Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 5 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 5

5

 

 

Apagué la luz con la esperanza de poder dormir. Sin embargo, bajo los párpados, tenía los ojos como platos. Me retrotraje en el tiempo, a más de veinte años antes, cuando Brigit y yo vivíamos en Manhattan.

Había una pandilla de chicos irlandeses a los que solíamos ver por ahí. Todos de alrededor de un metro ochenta, con el pelo larguísimo, vaqueros ajustados, muy ajustados, y abundantes accesorios en torno al cuello y las muñecas, parecían miembros de una de esas bandas de rock de vida desenfrenada de principios de los setenta.

Bebían Jack Daniel’s, que llamaban JD, no era raro verlos con chaleco de cuero o una chaqueta vaquera sobre el pecho desnudo, y siempre iban acompañados de rubias flacas tipo groupie chic.

Muertas de la vergüenza por que fuesen irlandeses, y aterradas por que la gente guay de Nueva York cuya aprobación anhelábamos nos metiera en el mismo saco que a ellos, Brigit y yo, rebosantes de ironía, los habíamos bautizado como los Hombres de Verdad.

Pero cuando, inevitablemente, empezamos a hablar con ellos resultó que eran encantadores. Fue un alivio hablar con hombres divertidos y medio normales.

Era la época en que Brigit y yo peinábamos la ciudad de Nueva York en busca de novio. Yo esperaba encontrar a alguien escultural, sexy, con un buen sueldo y que produjese respeto. De hecho, tanto respeto que, por el mero hecho de ser su novia, yo también generase un poco.

Esencialmente, estaba buscando a un salvador. Pero mi salvador llegaba con un retraso incomprensible, así que, mientras mataba el tiempo, acabé teniendo una especie de rollo apasionado pero turbulento con uno de los Hombres de Verdad: Luke Costello.

Lo de turbulento fue cosa mía. Con su pelo largo y tan brillante como el ala de un mirlo, y su cuerpo duro y atlético, Luke tenía un polvazo. Me gustaba pasar tiempo —mucho tiempo— en su cama, pero no que me vieran en público con él (en serio, entonces era terrible). Acabó por agotársele la paciencia al tiempo que yo me estrellaba, me quemaba y acababa en rehabilitación en Irlanda.

Casi un año y medio después, cuando una nueva yo, limpia y sobria, volvió a Nueva York para arreglar las cosas con Luke, enseguida quedó claro que la conexión que habíamos tenido seguía estando ahí.

Y éramos tan felices, concentrados los dos en Hacer las Cosas Bien Esta Vez. Aunque trabajábamos a tiempo completo, empezamos a estudiar por la noche; ni él ni yo habíamos llegado a la universidad, pero estábamos deseando «superarnos». La cosa se puso interesante de verdad cuando inicié la «conversación sobre los niños».

—Luke, ¿tú quieres tener niños? ¿Hijos?

Guardó silencio un momento.

—Ahora mismo, no.

—¿Hasta qué punto estás convencido?

Volvió a guardar silencio.

—Veo a mis hermanos y están hechos polvo todo el tiempo. Y ellos viven en Irlanda, cerca de la familia, que los ayuda. Nosotros estamos aquí y no tenemos a nadie que nos eche un cable. ¿Tú qué piensas?

—Lo mismo. Creo que quiero tenerlos, pero es más prudente lograr primero un trabajo estable, ingresos regulares y quizá incluso una hipoteca y todo eso.

—¡Guay!

De modo que acordamos que no había prisa, que no tomaríamos decisiones precipitadas, nada que ver con el tipo de vida que había llevado yo antes. Me había convertido en una de esas mujeres con un plan a cinco años. Y, lo que es peor, estaba orgullosa de ello.

Lo único que me preocupaba era que mi médica de cabecera me había dicho que era posible que ya estuviésemos —y se refería principalmente a mí— en declive, en lo que a fertilidad se refería.

—Bueno —recuerdo que le dije a Luke—, en caso de que necesitemos un plan de contingencia, nos harán una revisión el martes que viene.

—¿Ah, sí? ¿Y de qué va eso?

—A mí me harán un examen para contar los óvulos y analizarán tu esperma, para ver si es… ¿sano? —¿Cuál era la palabra?—. ¿Suficiente? ¿Buen nadador?

—Pero ¿cómo lo analizarían? —Parecía algo nervioso—. ¿Dónde lo sacarían?

—En la clínica. Tú… eeeh, lo harías allí.

—Quieres decir que tendría que… —Se puso pálido—. Ay, Rachel. ¿Tendría que… hacerlo, allí mismo?

—En un cubículo, supongo. No en la sala de espera ni nada parecido.

A mí tampoco me entusiasmaba la idea. Luke en una habitación pequeña y desnuda con un montón de porno usado me hacía sentir asqueada, celosa y extrañamente cachonda.

Se llevó las manos a la cara y gruñó.

—Rachel… —Y añadió—: ¿Esto es importante para ti?

—Si está todo bien, podemos aparcar el tema mientras ponemos orden en el resto de nuestra vida —añadí—. Nos proporcionará tranquilidad.

—Pareces una vendedora de seguros chunga. —Exhaló el aire lenta y ruidosamente—. Vale. Con una condición. Que no vuelvas a usar la palabra «esperma» nunca.

—Hecho. ¿Crees que me gusta ser esta persona?

 

La tarde de la cita, cuando llegamos al edificio, situado en el centro, estaba sorprendentemente nerviosa. Todo aquel material médico me producía ansiedad, aunque solo fuese una revisión preventiva. ¿Y si era infértil? ¿O lo era Luke?

Pero lo superaríamos. Sería un golpe, pero lo soportaríamos. Tenía una gran fe en nosotros.

Mientras esperábamos el ascensor para subir a la consulta de la doctora, Luke me miró.

—¿Tranquilidad, dices?

—Tranquilidad —entoné—. Para ti y para tu familia.

Llamamos al timbre de la clínica, la puerta emitió un zumbido y abrimos. La recepcionista se incorporó a medias detrás del mostrador. Su mirada pasó de Luke a mí, y de vuelta a Luke, al pelo largo, la chaqueta de cuero, las pulseras de hilo, la cadena de plata que llevaba al cuello. Por un momento pensé que se estaba planteando llamar a seguridad.

Quién iba a culparla: la sala de espera estaba llena de mujeres perfectamente embarazadas con vestidos de Michael Kors y zapatos planos de Ferragamo; los hombres que las acompañaban llevaban trajes de mil dólares.

Luke advirtió la preocupación de la recepcionista.

—Todo bien. —Su tono fue amable—. Tenemos cita. Y —añadió— seguro médico.

Lo vi sonreírle; ella se quedó mirándolo, soltó una risita brusca y, poco a poco, se puso de un rojo intenso.

Ante nosotros aparecieron tablillas sujetapapeles y bolígrafos para que aportáramos nuestros datos. Tras una larga espera, nos condujeron en presencia de la doctora Solomon, una mujer menuda con un montón de pelo rizado.

—¿Tienes pensado quedarte embarazada ya mismo? —Leyó a toda prisa nuestros formularios.

—Ahora mismo, no. —Me enderecé en la silla—. Pero si hay algún problema, podrían cambiar las cosas.

Volvió a ojear mi formulario.

—¿Tú tienes… hum… casi treinta y uno? ¿Y Luke…?

—Los mismos —dijo él.

—Nos hemos puesto tarde. —A la defensiva, me dieron ganas de largarle nuestra enrevesada historia y asegurarle que Luke y yo estábamos muy juntos. «Acabamos de mudarnos. En veinte meses tendrá el título de contador público… Ya sé, no lo dirías al verlo, pero dentro de ese exterior sexy late un corazón estable. Yo estoy estudiando Asesoramiento de Adicciones, y los dos estamos trabajando a tiempo completo, además. Una vez que obtengamos nuestros títulos, debemos pagar los préstamos estudiantiles, luego queremos comprar un sitio para vivir. Todo eso tiene que estar arreglado antes de que nos planteemos siquiera tener un hijo».

—No pasa nada —dijo la doctora Solomon—. Treinta y uno no es mucho, no en los tiempos que corren. Si está todo bien, tenéis tiempo de sobra. ¡Bueno! —Dio una palmada y entró una enfermera en la habitación —. Rachel, mientras te hacen la revisión, Tomaka acompañará a Luke a la extracción de semen.

Luke me lanzó una mirada angustiada, como diciendo: «¿Qué coño?».

—Estarás solo —añadió la doctora Solomon. Pero su voz tuvo un punto irónico que me hizo preguntarme si había alarmado al pobre Luke a propósito.

Cuando él se levantó, la doctora le dio un buen repaso.

—No estoy diciendo que vayas a tener problemas de motilidad. Sin embargo, si se diera el caso, deberías saber que los vaqueros ajustados con frecuencia son una contraindicación.

Y, dicho esto último, Tomaka se lo llevó.

Quince o veinte minutos más tarde, nos reencontramos en la recepción. Luke —claramente abochornado— mantenía la mirada gacha. En el ascensor que nos devolvió a la planta baja, permaneció en silencio. Solo una vez que salimos del edificio a las calles atestadas del centro me pareció bien hablar.

—¿Luke? ¿Ha sido… muy malo? —le pregunté—. ¿Revistas con las páginas pegadas?

—¿Qué? —Pareció sobresaltado—. No, cariño. —Me pasó el brazo por el cuello y me atrajo hacia sí, apartándonos de la multitud—. No. — Teníamos las frentes tocándose, y sus ojos oscuros me sostuvieron la mirada —. No necesitaba nada de eso. Solo he pensado en ti.

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