El mentiroso
Capítulo III
Unos golpes fuertes y continuos en la puerta rompieron la meditación del padre Rossi.
—Adelante —Rossi estaba preparado para empezar a mover las piezas del tablero.
La figura erecta e impertérrita del primado de Milán apareció tras el cerco de la puerta. Como de costumbre, el extraño sacerdote llevaba su larga sotana y el ancho y oscuro sombrero negro. Rossi, de forma ceremonial, indicó al cura que se sentara frente a él, y sin más preámbulo, fue directo a lo que importaba.
—Querido padre Dilivio, el Santo Padre ha fijado la vista en usted para un asunto de suma importancia para la Iglesia, no hace falta que yo le diga que esto es estrictamente confidencial.
El rostro de Dilivio se iluminó. El Sumo Pontífice por fin había valorado su esfuerzo por servir a la Iglesia.
—Esos manuscritos que tanto nos preocupan deben de ser traídos aquí —continuó diciendo Rossi.
—Es lo mismo que pienso yo, padre Rossi.
—Bien, pues ya está todo dicho, y recordad que esta conversación es secreta. Solo el Santo Padre, usted y yo la conocemos. A nadie más que a mí debe usted rendir sus cuentas.
—¿Y si el dueño de esos manuscritos no quiere desprenderse de ellos?
—Esos manuscritos deben de estar en el Vaticano —contestó Rossi, mirando directamente a los ojos del sacerdote.
—Entendido.
El cardenal Signori no se había quedado tranquilo después de la conversación mantenida con el padre Rossi. No encajaba en la forma de actuar del Papa, semejante disparate… Y tampoco en la de Rossi.
Un personaje tan cerrado en banda y extremista como Dilivio, nada constructivo sacaría de este asunto. Tan concentrado estaba Giuseppe Signori en sus propios pensamientos, que no vio como a grandes zancos, el larguirucho Dilivio se aproximaba a él. Sin embargo, sus peores pesadillas se vieron confirmadas al escrutar su huesudo rostro, un halo de triunfo iluminaba su rostro de forma especial. Signori sintió como todo su vello se erizaba de pánico.
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