Otra vez, Rachel
Capítulo 2
2
Cuando me preguntan cómo conocí a Quin y notan que vacilo, normalmente dicen: «¿Tinder? Eh, no hay de qué avergonzarse».
Pero fue peor que Tinder. Hace casi dos años, en 2016, Quin y yo nos conocimos en un retiro de meditación, uno silencioso, que se celebraba en una casa grande y antigua en medio de la nada. Yo había ido porque era una Meditadora Fallida. En todos los años que llevaba intentándolo, a pesar de los cientos de llamas de vela que había mirado fijamente, nunca había sido capaz de detener mis pensamientos. «Quince minutos en realidad no es tanto, solo necesito dejar la mente vacía vacía vacía pensar en nada en absoluto. Eh, mira, si estoy meditando. Aunque si me doy cuenta de que lo estoy haciendo, ¿significa que no lo estoy haciendo? Madre mía, no llegué a cancelar la cita con el fisio, ahora lo hago, bueno no ahora ahora, sino en cuanto acabe de meditar…».
A las siete de la tarde de aquel viernes de finales de marzo, alrededor de una treintena de personas sentadas en esterillas de yoga con las piernas cruzadas intentábamos medirnos unas a otras de forma solapada para que no nos pillasen. No éramos más que un grupo de gente nerviosa y esperanzada. Más mujeres que hombres —eso siempre—, de edades comprendidas entre la veintena y la sesentena.
Me habría encantado conocer las razones de los demás para asistir, pero teníamos prohibido literalmente hablar. Tampoco estaban permitidos el alcohol, el café, los móviles, los aparatos electrónicos, los libros ni las revistas.
Nuestros instructores eran una mujer joven deliciosamente ágil (yoga, por supuesto) y tres hombres jóvenes, todos algo «alentejados»: basta ropa marrón, rostro pálido con barba rala y patilluda, y entradas incipientes.
A lo largo de aquellas cuarenta y ocho horas, hicimos un montón de meditación en grupo, durante la cual me pasé una cantidad vergonzosa de tiempo preguntándome si los tres Chicos Lenteja estaban enamorados de la Chica Yoga. Seguro, ¿no? Era tan estupenda… Y luego estaba esa agilidad, claro. Cuando mi mente debería haber estado en calma, me dediqué a inspeccionar al trío y a preguntarme si la Chica Yoga se habría acostado con alguno de ellos. ¿O con los tres? Era absolutamente preciosa, pero si algo he aprendido es a no subestimar la soltura de los hombres más ordinarios.
Además de meditar, hicimos unas clases de yoga, comimos comida vegana a intervalos regulares y nos trincamos todo el té de salvia que nuestro estómago podía soportar. Dedicamos gran parte del sábado a comernos una sola uva. Cuando llevaba media hora en ello, me di cuenta de que debía de haberlo hecho unas veinte veces: todos los cursos de mindfulness y meditación recurrían a eso para demostrar cómo bajar el ritmo y vivir el momento. Suspiré bajito. Quizá iba siendo hora de tirar la toalla para siempre con aquello de la meditación.
El domingo por la tarde, a última hora, justo cuando ya teníamos el final a la vista, uno de los Chicos Lenteja anunció una Meditación de la Bondad Amorosa: un ejercicio de intimidad en el que te sentabas enfrente de otra persona, mirándola a los ojos, y elaborabas pensamientos buenos y amorosos durante diez largos minutos.
Una atrocidad.
Éramos impares, así que acabé emparejada con el Chico Lenteja más patilludo y, por el modo en que se le dilataban las pupilas, quedaba claro que estaba dándolo todo con los pensamientos buenos y amorosos. La única forma de sobrevivir a aquello era desaparecer en mi interior.
Al final, alguien hizo sonar algo —probablemente un cuenco tibetano, era lo habitual—, y los diez minutos más eternos de la eternidad llegaron a su fin; era nuestra señal para romper el contacto visual y comenzar con otra persona. Esbocé una sonrisa incómoda y me giré.
—¿Todo el mundo ha cambiado de pareja? —preguntó la Chica Yoga.
Eché un vistazo a mi nuevo compañero. Un hombre. Tenía cara de póquer, pero en sus ojos se advertía algo. Casi una sonrisita. Algo relacionado con el comentario sobre el cambio de parejas.
Inmaduro.
Y aun así…
Lo miré fijamente. Me devolvió la mirada. «Siento amabilidad por ti, siento cariño por ti», pensé.
Mientras le sostenía aquella mirada impertérrita, decidí que me estaba devolviendo los pensamientos. Luego, en realidad, sentí algo. Una especie de alivio.
Nadie se sorprendió más que yo.
Pese a la sonrisa trémula, empezaron a saltárseme las lágrimas. Gruesas gotas caían en mis manos, y no hubo ni las palmaditas incómodas ni el hurgar en busca de pañuelos que normalmente acompañan al llanto en público. Nos quedamos allí sentados, quietos, sosteniéndonos la mirada sin más.
Cuando tocaron el cuenco, el hombre inclinó la cabeza y me preguntó sin palabras si me encontraba bien.
Asentí y sonreí, me sequé las lágrimas sorpresa y me volví hacia mi pareja siguiente.
Alrededor de media hora después, el fin de semana llegó a su fin y nuestras últimas instrucciones fueron continuar sin hablar hasta que saliésemos de la propiedad.
Arriba, en el dormitorio, mientras metía mis escasas posesiones en la bolsa, sentí una ligereza en el corazón que no había experimentado en mucho tiempo. La paz de la meditación seguía eludiéndome —era probable que de por vida—, pero, de forma completamente inesperada, me sentí absuelta. No tenía sentido, pero aquel hombre, aquel desconocido, había despejado parte del caos de mi pasado.
Uno de los Chicos Lenteja me devolvió mis dispositivos electrónicos, luego salí a la gélida noche y vi al hombre allí plantado, fingiendo que trasteaba con el móvil.
Resultó incómodo. Algo bueno había ocurrido en aquella sala, y seguramente era en aquella sala donde debía quedarse.
Tras una inclinación rápida de cabeza, me dirigí a mi coche, ligeramente desconcertada por el larguísimo Mercedes de color crema que había en la plaza contigua a la mía. Parecía recién sacado de una peli policiaca de los setenta; lo imaginaba en su salsa chirriando y derrapando por callejuelas estrechas. Costaba decidir si era bonito o solo ostentoso.
—Hola —oí, y me volví—. Soy Quin.
Pues sí que se sentía seguro de sí mismo. Y había roto las reglas.
Entonces decidí que daba igual.
—Yo, Rachel.
Se acercó a mí.
—¿Podría…? —comenzó—. ¿Podríamos…?
—No sé —contesté—. No estoy buscando ese tipo de…
—Creo que yo tampoco —dijo (lo cual resultó ser mentira)—. Pero, sea lo que sea lo que ha pasado ahí dentro, a mí me ha afectado, y a ti, ¿te ha ayudado?
Pese a que menos de una hora antes le había mirado a los ojos durante diez minutos sin interrupción, era la primera vez que prestaba atención a la imagen de conjunto. Llevaba el cabello castaño rapado y era más alto que yo (esto no siempre podía darlo por hecho, yo medía casi uno ochenta). Al examinarlo detenidamente, las botas de senderismo, la camiseta de aspecto técnico y el modo en que se le tensaba la piel eran característicos de esos hombres que emprendían montones de retos físicos agotadores. Hombres que siempre llevaban encima tres barritas de proteínas y cuya composición corporal era de un 0 por ciento de materia grasa, un 87 por ciento de músculo y un 13 por ciento de ira.
No encajaba mucho allí.
—¿Puedo preguntarte algo? —me sorprendí diciendo—. ¿Por qué te has apuntado a este fin de semana?
—Porque… nunca tengo la sensación de haber tenido suficiente.
Esperé.
—Quiero algo —dijo—. Entonces lo cojo. Luego quiero una versión mejor. O ya no lo quiero.
«Ay, madre, uno de esos hombres».
—Mi felicidad está siempre ahí, justo fuera del alcance —prosiguió—. El Señor Perfeccionamiento, ese soy yo.
Lo cierto es que me reí.
—Bueno, nadie puede decir que no me has avisado.
—¿Y? —me preguntó—. ¿Qué te ha traído a ti aquí?
Vale, allá vamos.
—Estoy en rehabilitación. Recomiendan la meditación.
Si respondía con una mirada de incomprensión, aquella floreciente amistad se iría directa al garete.
—Soy adicta —expliqué.
—Sé qué significa «en rehabilitación» —dijo sin rodeos.
Era un buen comienzo, porque la mayoría de la gente no tiene ni idea. Luego, cuando lo entienden, suelen salir zumbando. A menudo he dicho que debería haber un Tinder para los de los Doce Pasos.
—¿Llevas mucho tiempo limpia? —Y esa era una pregunta excelente, una informada. Quería saber si estaba estable o era probable que recayera.
—Años.
—¡Vaaale! —De golpe dejó de parecer nervioso—. Entonces ¿me das tu número?
¿Por qué no? Eso fue lo que pensé. ¿Qué daño podía hacer?
Me dijo que estaríamos en contacto, luego se subió a su coche ostentoso-barra-bonito de los setenta y se alejó ruidosamente.
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