El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 83 de 130

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El mentiroso

Capítulo vigesimoprimero

 

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I

En el rostro de su amiga Any Rizze vio, por un instante, las mismas emociones y sentimientos que encontraba en su padre cuando este hablaba de tiempos remotos. Aquel brillo lleno de emoción y la facilidad de hablar horas y horas sobre su tema favorito.

Estaban sentadas en Ginnos, su cafetería de costumbre, y en su rincón predilecto. Habían bajado a almorzar antes de lo normal, pero tenían muchas cosas que programar y que contarse.

Federico Ginnos, dueño del restaurante, había salido en persona para darle el pésame a Verónica, tanto ella como Any eran clientas habituales. El italiano, natural de Génova, era un hombre entrado en años, pero sobre todo en kilos. Una despampanante barriga colgaba llamativa por encima de su cinturón. Pero su aspecto grasiento —Federico trabajaba en la cocina— y grotesco, lo saldaba con una simpatía desbordante que hacía que todos los clientes simpatizaran enseguida con él.

—¿Me estás escuchando, Vero?

Verónica, que hasta ese momento había estado con la barbilla apoyada en sus manos, se puso recta en su asiento, y miró sonriendo a su amiga.

—Perdona, Any, estaba pensando lo parecida que eres a mi padre. Me hubiese gustado que os hubieseis conocido, ¡teníais tanto en común!

Any extendió las manos sobre la mesa, y rodeó con fuerza las de su amiga.

—Bueno, no nos pongamos ñoñas, seamos prácticas —sonrió con gran esfuerzo para no dejar caer una lágrima—. Any, empieza otra vez a contármelo.

—Bien, te decía que la décima legión romana a Masada, fue en el año 72 de nuestra era, encabezada por el gobernador Flavio Silva.

—¿Nuestro Flavio?

—Ja ja, ¡qué facilidad tienes siempre para hacerme reír! Sí, nuestro Flavio… el de toda la vida —las dos amigas rieron con ganas cogidas de la mano.

—Los judíos estaban mandados por Eleazar Ben Yair… sí, no lo digas, tu Eleazar nocturno —Verónica bajó la cabeza sonriendo—, pues bien, los hebreos se prepararon para una dura y larga defensa, que ahora en nuestra época llamaríamos numantina.

—¿Por qué?

—Olvídalo —dijo Any moviendo la cabeza desesperada—. Los romanos empezaron a levantar un gran campamento en la base de la montaña, y con los grandes adelantos técnicos de la época, construyeron una circunvalación alrededor de la fortaleza.

—Hasta el momento no veo la relación con la nota de mi padre — interrumpió Verónica.

—Después del párrafo en que nombra a Eleazar, ¿qué decía la nota de tu padre?

Verónica repasó la carta mentalmente, la frente arrugada, y los ojos mirando al techo.

—«Gana tú la mía subiendo por la rampa» —contestó.

—Pues bien, en un punto rocoso cerca del acceso oeste, la décima legión romana construyó una rampa de grandes piedras y tierra prensada.

—Pero esa rampa… ¿Todavía existe hoy en día?

—Ya lo creo que sí, los romanos eran gente concienzuda.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres decir, con eso es todo?

—No me has dicho dónde tengo que buscar.

—Ay, amiga, eso tienes que decírmelo tú a mí.

—¡¡Yo!!

—Piensa un poco.

Verónica dio un largo sorbo de su Coca-Cola, y miró directamente a los ojos de su amiga. Por los altavoces del restaurante sonaba la banda sonora de Memorias de África. Aquella música motivaba sus neuronas. Sonrió despacio, había comprendido, todo era muy sencillo, solo la ofuscación del momento le había hecho no encontrar la respuesta. Volvió a dar un sorbo de su refresco, y tras saborearlo dijo:

—«Y busca allí donde descansan tus sueños de la infancia».

Any movió la cabeza afirmativamente.

—Cuéntame tus sueños, querida.

Verónica volvió a sonreír, esta vez su sonrisa estaba llena de nostalgia. Recordaba tiempos de felicidad y repletos de amor filial.

—Cuando tenía diez u once años —empezó a contar Verónica—, tuve una etapa en la que no conseguía dormirme si no me contaba mi padre una historia. Recuerdo que mi madre protestaba, e incluso se burlaba de mí, pero Cail… mi padre sonreía satisfecho, ahora estoy segura de que él disfrutaba tanto o más que yo. Uno de los muchos cuentos que escuché, pronto fue mi favorito, y durante mucho tiempo obligué a mi padre a contármelo noche tras noche. Tenía facilidad para contar historias, historias que él inventaba para mí. Esta en particular trataba de una niña de mi edad que —en aquella época— vivía dentro de una fortaleza amurallada, con sus torres de defensa, grandes cisternas que recogían la lluvia, almacenes, cuarteles, arsenales y un gran palacio. Aquella fortaleza había sido construida por Herodes el Grande, y la gente la llamaba Masada. Bajo el mando del emperador del mundo, César de todos los reyes, y dios viviente para todos los ciudadanos de Roma, Tiberio, las legiones del águila habían arrasado Jerusalén. Solo un pequeño reducto permanecía rebelde e indómito. Dos años después de la destrucción del gran templo, Tiberio, cansado, mandó su mejor legión —Verónica repetía palabra por palabra, aquellas que hacía años pronunciara su padre—. Multitud de hebreos se encerraron en la fortaleza de la gran roca. Los niños asistían al principio alegres a todo aquello que alteraba la monotonía de sus vidas, pero pronto, con la preocupación de sus mayores, fueron comprendiendo su situación. Los romanos trabajaban como hormigas, necesitaban llegar al pie de la muralla. Asistir día a día a los trabajos de construcción era todo un acontecimiento para aquellos infantiles zelotes. Uno de aquellos niños era un niña de no más de diez años, que tenía la particularidad de vivir en casa de Eleazar, jefe zelote. Aquella niña era la más pequeña de sus hijos. Con un encanto especial, y una sensibilidad muy particular, la niña quiso ayudar a su padre. Sus hermanos varones formaban parte de la defensa de la fortaleza, la niña, en su candidez, encontró la forma de «ayudar». Todas las noches, después de la cena, y antes de ir a la cama, salía despacio de la casa, y por un diminuto agujero en la muralla almenada, y sin que los guardianes depararan en ella, salía de la fortaleza con su muñeca de trapo.

Llegaba al borde de la roca, justo en el sitio que los romanos habían elegido para construir su rampa, y allí, sentada en una lisa piedra, rezaba al dios de sus padres. Una de esas noches, cansada, cayó dormida, pero algo la sobresaltó despertándola de su profundo sueño, una gran luz brillaba sobre ella. Solo era un rostro, pero este, angelical, le habló: Verónica, no tengas miedo, Dios está contigo.

Any apretó emocionada las manos de su amiga, era una historia preciosa, lástima que ella supiera que el final había sido tan terrorífico.

—Sin duda tu padre fue un gran hombre.

—Sí, siempre sobresalió de la vulgaridad.

—Bueno, creo que estarás de acuerdo conmigo en qué es lo que hay que buscar.

Verónica movió lentamente la cabeza en señal de afirmación, ¡qué ironía, nunca había querido acompañar a su padre a visitar Masada, y ahora la obligaba a ir!, y lo curioso del caso es que le apetecía de forma especial.

—Sí —contestó—, una gran roca lisa… al final de la rampa.

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