El mentiroso
Capítulo VII
Any se dejó caer en la cama de la habitación, y ni siquiera prestó atención a su amiga cuando esta le preguntó si tenía hambre.
¿Hambre?, sí tenía hambre, pero de saber. La oportunidad de su vida estaba encerrada en una bolsa sucia de plástico. Si hace un mes escaso alguien le hubiera contado una aventura semejante a la que ella estaba viviendo, no la hubiera creído. Eran muchos los años de investigación, jornadas frustrantes y desesperantes en las que avanzar un simple milímetro era todo un éxito. Había visto con sus propios ojos, grandes investigadores, que a lo largo de toda una vida dedicada a la arqueología bíblica, o al estudio de manuscritos antiguos, habían tenido toda una serie de impedimentos para poder trabajar con ecuanimidad y de forma objetiva. No solo era la Iglesia cristiana la que se veía comprometida en posibles revelaciones espectaculares, también la religión judía, y cómo no, muchos gobiernos occidentales. Cualquier cambio de lo ya establecido durante tantos y tantos años, dado por verdadero e irrefutable, sería una hecatombe mundial a todos los niveles.
Any miró el paquete y suspiró, movió el cuello de un lado a otro, el cansancio le agarrotaba la columna y las vértebras, pero el ansia y la incertidumbre eran mucho más fuertes. Verónica se había metido en el baño, estaba completamente sola. Descorrió un poco la cortina y subió las persianas, una brillante luz se apoderó de toda la estancia. Cogió el paquete y se acomodó en el pequeño escritorio que había debajo de un gran espejo.
No sabía lo que se iba a encontrar, pero partía de una base que para ella era segura: los evangelios no eran fiables, a partir de ahí todo podía ser, incluso la decepción de no encontrar nada llamativo… pero eso no lo creía posible.
Con manos algo temblorosas, empezó a poner sobre la mesa el tesoro que habían conseguido a base de sangre y sufrimientos. Cogió unas diminutas gafas y, mientras las limpiaba, recordó lo que el viejo profesor Einsenmam le contó en una de sus primeras entrevistas para la B. A. R.: El Evangelio de Marcos fue el primero de todos ellos, y no fue compuesto antes del año 66, coincidiendo con la sublevación judía. Se le puede considerar como un texto poético y piadoso. Hechos es una obra parcial, en la que Lucas, su autor, trabaja con varias fuentes, que corregía y rehacía para adaptarlo a sus intereses. Y algo muy importante, Hechos está dirigido a un público griego, no judío.
Con sumo cuidado, centró su interés sobre los viejos manuscritos de cuero. Empezó a desenrollar las tiras, y pronto vio la importancia de lo que tenía entre manos: ¡la primera de las tiras tenía más de siete metros!, pero lo que era mucho más importante, ¡solo las lecturas bíblicas sinagogales y litúrgicas se escribían en cuero!
Con una mano sujetó el rollo, y con la otra empezó a desenrollarlo.
La escritura está escrita exclusivamente por una de las caras, y esta era la correspondiente al lado del pelo del animal; iba dispuesta en columnas paralelas y en cuadrática —más conocido por arameo.
Mi corazón está ya cansado, y solo amanece junto a mí
cada mañana esperando el justo momento en el que tendré que rendir mi vida ante Dios. No sé cómo calificar esa vida que nuestro Señor me dio en préstamo. Para algunos ha sido fructífera y llena de emociones, para otros sacrificada, evangélica y espiritual. ¿Pero qué opinión tengo yo del uso que he hecho de ella? Ahora que mis días tocan a su fin, en la soledad de mi retiro he decidido poner en orden mi alma y mis recuerdos. Para mis amigos y fieles hace días que he muerto, allí en Beoda, pero antes de reunirme con Él quería mirar dentro de mi corazón… Al principio, todo estaba desgarrado y había un gran cisma en el que el verdadero instigador era Pablo. El verdadero y principal adversario de Pablo no era otro que Santiago «el hermano del Señor». Era el jefe reconocido de la comunidad de Jerusalén y, en la mayoría de las veces, Santiago era partidario de una línea dura, sin transigir. Como no podíamos eliminar a Santiago de
ningún tipo de textos, se le asignó un papel intermedio entre Pablo y los partidarios de la línea dura. Sería por tanto Santiago una figura conciliadora.
Santiago era en verdad el custodio del conjunto original
de enseñanzas, y el exponente de la pureza doctrinal y la rigurosa observancia de la Ley. Nunca, nunca se le hubiera ocurrido fundar una nueva religión. Pero eso era precisamente lo que hizo Pablo.
El Jesús de Pablo tenía que ser un dios fuerte, cuya
biografía igualara, milagro por milagro, la de las divinidades de la época con las que tenía que competir por devotos. Para Santiago esto fue, por supuesto, blasfemia y apostasía.
Como ya advertí a Pablo, todo esto provocó la hostilidad
homicida, habíamos creado una religión nueva que cada vez tenía que ver menos con su supuesto fundador.
Nos alejábamos de nuestra primitiva fe, pero era un
camino laborioso y muy muy espinoso. No había más remedio que ir dejando atrás a nuestros enemigos, pero el enemigo más importante y peligroso era, sin duda alguna, Santiago. Él había estado mucho más cerca de la «fuente» que nosotros. Por lo tanto, una simple palabra suya servía para desacreditar todo aquello en lo que Pablo tenía empeño.
Any restregó sus doloridos ojos, y dejó que estos descansaran un poco. Eran demasiados días sin dormir bien, casi sin comer y con demasiada adrenalina en sus venas como para no sentir un cansancio eterno en todo su cuerpo.
Aquello era mucho más de lo que hubiera soñado nunca, y sin embargo no le gustaba lo que estaba leyendo. Todo en lo que había creído, y las enseñanzas en las que había basado su cultura, se venían abajo. Tocó con veneración el cuero antiguo y se sintió mal por dentro, no estaba segura de si sería buena idea que toda aquella información fuera expuesta a la opinión pública.
Notó la presencia de alguien a su lado y, con lágrimas en los ojos, giró la cabeza. Sin embargo, la cara desencajada por el pánico que pudo leer en el rostro de su amiga Verónica le sacó de su letargo.
—¿Es que no me oyes, Any? ¡Por Dios, escúchame! —Verónica empezó a zarandearla por el brazo.
Any se puso en pie y, casi forzadamente, intentó buscar una sonrisa en sus labios.
—Tranquila. Verónica, ¿qué es lo que te pasa?
—¿Es que no has escuchado lo que te he dicho?
—Me temo que no.
—Debemos marcharnos ahora mismo de aquí.
—El avión no sale hasta dentro de seis horas, tú llamaste para hacer la reserva, y creo que en esta habitación estaremos mejor que dando vueltas por ahí.
—He cometido una grave equivocación, no me he dado cuenta y he hecho la inscripción en el hotel con mi nombre.
La cara de Any fue una mezcla de asombro y terror. Con los ojos muy abiertos, miraba a su amiga sin saber muy bien qué decir.
—Tú estabas completamente centrada en los manuscritos, y parecías tener prisa por ir a la habitación, y yo no me di cuenta.
Verónica volvió a meter los manuscritos en la bolsa y, sin que Any todavía hubiera reaccionado, empezó a vestirse a toda prisa. Con el pelo goteando agua, cogió a su amiga por el brazo.
—¡¡Por Dios, Any, muévete, salgamos de aquí!!
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