El mentiroso
Capítulo decimosexto
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I
Numerosos dioses poblaban, vivían, morían y revivían
cerca de nosotros. Teníamos una ardua tarea, Jesús tenía que igualarlos paso a paso, gesto a gesto; ni uno solo de los maravillosos milagros que tan abiertamente cantaban los seguidores de los múltiples dioses de Oriente, podía quedar fuera del alcance del nuestro en particular.
Si nuestro Jesús tenía que nacer de una virgen, no había
problema, Pablo la inventaba. Sin embargo todo esto nos acarreó la seria disputa con la fe que promulgaba Santiago y el resto de la comunidad de Jerusalén.
Pablo sabía perfectamente todos los pasos que daba, solo
tenían un objetivo. Necesitaba que la comunidad, abiertamente hostil hacia él, le dejara trabajar. Por lo tanto, me mandó reconocer en una carta a los Corintios que la comunidad de Jerusalén estaba simplemente promulgando un Jesús diferente al nuestro. No queríamos ofrecer a nadie el Jesús histórico, entre otras muchas cosas, porque no llegamos a conocerle, mientras que Santiago, Simón y Pedro, sí.
El objetivo de Pablo era sencillo y a la vez enormemente
escabroso:
Convertir a un hombre en Dios.
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