El mentiroso
Capítulo VI
El sol de la mañana entró fuerte y dicharachero por las rendijas que formaban las persianas al quedar entreabiertas. Verónica había caído boca abajo encima del pesado edredón. Tan cansada se había encontrado la noche anterior, que cuando llegó a su cuarto a altas horas de la madrugada, no le dio tiempo ni a desvestirse.
Abrió pesada y lentamente el ojo izquierdo, y a pesar de tener un gran mechón de su cabello sobre la cara, el cañonazo solar dañó su pupila aún adormilada. La cabeza le zumbaba como si estuviera metida dentro de un avispero, y el cuerpo se negaba a obedecer cualquier orden que implicara movimiento. Recordaba, de forma algo vaga, haberse marchado del pequeño museo a eso de las cuatro de la mañana. Miró el reloj de la mesilla, eran las doce y ocho minutos de una mañana radiante de luz.
La ducha sirvió para despejarla un poco, pero aún adormecida y todavía medio vistiéndose, salió de la habitación. Vio a Rebeca limpiando los grandes y cómodos sofás del pasillo. Del piso inferior llegaba un inequívoco sonido: Hillary estaba sin duda pasando el aspirador.
—Buenos días, señorita.
—Buenos días, Rebeca.
—Tiene café preparado en la cocina. Ah, le ha llamado el señor Paul Cox, yo no he querido despertarla, y me ha rogado que le recordara que le espera en su despacho esta tarde a las cinco.
—Gracias.
Le gustaba pasear por el nuevo Manhattan, le hacía creer que transitaba por un mundo futurista, lleno de luz, cristal y aluminio brillante. Los edificios parecían mirarla desde su atalaya, regios de orgullo y solemnes, sabiéndose admirados.
Solo recordaba haber estado una vez en Voreer & Legend, y de eso hacía más de diez años. Ahora se daba cuenta de qué poco sabía del mundo de su padre. Ni siquiera el negocio familiar, hecho para el mundo femenino, y con el cual habían amasado su fortuna, atrajo la más mínima curiosidad en Verónica. Se sentía un poco culpable por ello, pero su fuerza juvenil siempre le llevó por otros derroteros, estaría eternamente agradecida en el fondo de su corazón que su padre hubiera sido tan comprensivo con ella.
—Buenos días. ¿Verónica Lograft?
Acababa de entrar en el despacho de abogados, y una mujer morena con una larga cabellera, lisa y bien cuidada, salió a su encuentro. Unos ojos risueños, de un negro penetrante, le daban la bienvenida.
—Tengo cita con el señor Paul Cox.
—Mi nombre es Lucía, soy la secretaria del señor Cox —Lucía alargó la mano hacia Verónica—, su padre era un hombre muy atento y amable, le acompaño en su dolor, señorita Lograft.
Verónica sonrió agradecida a Lucía.
—Venga conmigo, el señor Cox la está esperando.
Verónica contuvo la sonrisa en su rostro, e imaginó a Cail flirteando con aquella escultural mujer. Pocos hombres no serían amables y atentos con aquellas bonitas y largas piernas ante sí.
Paul Cox salió todo lo rápidamente de detrás de su mesa que sus setenta trabajados años le permitieron. Una sonrisa abierta y llana, que parecía mucho más acentuada en aquella redonda y lisa cabeza, recibió a Verónica.
—¿Un café, señorita Lograft?
Paul Cox preguntó amablemente, mientras saludaba estrechando la mano de Verónica. Aquel hombre bajito y regordete le gustó desde el primer instante, no le extrañaba que su padre dejara todos sus asuntos en sus manos. El anciano abogado sabía transmitir serenidad y confianza.
—No, muchas gracias, señor Cox, la verdad tengo algo de prisa. Mi vuelo sale esta tarde noche para Londres, y todavía he de preparar mis maletas.
—Entiendo, pero por favor llámeme Paul, he sido muy amigo de su difunto abuelo, y también de su padre, espero poderle servir de igual manera a usted.
—Estoy segura de ello, Paul, y por favor llámeme Verónica.
—Bien, pasemos a lo que nos tiene aquí reunidos. Es muy sencillo —el viejo Cox abrió una gran capeta negra que tenía sobre la mesa—, todos los bienes de su padre pasan a ser suyos, por derecho y sin ningún tipo de trabas, su padre parecía tener una premonición, pues el mismo día de su desgraciado accidente estuvo aquí arreglando todos sus papeles testamentarios.
Verónica giro la cabeza sorprendida y miró a los ojos del viejo abogado.
—¿Le comentó que le preocupara algo?
—No, pero me preguntó sobre los bienes de su difunta abuela Angélica, quería saber si usted podría heredarlos sin dificultad en caso de que ocurriera, lo que por desgracia ha ocurrido —Paul Cox intentó endulzar su frase con una fría y escueta sonrisa, pero no lo consiguió.
—¿Eso fue todo?
—No, estoy convencido de que su visita se debió a otro motivo.
—¿Qué motivo? —preguntó nerviosa y expectante Verónica.
Paul Cox se levantó, e hizo un pequeño gesto con los músculos de la cara. Verónica siguió al obeso abogado al otro extremo de su despacho hasta llegar a la elegante estantería llena de grandes libros.
Entre tanto libro, un pequeño lienzo destacaba armonioso y lleno de colorido. Representaba la sala de un juzgado, vista desde el estrado donde se sientan los acusados. Un joven abogado, de escaso pelo y algo entrado en carnes, movía sus brazos al dirigirse al jurado. Verónica no tuvo que emplearse muy a fondo para imaginarse a un jovencito Paul Cox en la sala del juzgado.
El viejo Cox sacó una pequeña llave de su bolsillo, y la llevó hasta el cuadro. Verónica apreció como Cox metía la diminuta llave por una de las manos del exaltado abogado representado en el lienzo. Paul Cox giró varias veces la llave, y una parte del cuadro se despegó de la pared, dejando a la vista una pequeña caja fuerte.
El anciano abogado metió la mano en la caja, y tras estar mirando un leve instante, extrajo de ella un sobre.
—Este, a mi entender, fue el verdadero motivo de la visita de su padre.
Verónica cogió el sobre con sumo cuidado, a pesar de ser un sobre normal y corriente, parecía como si tuviera miedo a romperlo.
El sobre estaba completamente en blanco.
—Su padre me dio la orden que si algo le sucedía, este sobre debía de ir a parar a sus manos.
Verónica sentía como su corazón la delataba, estaba segura de que Cox tenía que estar oyendo sus fuertes latidos. Aquella sería la última comunicación con su padre, y el asunto podía ser demasiado fuerte para ella.
Las piernas empezaron a fallarle, y otra vez sintió la opresión de la angustia.
—Paul, ahora sí le aceptaré ese café —dijo Verónica, dejándose caer despacio sobre uno de los sillones del despacho.
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