El mentiroso
Capítulo III
El padre Carmelo salió del Vaticano pensativo, no sabía si su decisión de precipitar los movimientos había sido acertada o no; ¿acaso no pondría la vida de Verónica Lograft en peligro? Era duro decirlo, pero sería un riesgo que todos tendrían que asumir.
Con las manos metidas en los bolsillos, levantó la vista al cielo. La noche era agradable, ni una sola nube tapaba aquel firmamento estrellado y con una luna luminosa y resplandeciente. Como un escolar camino del colegio, y sin saber muy bien por qué, cogió el recorrido que tantas y tantas noches había hecho: la casa de su amigo Signori.
Aquel trabajo, para él, era demasiado emotivo, por una parte estaba su certeza de ayudar a la Iglesia, y cómo no, al Sumo Pontífice romano; pero también estaba su obsesiva idea de descubrir al asesino de su amigo. Él no había creído ni por un solo instante la teoría del accidente, no encajaba con la forma de ser de Signori, era un hombre demasiado prudente para que le hubiera ocurrido algo así, además, ¿no había alguien que salía demasiado beneficiado con todo esto? Cada día que pasaba, se estaba dando cuenta de que Signori habría descubierto algo que indudablemente le ponía en peligro. ¿Por qué no le habría dicho nada a él?, ¿estaría esperando a confirmar tan horribles sospechas? Estaba seguro de que si Signori era un hombre prudente al que no le gustaban los escándalos, ni las intrigas. Tanta medida y aplomo le costaron la vida.
No tenían ningún tipo de prueba que relacionara al padre Rossi con todo lo sucedido, habría sido fácil que el Papa hubiera tenido una reunión con él, destituirle de todas sus funciones y mandarle a cualquier país lejano. Pero de esa forma lo único que conseguirían sería cortar de raíz las ambiciones de Rossi, era demasiado poco. Rossi no podía trabajar solo, y además estaba el tema de los asesinatos, al menos dos. Tanto el cura como sus compañeros tendrían que dirimir sus cuentas con la justicia, no estaba dispuesto a que el óbito de su amigo Signori no pesara en sus cuerpos, ya que no en sus conciencias.
El padre Carmelo dobló la esquina de la calle, y apareció ante él la ya conocida fachada de la bonita casa de Signori. Completamente pintada de blanco y con una arquitectura clásica, se elevaba resplandeciente y digna entre todas las demás. El cura se paró un momento y miró, como tenía por costumbre, la ligereza y armonía de aquella estructura. Esta vez el padre Carmelo, lo único que sintió fue una opresión el pecho, la tristeza contenida no le daba paso para saborear nada bello, era casi insoportable saber que detrás de aquella puerta no le esperaba la sonrisa conocida de su querido amigo.
Subió despacio los escalones y llamó al timbre. No tuvo que esperar mucho para escuchar los familiares pasos que tantas y tantas noches como aquella había escuchado.
La puerta se abrió despacio, y la demacrada y arrugada cara de Isabela se iluminó como una vela al conocer al visitante.
—Buenas noches, Isabela, perdone que la moleste, pero soy un hombre de costumbres.
—Por favor, padre, pase usted, su visita es como una medicina para mí. Además no hace falta que le diga que está usted en su casa.
El padre Carmelo sonrió tiernamente, sabía del sufrimiento y del dolor que tenía que estar pasando aquella pobre mujer. También ella se merecía conocer toda la verdad, y ver al culpable de todo esto castigado.
—Lo sé, querida Isabela, lo sé.
El padre Carmelo respiró profundamente, acarició la mejilla, humedecida por las lágrimas, de Isabela y se adentró en la casa.
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