El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 64 de 130

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El mentiroso

Capítulo V

 

Con su parsimonia habitual, el comisario John Devey colocaba sus ficheros. El sol ya se había ocultado en el horizonte, y una luna apagada apenas daba resplandor al cielo cubierto. John ansiaba llegar a su casa, era viernes por la noche, y su querida Betty tendría todo ya preparado: primero una buena cena, con abundante maíz como a él le gustaba; luego llegarían sus amigos y se jugarían su partida de póker.

Un policía entró de forma algo violenta en su despacho.

—Señor, tenemos un accidente de carretera.

—Tranquilo muchacho, no te pongas nervioso, ¿qué formas son esas de entrar en mi despacho?

—Perdone señor, es que hay un muerto.

El comisario John Devey cogió alarmado su sombrero, hacía mucho tiempo que nadie se «atrevía» a morirse en su distrito. Con zancos largos, acorde a su estatura, salió de la comisaría.

En el lugar del siniestro, dos coches patrulla le esperaban. La noche era cerrada, y solo la luz de los coches patrulla y las linternas de los agentes servían de guía. Todo parecía estar bastante claro, la maldita velocidad.

Un coche casi irreconocible se encontraba boca abajo sobre un prado, sin duda la gran zanja lateral que bordeaba la carretera le había hecho dar vueltas de campana. El hombre debía de haber salido despedido por el cristal del automóvil, pues se encontraba a varios metros de este.

—¿Le habéis movido? —preguntó John llegando a la altura de sus hombres.

—No, señor. El médico forense está con el cuerpo.

El comisario Devey hizo un gesto de resignación, aquella era la parte que menos le gustaba de su trabajo. Saltó la zanja y se encaminó directo al cadáver. La linterna se movía nerviosa en su mano, mientras el comisario enfocaba a derecha e izquierda intentando hacerse una pequeña composición del lugar.

El muerto aparecía con las piernas entrecruzadas, y las manos a la altura de la cadera, en su frente ya se había coagulado la sangre.

—¿Cuánto crees que hace que murió, Stephen?

Stephen Morlar se incorporó del suelo, se quitó sus gruesas gafas y con un pañuelo empezó a limpiarlas. Era un hombre de estatura mediana, moreno y barba cerrada.

—No he movido el cadáver, John, estaba esperando a que tú vinieras — el forense se pasó la mano por la frente sudada—, pero yo diría que, como mínimo, lleva entre cinco o seis horas muerto.

El comisario miró su reloj, eran las diez y media de la noche.

—Dale la vuelta, muchacho.

El policía más próximo se agachó, y cogiendo el cuerpo por uno de sus hombros le dio la vuelta.

John Devey enfocó su linterna hacia el destrozado rostro apenas reconocible entre la sangre coagulada, la cara casi desfigurada y la numerosa arena y hierbajos que esta tenía. El comisario se agachó, sosteniendo la linterna a escasos centímetros del cadáver, y casi al mismo tiempo se incorporó de un salto.

—¡¡¡Dios mío!!!

—¿Le conoces, John?

—Es Cail Lograft.

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