El mentiroso
Capítulo IV
El teléfono sonó, y el cardenal Signori miró nervioso a Rossi. Este, con un gesto inequívoco, le indicó que lo dejara sonar otra vez. Giuseppe Signori cogió aire en sus pulmones y, respirando hondo, descolgó el auricular.
—Soy el cardenal Signori, hable.
El silencio se prolongó por más de veinte segundos, el cardenal notaba como su corazón se resistía a tantas inquietudes. Rossi miraba por la ventana dándole la espalda, en un gesto que sin duda sería bueno para el propio Rossi, pero que a él le hacía sentirse terriblemente solo y lleno de responsabilidades.
Por fin una voz áspera y dura respondió al otro lado del auricular. Signori no dudó, ni por un instante, que aquel inglés tan marcado que oía salía de la garganta de un árabe.
—Señor Signori, me han recomendado que hablara con usted, es obvio que los brazos de la Iglesia católica son largos e influyentes.
—Usted tiene algo que nos interesa —fue la escueta contestación del Cardenal, que sin conocer personalmente a su interlocutor, estaba ya seguro de que le desagradaba.
—Bien, ustedes mandaron a un comprador, con el que, dicho sea de paso, fuimos muy pacientes y correctos. Ahora, nos encontramos en tratos con otras personas, y el acuerdo es casi ya total.
—Usted debe saber, que nosotros no podemos hacernos responsables de los actos del señor Tiblerman. Su actitud nos ha dejado en seria desventaja, por eso queremos reiniciar el negocio.
—Me caía bien el profesor… —un momento de silencio reinó en la conversación, y Signori empezó a creer que había perdido la comunicación, cuando siguió escuchando al árabe—. Esta tarde tengo una cita con otros compradores, lo único que puedo prometerle es que si no llegamos a un acuerdo, usted será el primero en saberlo.
—Eso no es suficiente, y usted lo sabe. No podemos permitir que esos manuscritos estén fuera del Vaticano. Cualquier suma que le puedan pagar, nosotros se la igualaremos.
—Aunque usted no me crea, nosotros somos un grupo de profesionales muy serios en nuestro trabajo. Si hiciéramos lo que usted dice, perderíamos credibilidad, y por lo tanto la posibilidad de efectuar futuras operaciones. Este mundo en el que yo me muevo, cardenal Signori, es muy serio en eso, dentro de ser un mundo peligroso, hay un código de conducta con el que tenemos que actuar para estar siempre bien considerados.
—Entonces, ¿qué esperanzas me da usted?
—Verá, solo si su competidor desistiera por propia voluntad del negocio, o… algo le pasara…
—¿Cómo ha dicho usted que se llama nuestro competidor? —Rossi se volvió raudo, y se dirigió al escritorio. Cogió papel y un bolígrafo y se dispuso a escribir. (Aunque todas las llamadas al Vaticano quedaban grabadas por seguridad, esta no había pasado por ese filtro, por orden expresa del propio Rossi).
—Jajaja. Yo no he dicho como se llama. Como no podía ser menos, es usted astuto e inteligente, cardenal —otro nuevo silencio—. Está bien, Signori, pero usted me deberá una. Cail Lograft.
La comunicación se cortó. Signori volvió a respirar profundo, y miró la cara rojiza de su compañero. Este, con el bolígrafo preparado, sonrió levemente a Signori diciendo:
—¿Y bien?
—Cail Lograft.
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