Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 30 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 30

30

 

 

El sábado por la mañana, Quin y yo estábamos dormitando cuando me sonó el teléfono y nos sobresaltó a los dos.

—Es Kate. —Solo me llamaba cuando pasaba algo—. Hola, cariño, ¿qué pasa?

—Holaaa. ¿Dónde estás?

—En casa de Quin. —El corazón me iba a cien—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—Sííííí. Ha ocurrido algo. Necesito tu ayuda. Bueno, yo no.

—¿Mi ayuda? ¿Ahora? —Hablaba como si se hubiera dado un golpe en la cabeza.

—Es Kallie.

—… ¿Kallie? —Me incorporé de golpe. A mi lado, Quin esbozó en silencio: «¿Qué coño?».

—Ha tenido un accidente —continuó Kate.

—¿Está herida? —En cuyo caso, ¿qué se suponía que iba a hacer yo? No era médico.

—No esa clase de accidente. Un accidente con un… condón.

Tardé un instante en registrarlo. Ah, ya. Sexo. Con Luke.

—Necesita —susurró Kate— un plan B.

—¿La píldora del día después? Dile que vaya a la farmacia, a cualquiera. —Alterada como estaba, hasta yo podía ver que era la medida obvia.

—No quiere que la juzguen.

—No la juzgarán. —Bueno, tal vez sí, dependía del farmacéutico, pero no se moriría por eso.

—Quiere ver a un médico.

—Nadie se lo impide. —Hice una pausa—. ¿O sí?

—Luke está en casa de su padre y no le coge el teléfono. Y le incomoda preguntárselo a la madre de Devin, porque no quiere que la gente sepa lo que le pasa.

—… Pero tú lo sabes. Y yo lo sé.

—Y yo. —Quin había estado escuchando con avidez.

—Me ha preguntado si puedo pedirle hora con mi… con nuestro médico —dijo Kate—. Pero hoy es San Patricio y está cerrado. Podría llamar a mamá y preguntarle…

No tenía ningún sentido.

—Kate, Kallie debería hablar con Luke.

—Ya te lo he dicho, no le coge el teléfono.

Quin estaba tecleando en su móvil.

—¿Quieres el contacto de mi médico? Tiene un hueco a las doce menos cuarto, si lo quiere.

Enfurecida, negué en silencio con la cabeza.

Pero Kate lo había oído.

—¿Qué dice Quin?

No contesté.

—¿Rachel…? —me presionó.

«¡Maldita sea!».

—Dice que puede conseguirle una cita con su médico. A las doce menos cuarto.

—¡Perfecto! —Tras un bisbiseo con otra persona (Kallie, supuse), Kate regresó—. Píllala. ¿Cuál es la dirección?

—Diles que vengan aquí —dijo Quin—. La cita es para mí, tendré que ir con ella.

En cuanto colgué, me volví hacia él.

—¿Qué coño es esto?

Era una situación de lo más extraña. ¿Lo sabía Luke? Seguro que no, me dije. Había cientos de personas a las que preferiría que su pareja pidiera ayuda antes que a mí.

—Kallie quiere conocerte. —Quin parecía divertido—. Imagino que no irás a yoga.

—¿Por qué?

—Sabes que quieres hacerle un repaso como es debido.

Bueno, por un lado sí, pero por otro no. La curiosidad me tenía agarrada en su puño. La mujer a la que amaba Luke iba a ir allí. Para que yo — supuestamente— la ayudara. Pasara lo que pasara, tendría un coste.

Sería mejor que empezara a arreglarme.

—Me voy a la ducha. ¿Tengo bien el pelo? ¿Necesito lavármelo?

Quin me examinó.

—Puede. Sí, mejor. Espera, voy contigo y te lo lavo yo.

Tener a Quin en la ducha conmigo generalmente conducía a mucho más que un mero lavado de cabello.

—Cielo, no es el mejor momento. Estoy demasiado…

—Eh… claro. —Estaba decepcionado, pero sobreviviría.

Era frustrante —sumamente frustrante— no tener acceso a mi extenso ropero y mis pinturas. En lugar de eso, tenía que recurrir a un look natural, tipo hola-acabo-de-levantarme-así, con las cosillas que había acumulado en casa de Quin.

—¡Mierda! —Había volcado el bolso y tenía cinco pintalabios dispuestos en el borde del lavamanos, todos ellos inadecuados—. Mi neutro favorito no está aquí. Podría preguntarle a Liberty, a ver si tiene algo…

—Adelante, si quieres invocar al Anticristo.

Cierto. Si a Liberty la despertaban temprano, podía prender fuego al mundo.

—¿Qué importa eso? —preguntó Quin.

—¡Importa y punto! —espeté exasperada.

Estaba aplicándome una tercera capa de rímel cuando me llegó el sonido de las puertas de un coche al cerrarse. Corrí hasta la ventana de mi dormitorio y vi que Kate, Kallie —y Devin— habían llegado.

—Quin, ya están aquí —musité—. ¿Cómo estoy?

—Preciosa. —Me agarró—. Eres preciosa, no lo olvides.

Arrimándome a la ventana y esperando no ser vista, espié a Kallie. Era delgada y más alta de lo que la recordaba. Llevaba el pelo, rubio y desmechado, por los hombros y un abundante flequillo. La ropa tenía un aire a Isabel Marant: vaqueros pitillo desgastados, botas de elfo, top holgado estilo zíngaro y una americana demasiado grande que me resultaba familiar. Hasta que caí en la cuenta de que era de Kate. Y, antes de eso, había sido mía.

Pero en mí no había parecido demasiado grande.

Bajamos, Quin abrió la puerta con energía y hubo un frenesí de «¡Holaaa! Me alegro de conocerte. Aquí nos tienes, ja, ja, ja. Eh…».

Kallie avanzó directamente hacia mí y deslizó su suave mano en la mía.

—Vaya —titiló, y unas líneas finas se propagaron desde sus ojos azules —, qué situación más incómoda.

Mi corazón se ablandó al instante. Puede que fuera cierto, me dije. Seguramente se hallaba en estado de pánico, atrapada con la familia de su novio en un país extranjero, necesitando algo tan crucial como la pastilla del día después.

—No tiene por qué serlo —tartamudeé en un intento de relajarla—. Podemos decidir que no lo es.

—¡Vale! —Sin soltarme la mano, dijo—: Me alegro mucho de conocerte. Gracias por ayudarme.

«De modo que esta es la mujer a la que Luke ama ahora».

Quin ya estaba dándole las indicaciones a Devin.

—Hombres. —Kate puso los ojos en blanco.

—¿Por qué no vamos todos en un coche? —propuso Kallie.

—No —rehusó Quin—, mejor ir en dos.

—¿Por qué? —le pregunté cuando estábamos en su coche, encabezando la marcha.

—Porque no queremos que se nos enganchen después del médico.

—Eres un poco… cruel. Dime, ¿qué te ha parecido ella?

—Una mezcla de roquera y maestra de primaria.

—No me refiero a su aspecto. ¿Te parece… simpática?

—¿Me lo preguntas a mí? Lo que yo veo es mucho drama, sinceramente.

—Puede que sea una persona muy celosa de su intimidad.

—Míranos. —Rio—. Un convoy de dos coches para cinco personas. Muy íntimo no es.

—Estás siendo… —No tenía sentido decir nada más. En cualquier caso, sabía lo que Quin quería decir.

Una vez en la clínica, Quin, Kallie y yo nos apretujamos en la sala de espera vacía. Kate y Devin decidieron esperar fuera y ser jóvenes.

—Qué vergüenza —me susurró Kallie—. Una mujer de treinta y ocho no debería verse metida en estos líos.

—No, no, no —me apresuré a tranquilizarla—. Es un accidente, nada más.

«O sea que ¿solo tiene treinta y ocho? Es un poco más joven de lo que habría preferido».

—Se rompió —murmuró inclinándose hacia mí—. El condón.

—¡A veces pasa! —dije alegremente—. La vida es complicada.

«No me hagas pensar en Luke y condones».

Desvió su atención hacia Quin.

—Y dime —había recuperado el ánimo—, ¿a qué te dedicas?

—Preferiría hablar de ti —repuso él en un tono jovial—. ¿A qué te dedicas?

Quin estaba siendo un pelín capullo, pero nadie excepto yo se habría dado cuenta.

—Soy cantautora.

«¿Qué? Madre mía, cómo mola».

—¿Ah, sí? —inquirió Quin—. ¿Habré oído hablar de ti?

—¿De Kallie Lampart? No —Kallie rio—, no lo creo.

—¿De qué van tus canciones?

—De hombres infieles, desamores. —Me propinó un codazo—. Tú ya me entiendes. También tengo un trabajo de verdad que paga las facturas. Soy contable, como Luke.

Había dicho su nombre, lo había soltado así, como si nada. Aunque se me hizo un nudo en la garganta, el mundo no se acabó.

—Así nos conocimos —dijo—. Me contrató para un proyecto.

—¿Y seguís trabajando juntos? —Mi voz sonaba admirablemente normal.

Negó con la cabeza.

—Mi música está por delante. Además, no es buena idea tener de jefe a tu novio.

—¿Kallie Lampart? —llamó un hombre—. Hola, soy el doctor Benson.

Kallie se marchó y regresó al cabo de nada con la mirada gacha y una receta en la mano.

—Termino el papeleo y nos piramos.

«Nos piramos». Vale. Regresé a mi móvil, pero pasado un rato Kallie seguía en el mostrador. Se percibía cierta tensión en el ambiente.

Me levanté.

—¿Va todo bien?

—Sí, Rachel. —Estaba nerviosa—. No aceptan mi mutua aquí.

—Porque es de otro país —repuso la recepcionista en un tono seco.

—Y mi tarjeta de crédito no responde. ¿Puedo hacerles un Venmo?

—¿Venmo? —Una vez más, el tono de la recepcionista fue totalmente seco—. No.

—No tengo otra manera de pagar. Supongo que esperaba no tener que hacerlo.

—Yo me encargo. —Quin se acercó.

—¡Dios mío, eres mi salvador!

No lo era, simplemente estaba harto.

—Ahora debo buscar una farmacia —dijo Kallie.

—Hay una justo ahí. —Quin señaló el otro lado de la calle con la cabeza.

—¿Puedo invitaros a un café como muestra de agradecimiento?

Quin se volvió hacia mí y lo que fuera que vio en mis ojos le instó a decir:

—Es todo un detalle, Kallie, pero tenemos planes.

—¡Claro! —Se puso algo colorada—. ¡Por supuesto! Gracias por vuestra ayuda. —Tras un titubeo que encontré encantador, se arrojó a mis brazos—. Rachel, me ha encantado conocerte.

Envolví su estrecha espalda, aspiré el olor a eucalipto de su champú y sentí una especie de dicha agridulce. El peso de lo que había perdido y el calor de mi sanación estaban presentes. Los primeros meses después de que Luke me dejara, creí que nunca lograría pasar página, pero mira, pensé maravillada. Mírame, abrazando a la mujer a la que Luke ama ahora.

En cuanto nos subimos al coche, Quin dijo:

—Ha sido raro de cojones.

—No, Quin, créeme. Ahora lo veo diferente. No eres mujer, no sabes lo que es que te juzguen.

—Pero después de todo el numerito, ha tenido que ir a la farmacia igualmente. Rach, Kallie quería darte un repaso y marcar su territorio. Hacerte saber que tiene un sexo tan salvaje con tu exmarido que se les rompen los condones.

—No… no estoy segura de que sea eso. Creo que estaba sinceramente asustada.

—¡Qué va! Espera y verás. La próxima vez propondrá que quedemos los cuatro.

Qué horror. Había hecho mis progresos, pero no me veía capaz de eso. Aun así…

—¿No es mejor tener una relación cordial? ¿Por qué no has aceptado el café?

—Porque has tenido una semana muy dura.

En cuanto lo dijo, me sobrevino una oleada de cansancio.

—Hoy quería trasladar las plantas del semillero a la tierra, pero…

—Y no quieres que «se enreden las raíces» —dijo, con lo que me hizo sonreír.

En nuestros comienzos, había rechazado una cita con él por esa misma razón.

—Lo haremos mañana —añadió—. Yo te ayudo.

Pero mis cositas con las plantas me gustaba hacerlas sola. Hundir las manos en la tierra, transferir con delicadeza los brotes a los parterres, ayudar a las plantas a crecer prácticamente desde la nada, me sentaba bien.

A Quin no le interesaban mis esfuerzos de aficionada, por lo que me conmovió que se ofreciera a ayudarme. No obstante, el lunes intentaría salir antes del trabajo y hacerlo mientras todavía hubiera luz.

—¿Te ves con ánimos de ir a BanDearg esta noche? —me preguntó.

Porras, lo había olvidado por completo. Quin se había tirado meses entrando en la página de BanDearg cada viernes a las siete de la mañana hasta que por fin consiguió una mesa. Estaba emocionadísimo. E iríamos con Claire y Adam. Había demasiada gente a la que decepcionar.

—Faltan horas. Para entonces me habré repuesto.

 

—¿«Pan respirable»? —leyó Adam de la carta—. ¿Qué creéis que es?

—Diría que estamos a punto de descubrirlo.

Quin saludó con un gesto de la cabeza el camarero, que estaba abriéndose paso en la penumbra del pasillo negro del restaurante portando cuatro platos diminutos. La manera en que había surgido de las sombras me recordó a Lluvia de estrellas.

—En efecto. —El joven sonrió orgulloso a sus platitos, cada uno cubierto con una cúpula de cristal en miniatura que contenía humo blanco —. En lugar de los panecillos tradicionales, tenemos… —En ese momento desconecté. Solo soy capaz de escuchar las primeras siete palabras de una descripción gastronómica extensa—, levadura activada, bla, bla de trigo y otras chorradas. ¡Que aproveche!

—¡Qué emoción! —exclamó Claire, tras lo cual posó una mano ansiosa en el brazo del joven—. Y, esto, ¿la carta de vinos…?

—Enseguida.

Y así sería, dado que la había pedido Claire. La mayoría de las veces inspiraba respeto, y esa noche estaba especialmente glamurosa, con su mono de aviador negro con exagerados hombros de la era espacial. Vale, las hombreras eran ridículas, pero sabía llevarlas, y me habría encantado llevar ese pelo. Sin embargo, nunca conseguía darle al mío esa caída elegante por mucho que lo intentara.

—¡A la una, a las dos, a las… tres! —dijo Quin.

Levantamos las cúpulas y aspiramos las volutas de humo blanco.

—Como el pan recién hecho —comentó Adam—. Este sitio es la leche.

—¡Lo sé! —Quin estaba de un humor excelente. Conseguir una mesa allí se había convertido en una cruzada personal, porque insistía en que era la única persona de Irlanda que todavía no había estado.

Cuando el humo se disipó, no quedó nada en los platitos. Adam parecía consternado, luego me miró con pesar, porque sabía que Quin y Claire se burlarían de él.

—Perdonad mi ignorancia —dijo—, pero ¿nos servirán comida de verdad en algún momento?

Eso me hizo reír. Adam me caía de fábula. Era un poco Don Cuenta de Gastos y se hallaba totalmente fuera de su zona de confort, pero se apuntaba a todo, siempre.

—Seguro que te dan de comer. —Había hecho mis indagaciones—. Aunque me temo que aquí no sirven panceta.

—¿Es una tragedia que me guste la panceta?

—Es patético —aseguró Claire al mismo tiempo que yo decía:

—No.

La llegada de la carta de vinos lo cambió todo: de repente los tres tenían las cabezas juntas, la pose seria. Me evadí mientras discutían sobre qué vino iría mejor con Perejil Mortal o Codorniz en Impresión Tres-D.

—Para usted —me dijo el camarero de las bebidas— tenemos bebidas sin alcohol e infusiones especialmente creadas para complementar cada plato. ¿Le apetece empezar con una limonada al carbón?

—¡Claro! —¿Por qué no? BanDearg era el lugar idóneo, un tanto ridículo pero muy divertido. Cierto, necesitaría cuatro rebanadas de pan cuando llegara a casa, pero ¿y qué?

—¿Os habéis enterado de lo de hoy? —les preguntó Quin a Claire y a Adam, y se lanzó a contar la anécdota de Kallie.

Escucharon fascinados, con los ojos como platos.

—¿Qué pensáis vosotros? —terminó Quin—. ¿Quería darle un repaso a Rachel?

—Eso parece —contestó Adam—. ¿Cuántas veces ha mencionado el reventón del condón?

—Una —dije.

—A mí me han parecido muchas más —aseguró Quin—. Os juro que pensaba que iba a sacarlo del bolso y enseñárnoslo.

—¡Quin! —Le propiné un codazo juguetón—. Has decidido desde el principio que no te gustaba, pero es encantadora.

—¿En serio? —preguntó Claire.

—Es cariñosa, muy cariñosa. Y muy divertida. Se le ve.

—¿Y está… —Claire miró a Quin—, buena?

—Dios, sí. No tanto como tú, Claire, pero sí, buena.

Se miraron con una sonrisita. Me alegraba de que mi novio se llevara bien con mi hermana, pero a veces resultaban un poco irritantes…

—¿Por qué sigue en Irlanda? —preguntó Claire—. ¿No tiene un trabajo al que volver?

—La madre de su pareja acaba de morir y quiere acompañarlo.

—Dime su nombre completo. —Claire ya estaba en Instagram, donde previamente ya había hecho una buena inmersión—. ¡Madre mía, es todo en plan «Yo con mi Hombretón»!

Para ser justos, Kallie no había publicado en ningún momento las palabras «Yo con mi Hombretón», pero en todas las fotos en las que salía con Luke quedaba implícito.

Por ejemplo, una foto de Luke de costado delante de un fogón, sartén en mano y un trapo colgando del bolsillo del vaquero, con la leyenda: «Nada sabe tan bien como… lo que me da este hombre». Seguido de emojis salivando, emojis guiñando un ojo y corazones de diferentes colores.

A Kallie le gustaban los emojis.

Pero a mí también.

Por lo visto, era un tema de edad.

—¿Monta… a caballo? —Claire estaba pasando la cuenta de Kallie, las incontables instantáneas de su persona, delgada y monísima con vaqueros, camisa a cuadros y sombrero de cowboy, acompañada de un caballo, rodeados por un sol cegador, sus sombras cortas en el suelo endurecido por el sol—. Su imagen de marca, supongo.

Entonces Claire exclamó:

—¡Eeeh! —Había encontrado las fotos ecuestres en las que salía Luke. A diferencia de Kallie, a Luke siempre lo pillaban desprevenido o evitaba la cámara. Había una foto muy bonita donde el ala del sombrero le proyectaba una sombra sobre todo el rostro, exceptuando la sonrisa.

—¡No me dijiste que Kallie era cantante! —Claire seguía haciendo clic.

Encontraba ese detalle bastante humillante. El estatus de una cantautora que daba conciertos de verdad para clientes que pagaban por verla superaba con creces el de una terapeuta de adicciones. Luke había salido ganando con el cambio, sin duda.

—Pop simplón, guitarra acústica. —El tono de Quin era de desdén—. Igual hace versiones de las baladas de Doobie Brothers o de sus propias canciones, lo cual es todo un poco «ha llamado la Taylor Swift de 2012, quiere que le devuelvan su identidad».

Unas horas antes había buscado a Kallie en YouTube, tratando de conseguir pistas sobre su relación con Luke, pero como sus canciones comprendían desde baladas desgarradoras hasta tiernas canciones de amor, costaba hacerse una idea. Su voz, no obstante, era dulce y atractivamente melancólica.

—¡Madre mía, mirad esto! —Claire había encontrado un vídeo de Kallie sentada en un taburete con un vestido holgado y una guitarra—. Vamos a escucharlo. —Lanzó una mirada cauta al templo de la gastronomía —. O mejor no.

—Ejem. —Un carraspeo educado del camarero anunció la llegada del plato Sueño con Blinis, y tanto Quin como Claire se transformaron en fotógrafos, haciendo decenas de fotos de sus platos y colgándolas en Insta.

Durante un momento barajé la posibilidad de imitarlos, pero decidí que me daba palo. Instagram era un latazo. Lo único que me hacía ilusión publicar eran fotos de Crunchie.

Mucho más tarde, después de terminarnos nuestras Siete Maneras de Espino Amarillo (deshidratado, gelatinado, congelado, chamuscado, triturado, guisado e invertido), me sonó el móvil. El restaurante al completo me acribilló con miradas de reprobación. ¿Quién era la mujer que dejaba que le sonara el móvil durante una experiencia gastronómica intensa?

En mi pantalla apareció «LUKE».

Casi se me sale el corazón por la boca.

—¿Otro condón reventado? —preguntó Quin.

Me levanté para dirigirme a la puerta.

—Lo siento, chicos, será mejor que conteste. —Y a continuación dije —: ¿Diga?

—Rachel, soy Luke. —Oír su voz todavía se me hacía extraño—. Kallie me ha contado lo que ha pasado hoy. Siento mucho que te hayas visto envuelta.

¿Me estaba…? ¿Me estaba echando la culpa? Lo decía como si fuera culpa mía que su novia me hubiera pedido ayuda.

—Gracias por ayudarla —continuó—. Has sido muy amable.

—¿Estás siendo sarcástico?

—No. Has sido muy amable.

—Ah, vale. —Tardé unos segundos en aplacar mi indignación—. Ningún problema.

—No tendría que haberte molestado. Podrían haberla ayudado otras personas.

¿Me estaba diciendo que Kallie había estado dándome un repaso? En fin, qué más daba. Nos habíamos conocido y no había pasado nada terrible.

—Estooo… ¿cómo está tu padre? ¿Le habéis encontrado ya cuidador?

—Todavía no. Está insoportable, seguramente a propósito…

De repente tenía a Quin a mi lado.

—¿Va todo bien? Están a punto de servirnos el Heno Fermentado.

Asentí y dije al teléfono:

—Tengo que dejarte.

—Disfruta… —Luke hizo una pausa—, del heno fermentado. Y gracias, sin sarcasmo.

El resto de la noche transcurrió sin incidentes, hasta que al término de la misma, cuando Claire se encontraba en el lavabo y Quin estaba recogiendo los abrigos, me quedé a solas con Adam.

—Rachel —había un dejo de urgencia en su voz—, ¿te han contado que Claire y yo vamos a hacernos swingers?

—Sí. —Fruncí el ceño—. Pero… es solo una idea, ¿no?

—Ya conoces a tu hermana, cuando se le mete algo en la cabeza… — Sonaba muy deprimido—. Aunque puede que me guste.

—Deduzco que tú no quieres…

Respiró hondo.

—No, Rachel. Yo estoy bien como estoy. Me gusta mi vida. Me gusta mi mujer…

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