El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 97 de 130

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El mentiroso

Capítulo II

 

No podía olvidar la mirada del Santo Padre clavada en él, estaba convencido de que aquella homilía había estado dirigida solo y exclusivamente para que él la escuchara.

No, no podía ser, ¿cuánto tiempo llevaba trabajando para el Papa?, más de quince años; y siempre había sido un hombre eficiente y de confianza, el sucesor de Pedro no tenía motivos para dudar de él. Pero precisamente por llevar tanto tiempo al lado del obispo de Roma, le conocía casi a la perfección, y sabía que algo no marchaba del todo bien.

El asunto de los manuscritos le estaba poniendo nervioso, y eso era algo que a estas alturas no se podía permitir. Su plan se había madurado y gestado durante demasiado tiempo como para echarlo todo a perder ahora. No iba a permitir el más mínimo fallo, esa muchachita estaba empezando a resultar algo molesta.

Alguien estaba llamando a la puerta, Rossi contestó, y un joven sacerdote se adentró en el despacho.

—Perdone que le moleste, padre, pero me mandan del Instituto de Asuntos Internos, quieren que usted revise estos papeles.

—¿De qué se trata?

—Creo que es deseo del Santo Padre enviar un pequeño presente a estas personas.

—¿Por qué?

—Tengo entendido que son las que mejor impresión le causaron en la recepción de ayer.

—Bien, déjelos sobre la mesa, luego cursaré las órdenes pertinentes.

El joven sacerdote hizo lo que el padre Rossi le había dicho, y salió de la habitación. Rossi esperó hasta que la puerta se hubo cerrado, y sonrió amargamente, moviendo la cabeza de un lado a otro. ¡El viejo movía bien todos los hilos posibles! Siempre había sido un zalamero que caía bien a la gente, tenía que reconocer que el Papa era un gran hombre de estado. Cogió el papel que el sacerdote había dejado sobre la mesa, y empezó a leer: el Papa quería que a todas las personas cuyo nombre figuraban en aquel folio se les enviara una cruz de plata, sería un buen regalo.

Estaban, cómo no, los periodistas de los medios de comunicación más importantes del mundo, desde el corresponsal de la CNN, pasando por el de la RAI. También estaban los periodistas del New York Times, Le Fígaro, ABC, London Thames…

—¡¡¡Dios mío!!!

El grito de Rossi fue ahogado y lleno de pavor, el cura se había levantado de su asiento de un salto. Aquello no podía ser real, él creía haber tomado todas las medidas previendo aquella jugada, y sin embargo algo había salido mal. Volvió a mirar incrédulo el papel, pero solo pudo encontrarse otra vez con la cruda realidad. Con letra impresa en tinta negra, y bien claro, se podía leer:

London Thames - Verónica Lograft.

El ruido del teléfono sacó a Rossi de sus pensamientos, y con cierta ansiedad descolgó el auricular.

—¿Padre Rossi?

—Sí.

—Todo está en orden, el pájaro ha vuelto al nido.

—Claro que ha vuelto al nido imbécil, una estúpida muchacha se ha reído de todos nosotros. —Rossi comprendió que estaba gritando de forma desencajada, e intentó controlar sus emociones, no podía perder ahora el control de la situación—. Bueno, bien, estupendo, no la dejen sola ni un instante, no nos podemos permitir más errores.

—¿Cuál es la orden?

—Cierren el cerco de forma definitiva con el contacto uno, y mantengan vigilado al dos. Si el contacto uno no nos lleva al objetivo, apremien al dos, se nos acaba el tiempo.

Rossi colgó el auricular, y cerró los puños enrabietado, estaba jugando a un juego muy peligroso y su contrincante era inteligente y hábil. La rapidez era fundamental, por ahora nadie podía relacionarle con nada, pero el asunto se estaba alargando en demasía.

Junto al asiento del padre Rossi, un precioso tablero de ajedrez descansaba sobre una hermosa mesa de madera tallada con signos arabescos. Las piezas sobre caballo blanco, representaban al ejército cristiano de la primera cruzada, allá por el año 1095. El rey, cómo era el Papa Urbano II, representado con barba, botas de cuero con hebillas de plata, un verdugo rojo bajo su sombrero episcopal, cubriendo su ropa talar con una amplia capa de piel de ardilla, bordeada de armiño. Los peones, también sobre caballos blancos, más bajos en estatura y menos elegantes y apuestos, vestían también ropas eclesiásticas de color rojo, cubiertos de pieles, pero esta vez de comadreja. Los alfiles, ¡cómo no!, representaban a Godofredo de Bouillon y su hermano Balduino. El primero fue la gran estrella de la cruzada, su jefe supremo. Nacido, según la leyenda, del amor entre un caballero y un cisne. Balduino I heredó de su hermano el reino de Jerusalén. Ambas piezas, sobre hermosos caballos blancos, eran elegantes y altaneras, como correspondía a semejantes personajes. Sobre caballos negros selectos y gráciles se movían las piezas representativas del bando infiel.

El padre Rossi, con la cara llena de pasión y rabia, y al igual que los cruzados hacía más de 900 años gritó: ¡Deus vult!

Y cogiendo la figura que representaba a Godofredo de Bouillon, la colocó de tal forma que el rey árabe no tenía escapatoria posible. Aquel movimiento lo llevaba reservando mucho tiempo, demasiado.

Con una sonrisa terrorífica en su rostro, se dejó caer sobre el sillón y, con los ojos idos más allá del tablero, susurró:

—Jaque mate.

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