ¿Brillante? No me van las lentejuelas.
—Prueba con estas deportivas. —Claire sacó otra caja de zapatos.
—Mejor —concluyó Kate tras calzárselas—. Pero sigue sin ser mi estilo.
—No te preocupes —dijo Claire, impertérrita—. Pruébate esto.
«Esto» era un vestido corset de color rosa pálido.
—Burberry —informó Claire.
Una vez embutida en él, Kate negó con la cabeza.
—Parece… medicinal.
—Pues quítatelo.
Tenía que reconocérselo, Claire no hizo el menor intento de convencer a Kate. Simplemente pasó a la siguiente opción, que era un vestido de organza negro con capa.
—¡Madre mía! —exclamé—. Es precioso.
Y le quedaba genial. A diferencia de los dos vestidos anteriores, ese era discretamente excitante.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Kate—. ¿Un millón de euros?
—¡Qué más da!
—¡Oh, mamá!
—Chicas, tengo que irme —dije.
—¡Quédate, Rachel!
No podía. Hoy era una noche especial: el aniversario de Nola. Llevaba veintisiete años limpia.
Conduje como una posesa y llegué justo a tiempo.
Una vez concluida la reunión, le pusieron delante una elaborada tarta con veintisiete velas. Después de cantarle el «Cumpleaños feliz», las sopló. Tardó un ratito.
—¡Madre de Dios! —Riendo, se llevó una mano al pecho—. Se necesita un buen par de pulmones para soplar veintisiete velas.
—Veintisiete años. —El chico sentado a mi lado miró a Nola de hito en hito—. Es literalmente increíble. Yo llevo sesenta y cuatro días.
—Sesenta y cuatro días son muchos. —Deseaba tanto animarlo—. Todos tenemos que empezar por algo. Y, para un adicto, aguantar veinticuatro horas sin consumir es un milagro.
Se le iluminó la cara.
—¿Tú crees?
—Desde luego. Si piensas en lo difícil que era (bueno, por lo menos en mi caso) pasar una sola noche sin tomar nada, sesenta y cuatro días es un triunfo.
—¿Cuánto tiempo llevas…?
Nola apareció a mi lado y deslizó su mano en la mía.
—¿Meses? —preguntó el muchacho—. ¿Años? —Y añadió con picardía—: ¿No irás a decirme que tú también llevas veintisiete años?
Oh. Respiré hondo.
—Llevo mucho tiempo, pero no sigo la cuenta. Lo único que importa es hoy. Y hoy estoy limpia.
—¿O sea que tú no tienes tarta de aniversario? —Parecía sentirlo por mí.
—Ja, ja, no, no tengo tarta.
—Yo quiero una tarta —dijo con convicción.
—¿De veras, cielo? —Nola parecía encantada con él, aunque le pasaba con casi todo el mundo—. En ese caso, sigue viniendo y manteniéndote limpio. Y cuando lleves un año, te compraremos una tarta fantástica.
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