Otra vez, Rachel
Capítulo 86
86
Los últimos diez minutos del trayecto eran siempre los más hermosos. A ambos lados de la angosta carretera llena de baches, había agrupaciones de rocas de color gris verdoso y campos que se hundían y se elevaban de forma abrupta.
La enorme extensión de cielo malva amenazaba lluvia; torrencial, por la pinta que tenía. Sin embargo, en cuestión de segundos, las nubes habían cambiado a un gris azulado menos ominoso y, justo cuando llegué a casa de Brigit, el sol brillaba.
Había estado allí con Luke y también con Quin, y en ese momento estaba allí sola.
«¿Sabes que no tiene por qué ser uno u otro? —De repente la voz de Yara sonó alto y claro en mi cabeza—. No tiene por qué ser Quin o Luke. Puedes tener una vida muy feliz sin ninguno».
Vaaaleee. Tuve que sentarme un momento para asimilar su sabiduría.
Llegó Brigit, corriendo en vaqueros y con un jersey áspero, con los brazos abiertos. Verla me resultó sorprendentemente maravilloso.
—¡Llegas pronto! —Me abrazó y medio bailamos medio forcejeamos en su jardín.
—De eso nada. Pero ya conoces mi teoría. —Que las exchicas de gran ciudad se pasaban de la raya aceptando todo ese rollo místico de que el tiempo en Connemara era elástico. Las recién llegadas eran siempre las peores.
—¿Qué le pasa a tu pelo? —pregunté.
—Me compré uno de esos esprais de Krazy Kolors en Dealz y solo tenían color carmesí. Se corre con la lluvia. Seguro que más tarde lo verás en acción. Bueno, entra, almorzaremos todos y luego iremos a casa de Femke a por un tarro de harissa rosa.
Cada vez que iba de visita, la mayor parte del tiempo la pasaba en el asiento del acompañante del jeep de Brigit, cruzando el pueblo de Maumtully, dejando y recogiendo cosas. Era un billón de veces más agradable y unía más que pasar un día en el spa o tomar el té una tarde.
—¿Femke es la encantadora mujer holandesa de la mansión?
—La misma.
En la casa de ensueño abracé a Colm y a los cuatro niños: Lenehan, de quince años, dulce y directo; Sully, de catorce, un chico encantador y seguro de sí mismo; Ree, de diez, charlatana y descarada, y Queenie, de nueve, suspicaz e hilarante.
Brigit puso una barra de pan grande sobre la mesa.
—Melaza y nueces. —Luego una pesada cacerola de cerámica—. Sopa de verduras.
—¿La has hecho tú? —pregunté.
—¿Estás loca? ¿Te acuerdas de Arthur Ankles? —Un exfutbolista galés que sufrió una crisis nerviosa y se aisló del mundo—. Ahora está trabajando en el hotel, preparando comidas. Se le dan muy bien las sopas y los panes. Y, oh, Dios, ¡sus galletas de avena!
Fuera, los verdes eran de un esmeralda intenso bajo el resplandor del sol; después, la luz bajaba y el paisaje adoptaba un tono salvia apagado.
—Esto es ridículamente precioso.
—Intenta decir eso un día de noviembre —repuso Colm—. Cuando ha estado lloviendo durante una semana y media, y el camión de vino del Lidl se retrasa.
—Ja, ja, ja. Solo lo dices porque te da vergüenza lo maravillosa que es tu vida.
En cuanto comimos, Brigit me condujo al jeep salpicado de barro y salimos a toda velocidad por la carretera llena de baches. Al doblar la península, apareció una playa inmensa; el viento azotaba los granos de arena blanca. Más allá había una extensión plana de color gris plateado.
—Está bajando la marea —dijo Brigit, que viró con brusquedad tierra adentro, en dirección a la ciudad.
En la calle principal nos cruzamos con un hombre larguirucho delante de la ferretería.
—¡Padraig! —exclamó Brigit, y frenó en seco—. Solo tengo que devolverle el traje de neopreno. —Saltó del jeep—. Dos segundos.
La seguí, porque sabía que una entrega de dos segundos de un traje de neopreno se convertiría en quince minutos de charla intensa. No me importaba lo más mínimo, ya que estaba de vacaciones.
Padraig tenía un montón de noticias: había habido «jaleo» en la lechería; el hotel había ofrecido a Arthur Ankles un contrato hasta Halloween, y a las autoridades les preocupaban «unos jóvenes que vienen de Dublín» para las vacaciones de agosto. Al parecer no querían que se repitiera «lo del año pasado».
A los cinco minutos de charla, cuando empezó a lloviznar, ni Brigit ni Padraig se dieron cuenta. Mi teoría era que, para cuando llevabas medio año viviendo allí, te salía un recubrimiento que repelía el agua. No del todo impermeable —no sobrevivirías a un chapuzón en un barril pluvial, por ejemplo—, pero las precipitaciones leves ya no te calaban.
Después de despedirnos —por fin— de Padraig, sacamos dinero del cajero automático, fuimos a por una receta para Ree, recogimos un enchufe para el pajar del suegro de Brigit y fuimos a la mansión de Femke, donde nos ofrecieron bebidas calientes de una máquina diseñada por Dolce & Gabbana.
Volviendo por la vieja carretera del pantano, dije de pronto:
—¿Bridge? ¿Alguna vez te he dado las gracias por salvarme la vida hace veinte años?
—Sí. —Parecía sorprendida—. Muchas veces. ¿Por qué?
—Solo quería dártelas otra vez.
—De acuerdo. De nada. Es porque estás en contacto con Luke, ¿no? ¿Te trae recuerdos?
—Entonces ¿voy a estar bien?
—Ya estás bien. Mira toda la libertad de la que disfrutas.
—¡Tienes razón, Bridge! —Me di cuenta de repente—. Puedo hacer cualquier cosa con mi vida.
—¿Por ejemplo? Vamos, Rachel, cuéntame.
Eso era lo que solíamos hacer cuando compartíamos apartamento: crear hermosos futuros la una para la otra.
—Vale —dije—. Me iría a Londres, donde me haría amiga de una anciana elegante que vive en un apartamento de gracia y favor, sea lo que sea eso. Tiene una cantidad enorme de fabulosos bolsos vintage: Chanel, Hermès, Goyard, más Chanel…
—¿Y te los regala a ti? —Brigit jadeó.
—Ah, no. Es una fantasía, pero nada es tan fácil.
—¡Lo tengo! Está de capa caída, no sé, por una disputa con su hijo o algo así. Propones que venda algunos de los bolsos…
—Pero le mortificaría ir a la tienda de intercambio de artículos de lujo de la ciudad, así que yo realizaría los trámites por internet, dirigiría todo el cotarro, subiendo las imágenes a la página, creándole una cuenta de PayPal y ocupándome de toda la gestión…
—Colm te ayudaría, si tuvieras algún problema informático…
—Me vendría bien, gracias. Así que la anciana…
—¿Cómo se llama? Algún nombre pijo. ¿Perséfone?
—Perfecto. Así que Perséfone estaría impresionada. Pero ella no quiere pagarme…
—¿Es tacaña? La gente pija suele ser tacaña.
—Bueno, no, está sin blanca. Por la disputa con el hijo. Pero me da un bolso gratis por cada diez que venda.
—¡Ah, diez no, Rachel! Cada ocho.
—Que sean siete. Vale, seis. Y siempre me llevaría un Chanel.
—No puedo creer que hubo un tiempo en que me importaban las marcas…
—Eres un ser evolucionado, Bridge…
—Aun así, me alegro por ti.
—De cualquier manera, en algún momento Perséfone morirá, y no quiero estar triste…
—Quizá no era muy agradable. ¿Odiaba a los irlandeses? ¿Solo te dejó entrar en su piso porque pensaba que eras escocesa?
Eso me hizo reír mucho.
—Entonces descubriría que me había dejado todos los bolsos no vendidos en su testamento. Me sentiría un poco culpable. Aunque fui a su funeral…
—La única persona aparte de su podólogo…
—Pero sería dueña de cincuenta bolsos de Chanel, así que ¿cómo no iba a ser más feliz que una perdiz? Bridge, ¡estaré bien!
De vuelta en la casa, tras un breve aguacero de campeonato, volvió a salir el sol y el mundo entero parecía limpio como una patena.
—Ahora sería un buen momento para llamar a Luke —dijo Brigit—. Antes del próximo chaparrón.
Eran las once de la mañana en Denver, pero Luke contestó sonriente y encantado:
—Hola.
—Pensé que estarías montando a caballo —dije.
—No. Llevo toda la mañana sentado esperando tu llamada.
Me reí.
—Aquí tienes a Bridge. —Le pasé mi iPad.
—Luke —su voz sonaba llorosa—, siento mucho lo de tu madre. Envié una tarjeta a la dirección de tu hermano… ¿La recibiste? —Las lágrimas corrían por su cara—. Estoy bien —dijo, y pasó a reírse—. Solo ha sido un ataque de nostalgia. Me alegro mucho de verte. Siempre serás mi cavernícola favorito de los setenta.
—Troglodita —respondió Luke.
—Rústico.
—Jorobado.
Brigit se partió de risa.
—A caballo —contestó.
—Esta es buena —dijo Luke.
—Deberías venir de visita. Algún fin de semana cuando esté Rachel aquí. Haremos una reunión. Ya somos de mediana edad, eso es lo que hace la gente de mediana edad. Reuniones. ¿Vendrás?
—¡Brigit! —Me levanté y le quité el iPad—. Lo siento —le dije a Luke —. No le hagas caso.
—Entonces ¿no estoy invitado?
Madre mía, a veces todas estas bromas «desenfadadas» resultaban agotadoras. A veces me ponía triste.
—Háblalo con ella. ¿Y qué? ¿Quieres que te enseñe los cambios de aquí?
—Sí. Genial.
Atravesé el terreno irregular y lleno de baches hasta el establo reconvertido, le enseñé los alrededores y luego le llevé a lo largo de la línea de demarcación.
—¿Qué pasa con nuestro lago? —preguntó—. ¿Tienes tiempo para ir allí?
De repente me vinieron a la cabeza las insinuaciones de Kallie sobre las buenas noticias que le habían cambiado la vida y me quitaron todo el optimismo que me quedaba.
No quería recordar el lago mágico porque, aunque fue donde me pidió matrimonio, al final nos divorciamos.
—Solo fue nuestro lago por poco tiempo —dije, incapaz de fingir despreocupación.
—De acuerdo. —Luke también parecía abatido—. Hablamos pronto.
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