El mentiroso
Capítulo III
Rossi escuchó el relato de Dilivio sin apenas mover un solo músculo. Cuando este hubo acabado su narración de los hechos, un tenso silencio se prolongó durante varios minutos. Fue el tiempo suficiente que necesitó Rossi para levantarse de su escritorio y deambular por el despacho con claros signos de desaprobación.
—Y si la muerte ocurrió en su casa, ¿por qué el numerito del coche? Rossi daba la espalda a Dilivio, mientras miraba por el amplio ventanal, los preparativos del décimo aniversario papal.
—Veréis, si nuestro hombre hubiera dejado el cuerpo en la casa, no habría parecido un accidente.
Rossi respiró hondo, y contrajo los músculos del mentón.
—Entiendo.
—¿Qué debemos hacer ahora, padre?
—Está bastante claro, sea lo que sea, lo que haya hecho Cail Lograft con esos manuscritos, la única que nos puede sacar de dudas es su hija. Debemos hacerle una pequeña visita, y tenerla vigilada las veinticuatro horas del día.
Rossi se volvió, se acercó a la altura de Dilivio, y puesto de cuclillas miró directo a los ojos del primado de Milán.
—Decidle a vuestro hombre que no queremos más «accidentes».
—Descuidad, padre.
Dilivio se dispuso a salir de la habitación, pero la voz seca de Rossi hizo que se parara en el acto.
—Por cierto, Dilivio, no olvidéis nunca que hagáis lo que hagáis, pase lo que pase, el Vaticano no sabe nada. Y por supuesto, no es nuestro hombre, sino VUESTRO hombre.
Dilivio bajó la cabeza, giró el pomo de la puerta, y salió en silencio del despacho del padre Rossi.
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