Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 16 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 16

16

 

 

—Hola —le dije a la joven perfectamente acicalada—, vengo a recoger a Nick Quinlivan.

—¡Claro! Solo necesito ver su carnet de identidad. ¡Perfecto! Creo que su avión ha aterrizado hace unos momentos. Valeria la acompaña.

Valeria era aún más atractiva que su colega: piel radiante, el cabello brillante recogido en un moño grueso y una sonrisa deslumbrante; casi demasiada belleza para el domingo tan temprano. Aunque empezaba a imaginarme que, en el universo de la gente rica con jets privados, siempre eran las 2.45 en una discoteca.

—Este es su espacio. —Era una salita pequeña y de buen gusto, como las que tienen en los hoteles boutique—. ¿Qué le pongo? ¿Champán? ¿Una mimosa?

—Eeeh… No, gracias, estoy bien.

—¿O algo de comer? En serio, nuestra chef puede prepararle cualquier cosa. Está deseando poder demostrarlo.

Cuando negué con la cabeza, se rio. Dios, era preciosa.

—Me encanta su fuerza de voluntad —me dijo—. El señor Quinlivan no debería tardar.

Me senté en una bonita butaca baja. Luego me pasé al sofá. Aún más cómodo. En la mesita había un cuenco lleno de fruta fresca: plátanos perfectamente maduros, uvas lustrosas, manzanas enormes y brillantes. No había ningún problema en que comiera lo que quisiera, pero me habría sentido mal si alteraba las proporciones perfectas.

Aún más tentadoras resultaban las cajas de bombones artesanos apiladas en un estante. Pero si empezaba con esa juerga, ¿quién sabía dónde acabaría? Probablemente intentando forzar la entrada de la fábrica de Cadbury en Coolock. (Era incapaz de hacer nada con moderación. Nada).

Observé la nevera, preguntándome qué contendría. Leche, tal vez. Y mantequilla. Básicos aburridos. De todos modos, siguió ejerciendo una atracción. Me encantan las neveras de otros; a menudo son lugares emocionantes, mucho más que, digamos, las despensas (garbanzos y demás, todo más bien aburrido).

El caso es que estaba muy nerviosa. En algún momento del día anterior, me habían dado escalofríos al percatarme de que cabía la posibilidad de toparme ese día con Luke. Una pequeña posibilidad, de acuerdo, porque solo la gente rica o sus afortunados empleados utilizaban aquella terminal privada.

Además, no tenía ni idea de cuándo volvía él a casa. Pero en Estados Unidos les daban tan poco tiempo libre, aunque fuera por un fallecimiento, que no me lo imaginaba quedándose mucho más. Otro día, a lo sumo.

Lo que significaba que, para el día siguiente por la noche, podría respirar, aunque sabía que también me sentiría decepcionada y experimentaría un anticlímax desolador. Así son los sentimientos. Contradictorios de un modo irritante.

Para tranquilizarme, enumeré las partes buenas de mi vida, las cosas que eran innegables. Estaba limpia y, bueno, tenía un trabajo que me encantaba, buenos amigos, una familia peculiar pero amorosa y una relación saludable con un buen hombre.

Quin y yo éramos bastante distintos, pero lo pasábamos muy bien. Incluso cuando discutíamos, siempre era de buen humor.

Estaba interesado en mí: en mis opiniones, mis pensamientos, todo. Estaba en mi rincón, de un modo fundamental.

Y me sentía muy atraída por él. A diferencia de Brigit, Claire y Brianna, en el trabajo, la sugerencia del sexo no me hacía exclamar: «¡Madre mía, como si mi vida no fuese lo bastante chunga ya! ¡Me caigo redonda en la cama después de un día de mierda y aparece él clavándome la minga! ¡Tiene casi cincuenta años! ¿Puede alguien decirme cuándo para esto, por favor?».

Ojo, yo no me jactaba en absoluto. Mi libido aún titilaba con asiduidad porque Quin y yo no vivíamos juntos. Pero si me mudaba con él, sabía que, en el instante en que alineara mis zapatillas en el fondo del armario, empezaría a gritar: «¡Cumpleaños, Navidades y nuestro aniversario! ¿Alguna otra noche del año? ¡Ni lo sueñes!».

Estaba casi segura de que quería a Quin, pero no se lo había dicho — aún— porque esas palabras no deberían soltarse hasta que estuviese completamente convencida de que las sentía.

El caso era que lo que sentía por Quin era muy distinto de lo que había sentido por Luke. Cuando Quin y yo llevábamos unos cuatro o cinco meses viéndonos, me había arrinconado al respecto.

—¿Cuál es la diferencia entre tu ex y yo? —me había preguntado—. Sé sincera, Rach. Quiero saber a qué me enfrento.

—Luke era… —fui escogiendo las palabras con cuidado, tratando de ser precisa—, como una salsa francesa que se ha reducido y reducido.

Quin hizo una mueca de dolor.

—Madre mía, ¿y yo qué soy?

—Tú eres… —En un acceso de pánico, estaba intentando dar con algo que acabase con su sufrimiento—. Como las patatas con queso de Jo Burger. Absolutamente deliciosas. Y adictivas. Diferentes y punto.

No estaba contento, pero no insistió en ese punto. Salvo de vez en cuando, quizá después de haberme hecho reír como una loca o cuando llevábamos un par de horas animadas en la cama, que murmuraba en tono enigmático: «Las patatas con queso de Jo Burger…».

Quin daba a entender que me quería, pero, tratándose de él, era demasiado competitivo para arriesgarse a decirlo y quedarse esperando en el silencio.

A veces me preguntaba cuánto tiempo podríamos seguir sin decirnos «te quiero». ¿Y si aguantábamos una relación entera? ¿Una vida entera?

Tras ver a Luke, sin embargo, me preguntaba si había cometido un error al resistirme a Quin. Era como si de pronto un foco iluminara distintos tipos de amor romántico. La versión de mí misma que se había enamorado de Luke era mucho más inocente que la mujer que había conocido a Quin. Era mucho más sabia, moldeada y cambiada por todo lo que me había dado la vida, lo bueno y lo malo.

Y Quin era muy diferente de Luke. De modo que por supuesto que el amor que sentía por Quin —y estaba empezando a aceptar que era amor— sería diferente del que había sentido por Luke.

Alertada por un ruido en la puerta, me levanté y ahí estaba: el señor Quinlivan. Dejó la maleta con ruedas, cruzó la salita, me tomó entre sus brazos y me besó. Su presencia varonil suponía un enorme consuelo —él era real, mi vida actual era real—, pero mientras nos besábamos no pude evitar pensar: «Digamos que da la casualidad de que Luke está subiéndose a un avión privado con destino a Denver y nos ve. ¡Eso le daría una buena lección!».

Hundí la cara en el cuello de Quin.

—¡Qué bien hueles!

—Me he duchado.

—¿En el avión?

—Sí. ¡Lo sé! —Le brillaban los ojos—. Te lo contaré todo. ¿Y? ¿Estamos bien? —Ojeó la habitación—. ¿Has cogido alguna cosa gratis?

—Hay unos bombones… —Señalé la pila.

—Pues venga. —Cogió dos cajas—. Llévaselos a tu madre —me instó con una sonrisa traviesa—. Después de que se los coma, dile que son de mi parte.

Me reí.

—Para, venga, vamos.

Otra ventaja de la terminal privada era poder aparcar literalmente en la puerta, en lugar de enfrentarte a la ardua caminata habitual de cuatro kilómetros. Quin arrojó su bolsa al asiento trasero y nos pusimos en marcha; teníamos un plan, uno por el que Quin había insistido mucho: ir a nadar al gélido mar de marzo en busca del famoso Subidón del Agua Fría.

Dos años antes, el fin de semana de la meditación, mi impresión inicial de Quin había sido acertada: era un yonqui de la adrenalina, y su veneno particular era la escalada. Dos o tres veces al año, con un grupo de amigos que tenía desde primaria, se iba a una parte del mundo granítica para colocar cosas metálicas en paredes de acantilados, colgar cuerdas y, en general, poner su vida en peligro.

Pero también buscaba endorfinas sin parar, convencido de que podía alcanzar la felicidad constante con solo reunir los ingredientes vitales correctos del modo indicado. Siempre estaba proponiendo cosas e intentando implicarme: «La gente cree ciegamente en la ayahuasca» o «¿Deberíamos unirnos a un coro?».

A veces le complacía. Que quede claro: Quin no era para todo el mundo. Pero mis intereses con frecuencia coincidían con los suyos porque, cuando no bebes ni te drogas, tienes que generar tu propia dopamina; y comprar, si bien es maravilloso, tenía sus límites.

A pesar de que eran las 7.50 de una mañana glacial de marzo, había un gran ajetreo en las estrechas calles en torno al promontorio de Forty Foot. El agua salada flotaba en el aire glacial, gente con toallas enrolladas desaparecía por una abertura en el muro de piedra y otros salían mojados pero exultantes. Varios llevaban abrigos extraños: una especie de ponchos enormes y acolchados de tela impermeable.

No había un solo espacio para aparcar, pero entonces Quin vio a una mujer enrollada en una toalla que se acercaba a un coche.

—Hola —saludó desde la ventanilla bajada—. ¿Podemos ocupar tu sitio?

—Claro.

—Parece contenta, ¿verdad? —me preguntó—. Estamos haciendo lo correcto, Rach.

—Es que estoy contenta —respondió ella—. Esto es mejor que los antidepresivos.

Quin se asomó por la ventanilla.

—¿Le importa que le pregunte qué dosis tomaba?

—¡Quin!

Como prácticamente todas las personas con un trabajo bien remunerado del sur del condado de Dublín, Quin tomaba antidepresivos. En mi opinión, no le pasaba nada, solo le molestaba no poder comprar la felicidad permanente con dinero. En lugar de eso, compraba antidepresivos, que no lo arreglaban, pero aplacaban la decepción.

Quin sacó el bañador de su maleta, le lancé una toalla y allá que fuimos, los dos —pero sobre todo Quin— intentando parecer habituales.

—Ese será el sitio para cambiarse —murmuró al tiempo que me guiaba hacia algo que parecía una marquesina de hormigón. Sugar Beach, en Santa Lucía, no lo era.

Mientras nos desvestíamos, echamos un vistazo a nuestro alrededor, tratando de familiarizarnos con el sitio. Habría unas veinte personas, de todas las tallas y formas, lo cual supuso un alivio. No era ni de lejos tan neurótica acerca del tamaño de mis muslos como cuando era más joven, pero sospechaba que esa vergüenza por mi cuerpo nunca me abandonaría del todo.

El mar, sin embargo… Parecía profundo, frío y muy poco atrayente. Tenía que preguntarme por Quin. A veces me alegraba de haber hecho la última locura que se le hubiese ocurrido, pero otras veces, como entonces, me preocupaba que estuviese ¿ligeramente mal de la cabeza? ¿Que los dos lo estuviésemos?

Aun así, si Luke me viera en ese momento, pensaría que era una persona impresionante e interesante. Bañarse en plena naturaleza en invierno solo lo hacía gente valiente y aventurera.

Nuestras opciones eran zambullirnos en el agua o bajar poco a poco algunos peldaños; ninguna resultaba apetecible. Lo que procedía entonces era nadar un poco y charlar con otros bañistas. En el agua se mecían grupos de tres o cuatro cabezas; las voces felices flotaban hacia nosotros en el aire gélido.

Me castañeteaban los dientes y ya tenía los pies entumecidos en las chanclas; me habría lanzado sin pensarlo ante cualquier oportunidad de dar marcha atrás. Pero Quin me cogió de la mano y se acercó a los escalones con alegre despreocupación. Las demostraciones de debilidad no eran lo suyo.

La temperatura del aire apenas superaba los cero grados; olí el frío, literalmente.

—Tú sí que sabes hacer que una chica se lo pase bien —exclamé.

—Al menos nunca te aburres conmigo. —Me apretó la mano—. ¡Tres, dos, uno! —Y saltamos.

Fue tal la impresión que temí que fuera a darme un ataque al corazón. Respirando con dificultad y resollando, «Madre mía, ay, madre mía», giré en un círculo en busca de Quin.

—¡Dios mío! —le grité entusiasmada—. ¡Lo hemos hecho!

Me agarró de las muñecas; le brillaban los ojos de placer. Su cuerpo se acercó y me quedó claro que buscaba darse el lote.

—¡Quin, nada de demostraciones públicas de afecto! —Hice un gesto con urgencia hacia los ciudadanos responsables con sus trajes de baño resistentes—. No estamos en las Maldivas.

Se rio, un poco demasiado, como si estuviésemos colocados.

—Sesenta segundos —dijo, y unas gotitas de agua salada le cayeron de las pestañas de punta—. Es todo lo que tenemos que aguantar, para disfrutar de los beneficios. ¿Llevamos la cuenta atrás?

—¡Ya estoy en ello! —Tenía los labios tan entumecidos que apenas podía hablar.

En el momento en que acabaron los sesenta segundos, estábamos fuera de aquella agua, con la piel hormigueante y el ánimo por las nubes. Envueltos en nuestras toallas, con los abrigos echados encima, paramos un momento a por unos cafés para llevar y nos dirigimos a casa de Quin, una construcción victoriana situada al final de una hilera, con cuatro dormitorios y completamente reformada, con una cocina moderna enorme que se extendía hasta el amplio jardín de atrás.

«Mírame ahora, Luke».

Quin soltó nuestras cosas en la isla de la cocina.

—¿Qué quieres primero? ¿Café o ducha?

—Ducha. —Ya estaba subiendo las escaleras—. Necesito entrar en calor.

—¡Ya te hago yo entrar en calor! —contestó de manera significativa.

—¡Imposible cuando sueltas cosas así!

Bajo la tromba de agua hirviendo, me estremecí de placer. Quin apareció en el baño para meter su toalla en el cesto de la ropa sucia. Asomé la cabeza.

—Ven aquí.

—¿Estás segura? —El alivio que reflejaron sus ojos me colmó de ternura.

Pobre Quin…, desconcertado por la repentina reaparición de Luke e intentando evitar que aquello no girara en torno a él. Lo atraje hacia el interior de la ducha, le apoyé las palmas en el pecho y pasé las manos por sus anchos hombros hasta presionar todo mi cuerpo contra el suyo. Quin era sólido y real, y yo necesitaba eso.

El pasado era muy triste, pero era el pasado. Esa era mi vida entonces, y era una buena vida.

«Mírame ahora, Luke».

—¿Estás bien? —Quin se apartó para mirarme.

—Sí. Solo… me alegro de que hayas vuelto.

—Yo también.

Entre palabra y palabra se estaban comunicando muchas cosas.

«Te quiero».

«Yo también te quiero».

Podría decirlo sin más. Sería tan sencillo…

Pero sentí que decírselo, por primera vez, dos días después de haber visto a mi exmarido lo empañaría de algún modo.

Quin cerró el grifo y me envolvió en toallas. En el dormitorio, mientras sorbía mi café, me cepilló el pelo mojado y me lo secó con el secador multifunción ridículamente caro que había comprado cuando por fin reconocí que manteníamos una relación de verdad.

—Bueno, cuéntame —me dijo.

Escogí mis palabras con cuidado:

—Estoy bien. Más o menos. Verlo ha removido cosas que creía… Nunca creí que hubiesen desaparecido para siempre, pero se habían asentado en el fondo, me había olvidado de ellas. No estaba preparada para volver a sentirlas.

—¿Y te sientes…?

—Triste. Muy triste… Es como querer visitar un país que ya no existe —respondí—. Pero pronto todo se asentará de nuevo y estaré bien.

—¿Todavía… le querías… le quieres? —Le costó mucho preguntarlo, y el corazón se me encogió de dolor.

Rodé a su lado.

—No, cariño. Pero recordé cómo era quererlo entonces. Fue muy importante tiempo atrás. Estoy algo trastocada, pero todo esto pertenece al pasado.

Apretó los labios y asintió; luego decidió que ya habíamos hablado lo suficiente de eso.

—¡Bueno! ¿Más café?

Miré la hora —las diez y diez—, demasiado tarde para la cafeína si esperaba dormir esa noche.

—Descafeinado.

Cuando volvió de la cocina, iba leyendo en el iPad.

—Ponchos para cambiarse —anunció—. ¿Esos abrigos raros que llevaba todo el mundo en el Forty Foot? Son como una mezcla de abrigo y cambiador. Los necesitamos.

—¿Quieres convertirlo en algo habitual?

—Para disfrutar de los beneficios, tendría que hacerlo todos los días. Y no quiero hacerlo sin ti, así que tendrías que estar aquí todos los días también. —Amplió algo en la pantalla—. ¿Te gustaría uno negro con el forro azul? ¿O con el forro rojo?

—¿Qué? ¿Uno de esos abrigos gigantes?

—Poncho para cambiarse. No es un abrigo.

Me sentía tan agradecida por vivir en una época en la que se llevaba el oversize… Una camiseta enorme hacía que el resto de mi cuerpo pareciera menos gigantesco y, sabe Dios, cabría pensar que había superado esa clase de pensamiento, pero no era así y, por cómo pintaban las cosas, nunca lo sería.

Pero aquellos abrigos eran una locura. Y con una vez me había bastado para saber que el agua helada no era para mí.

—Para, Quin. A mí no me lo compres, pirado.

—Los colores son un poco básicos —estaba murmurando, y añadió—: ¿No quieres convertir el baño en algo habitual?

—… Ah, creo que no. No estoy tan insatisfecha con la vida como tú.

Eso le arrancó una carcajada.

—Pero ¿y si vivieras aquí todo el tiempo, Rach?

Siempre volvíamos a eso.

—Llevamos vidas ajetreadas —dijo Quin—. Los dos salimos muchas noches. Estaría muy bien volver a casa el uno junto al otro. Y a Crunchie le encanta estar aquí.

Era cierto. Pero…

—A Crunchie le encanta estar en cualquier parte.

Había un montón de cosas que tener en cuenta para plantearme ir a vivir con Quin, la más importante eran sus dos hijos. Me llevaba bien con Liberty y con Finley, pero sería distinto si me mudase a tiempo completo.

¿Y qué pasaba con mi casa, que me encantaba? ¿Y mi jardín, que era posible que me gustase aún más? Cuando me mudé, cinco años antes, seguía impactada por el hecho de que lo mío con Luke se hubiese acabado y no tenía ningún interés en convertirlo en un hogar. Lo único que me había importado era que fuese funcional: una cama en la que dejarme caer, un sofá en el que despatarrarme, un microondas para hacer palomitas cuando me acordaba de comer.

Los muebles que Luke y yo teníamos en Nueva York habían ido a la beneficencia. Yo había llegado a Irlanda con muy poco dinero, así que no compré más que lo imprescindible.

Pero sí que es verdad que el tiempo lo cura todo, porque un día me vi soltando una suma indecente de dinero por un tocador sesentero. ¡De Ebay! Ni siquiera lo había visto en la vida real, pero sentía una especie de certeza de que quedaría bien, y quedó bien.

Debió de ser por aquel entonces cuando a Claire y a mí nos dio por buscar en un mercadillo de muebles de segunda mano, porque la mejor amiga-enemiga de Claire había dado con una fabulosa mesita de centro muy de Mad Men allí. Pero Claire encontraba repugnantes la madera rallada y los tapizados rasgados del mercado.

—La vida es demasiado corta para ver potencial en algo. A mí dame el artículo terminado, no me hagas perder el tiempo.

Pero a mí me encantaba ese potencial. El día que encontré dos sillones de los cincuenta estropeados pero deliciosamente angulares en un puesto, pregunté el precio de inmediato.

—¿Para qué quieres eso? —preguntó ella con verdadera confusión—. ¿Como mantillo para tu —pronunció la última palabra con una risita— matojo? —Su jardín estaba precioso porque pagaba un montón de dinero a un paisajista y a su equipo de diestros eslovacos. En la vida había cogido nada parecido a una pala, y mi pequeño pasatiempo la desconcertaba.

Sintiéndome vanguardista, mandé que retapizaran los sillones y pasaron a ocupar un puesto de honor en mi «estudio».

—Más te vale no convertirte en una de esas gilipollas engreídas —me había advertido Claire—, con sus «piezas únicas».

Era una identidad que me habría encantado adoptar, pero, hasta la fecha, las butacas siguen siendo mi mayor éxito.

—Adoro mi casa —dije.

—Es genial… si estuviéramos los dos solos. Pero los chicos necesitan su espacio.

—Lo sé.

—Podemos arrancar tu flor de cerezo y replantarla aquí.

Pero había otro motivo por el que me resistía: el modo horrible en que habíamos terminado Luke y yo.

—Quin, si las cosas se torcieran… —intenté dar con las palabras adecuadas—, y tuviera que marcharme…

—Las cosas no se torcerán.

Podría haberme echado a reír. No había tardado en volver a su yo seguro y arrogante.

—Y, aunque lo hicieran, estarías bien. Has sobrevivido a un montón de cosas, eres capaz.

Tenía razón, advertí, ligeramente sorprendida.

Los años que habían transcurrido entre Luke y Quin habían sido muy dolorosos, sobre todo al principio, pero no me hundí. Para cuando empecé a salir con Quin, había cambiado: me había acostumbrado a no sentirme nunca segura, o quizá se me diese mejor crear mi propia versión de la seguridad, una destreza que no habría adquirido si Luke no me hubiese dejado. Lo que significaba que, cuando conocí a Quin, ya no me quedaba tanto a lo que renunciar como tiempo atrás. No es que fuese más dura, solo era mejor cuidando de mí misma. Y eso tenía que ser bueno.

La realidad era que Luke había pasado página —lo había visto con mis propios ojos—, y yo, también. Lo único que había que parar a continuación era el comentario en directo en mi cabeza, donde no dejaba de presentar mi bonita vida a Luke para demostrarle lo bien que estaba.

—¿Es por esta casa? —me preguntó Quin—. Porque podemos cambiar cosas. ¿O mudarnos a otro sitio? ¿Empezar de cero?

Él había vivido allí desde que se había acabado su matrimonio, siete años antes.

—Tal vez podríamos empezar por esta habitación —dije—. Hacerle un pequeño cambio de imagen.

—¿No te gusta? Pero… compré una cama nueva para nosotros.

La había comprado al mismo tiempo que el secador, junto con sábanas, toallas y montones de cojines nuevos. («A las mujeres os encantan los cojines, ¿verdad?»).

Hice un gesto hacia las paredes de obra vista y los muebles oscuros de líneas puras.

—Esta habitación es muy… masculina.

—¡Deberías habérmelo dicho!

Pero cambiar la decoración de Quin, incluso en pequeños detalles, habría implicado un compromiso para el que no había estado preparada.

—Bueno, Rach, ¡cambiémoslo! Haremos lo que tú quieras.

—¿Incluso una de esas lámparas en las que se lee: «Vive, ríe, ama»?

—Tú nunca comprarías una lámpara de «Vive, ríe, ama», razón principal por la cual eres mi persona favorita. —Luego añadió—: ¡Eh, están agotados! Esos ponchos raros. Vaya mierda.

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