El mentiroso
Capítulo III
Como siempre que se despedía de su hija, sentía un vacío enorme en su vida, esas despedidas nunca eran un hasta luego, sus encuentros eran cada vez más espaciados y por eso su soledad se le manifestaba con mayor dureza en esas despedidas. Era increíble como Verónica podía llenar su corazón simplemente con dos sonrisas y tres palabras cariñosas. Siempre había sido un hombre afortunado en todo, menos en el amor, y para su desgracia y sin darse demasiada cuenta de ello, cada vez estaba más necesitado de él. Su madre había sido toda su vida una mujer luchadora y apasionada, pero precisamente lo único que en verdad necesitaba de ella, no lo había recibido. Nada de aquel amor y aquella lucha por la vida. De su exmujer era casi mejor no hablar, ahora en la distancia del tiempo y con el paso de los años llegaba a la conclusión de que lo único que había buscado Raquel junto a él era el dinero. Lo único bello y verdaderamente bonito que habían hecho juntos era Verónica, y para ello tuvo que luchar contra la negativa constante de Raquel a tener hijos; sin embargo debía reconocer que luego como madre fue buena y digna. Tenía que hacer trabajar mucho su memoria para recordar momentos de amor en su exmujer y total desinterés, sin que estuviera su hija de por medio.
Había luchado con uñas y dientes y para no perder el cariño y el respeto de su hija, había tenido que ceder a sus deseos de independencia económica. Al principio no lo había llevado mal del todo, al fin y al cabo Verónica vivía en su misma ciudad y la veía casi con asiduidad, pero el día que estalló la bomba de su empleo en Londres, creyó volverse loco, e intentó convencerla para que no fuera. Sabía que eso podía hacer que la perdiera, así que, con la mayor de las penas y con el corazón en un puño, la vio partir un día de junio de hacía ya más de tres años. Ahora se sentía orgulloso de ella, era toda una mujer inteligente e independiente, sabía encarar la vida y esta le había respetado, se había ganado a pulso su puesto dentro de la sociedad, y lo que era mucho más importante para él, todo su amor y respeto.
—Bueno Cail, han sido unos días maravillosos, espero repetirlos muy pronto —dijo Verónica estampando un fuerte y cariñoso beso en la mejilla de su padre.
—Adiós cariño, ha sido maravilloso estar contigo, cuídate mucho de esos locos roqueros —dijo Cail con lágrimas en los ojos.
—Descuida, intentaré buscarme un novio arqueólogo para que me lleve por las tumbas del mundo —sonrió Verónica.
Padre e hija se fundieron en un tierno abrazo que hizo llenarse de emoción a Gires, que asistía como convidado de piedra a aquella escena.
—Adiós señor Gires —dijo Verónica extendiendo la mano al francés—, cuídele mucho.
—Descuide, señorita —contestó Gires, estrechando la mano de Verónica mientras se quitaba el sombrero con cortesía.
Cail y Gires vieron alejarse a Verónica hacia el avión que la llevaría de vuelta a Londres, mientras ellos se acomodaban en la cafetería esperando al vuelo de El Cairo.
La comida de los aeropuertos no es muy comestible, en eso Orly no se diferenciaba mucho de los demás por eso no sintieron mucha pena cuando por los altavoces anunciaron el vuelo que tenían que coger hacia Egipto, por último aviso y en mitad del primer plato; por eso a toda carrera llegaron a su puesto de primera clase al avión de Air france. Una vez acomodados y tranquilos, las azafatas del vuelo les fueron entregando la prensa del día, que con el agobio de la preparación del viaje no habían tenido tiempo de leer. Cail, a pesar de ser norteamericano, era un apasionado del fútbol europeo, no había faltado a la cita del mundial celebrado en su país y estaba decidido a invertir parte de su dinero en financiar un equipo en su ciudad natal, había que dar un impulso, en su tierra, a ese deporte tan apasionante. Empezó a mirar las crónicas de las ligas de todo el continente, y leyó nombres conocidos para él: Baresi, Maldini, David Ginola, Cantoná, Laudrup, grandes maestros de un juego que le apasionaba y sabía quitarle de todas sus tensiones diarias.
—¡¡Dios mío!! —casi gritó Gires, dando un codazo tremendo a Cail en los riñones, que hizo que este se volviera enfadado y sorprendido a la vez hacia su amigo—. Lee esta noticia —dijo Gires señalando un pequeño recuadro en su periódico.
Cail cogió el periódico de mala gana por el dolor de sus costillas y pensando que quizás habría otra forma de pedir las cosas, pero ante la gravedad del rostro de su amigo, se guardó el comentario para él, y empezó a leer:
En la mañana de ayer fue encontrado en el hotel Mena
House, de El Cairo, el cuerpo sin vida del sacerdote y profesor Paul Tiblerman, famoso investigador y erudito inglés afincado en el Vaticano. El cadáver fue encontrado por una de las limpiadoras del hotel, cuando se disponía a hacer la limpieza diaria del baño de la habitación ocupada por el difunto Paul Tiblerman. Este yacía desnudo en la bañera, completamente desangrado, en lo que se cree que ha podido ser un suicidio. Un portavoz del Vaticano ha mostrado su total tristeza por este hecho, y ya prepara la vuelta del cuerpo a tierra papal, donde será recibido con el honor que merece una persona tan querida en Roma, sobre todo entre los más desfavorecidos de la ciudad.
La limpiadora que encontró el cadáver se encuentra
hospitalizada en un centro cairota debido al fuerte shock del que todavía no se ha recuperado.
—¿Le conocías? —preguntó Cail mirando a Gires.
Gires se acarició la barbilla en un gesto lleno de preocupación y miró a su amigo asombrado de que no entendiera nada.
—No se trata de que yo le conociera o no, amigo mío, el profesor Paul Tiblerman era el mejor en lenguas del Oriente Próximo, alguien muy respetado por la comidilla científica. Pero lo más importante, y lo que más nos interesa a ti y a mí —dijo Gires tomándose su tiempo—, es que Paul Tiblerman estaba en El Cairo exactamente para lo mismo que vamos a hacer nosotros.
Cail comprendió el significado de todo ello, y por vez primera desde que se embarcó en aquella loca aventura sintió miedo. El periódico decía suicidio, pero cómo saber si aquello era cierto o no, y si lo era ¿qué podía llevar a un sacerdote tan conocido y respetado a hacer algo tan condenado en su propia religión?
—Y, ¿para quién trabajaba? —preguntó creyendo conocer ya la respuesta.
—No se le conocía otro patrón más que la Iglesia —suspiró Gires—, esto no es bueno para nosotros y sin duda no va a quedar así. Si la Iglesia tiene interés en esos manuscritos, como parece claro, nuestro camino va a ser arduo y muy difícil, vamos a encontrar todas las trabas posibles e imaginables y lo más seguro es que estemos, o más particularmente, estés, sometido a todo tipo de presiones. Solo tiene una cosa positiva este sucio asunto —siguió diciendo Gires bajando la voz y acercándose aún un poco más al asiento de su compañero de viaje—, si la Iglesia ha mandado a su mejor hombre, amigo mío, es porque esos rollos son todo un bombazo.
El avión cogió carrerilla y, cuando parecía acabar la pista, tomó todo su impulso para elevar su enorme cuerpo. Cail miró por la ventanilla y vio la proximidad del cielo azul. Casi de forma instintiva metió la mano en el bolsillo y cogió con fuerza la moneda romana, eso además de tranquilizarle, como siempre que tocaba aquel denario de plata, le hizo acordarse de su hija Verónica, lo cual le tranquilizó aún más. Algo fuerte le esperaba al otro lado del mundo, aquel vuelo era el inicio, pero la aventura estaba ya puesta en marcha y él ya no podía detenerla.
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