El mentiroso
Capítulo séptimo
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I
El todoterreno detuvo con un suave frenazo su marcha, y el árido uadi del Valle de los Reyes llenó con su sobriedad todo el paisaje. Habían llegado al final del viaje, justo donde empezaba el camino hacia las tumbas reales.
El calor era sofocante. Cogieron despacio y algo titubeantes el serpenteante camino. Su guía, y estrella del norte, era la cima tebana que dominaba todo el valle.
—Si pudiéramos interrogar a todas estas piedras, ¡cuántas fabulosas historias nos contarían! —Gires suspiró cuando acabó de hacer esa observación.
El acantilado era majestuoso, pétreo, inamovible. Parecía estar juzgando a cada intruso que se adentraba en sus entrañas. Todo era silencio y paz. Tan solo la reina del lugar, «La que ama el silencio» —según los antiguos egipcios—, vive a sus anchas en aquellos inhóspitos parajes; la cobra. ¿Le habría valido de algo a Sekenenra, libertador del valle del Nilo, morir en el campo de batalla, con su rostro traspasado por una flecha? Aquel valle representaba algo más que árida tierra de cementerio para los antiguos egipcios.
Cail y Gires se sintieron algo extrañados porque siempre que habían ido al valle, tanto turista rompía el encanto del lugar. Ahora el silencio era impenetrable. Allí no había pájaros que alegraran con su trino, ni vegetación alguna que el aire pudiera mover, formando ese ruido tan peculiar y atrayente. Todo era desierto, quietud y soledad. ¿Qué poder tendrían los hombres con los que estaban tratando, para que interrumpieran por toda una tarde, las visitas al Valle de los Reyes?
—¿Cuáles fueron las instrucciones que te dieron? —preguntó Cail algo asustado.
—Debemos seguir este estrecho camino, justo hasta la tumba de Tutankamón.
Empezaron a andar con pasos decididos, estaban a punto de conseguir la bomba arqueológica del siglo XX. Cail se sentía vivo, no cambiaría estos momentos de su vida por nada del mundo. ¡Si alguna vez le entendiera Verónica…!
La tumba de Tutankamón, situada junto a la de Ramsés VI, es la primera que cualquier visitante puede ver a su entrada en el Valle. Un hombre les esperaba sentado junto al muro de entrada.
—Soy Gires —dijo el francés nada más llegar hasta el árabe—, y este es mi representado: el señor Cail Lograft.
El árabe era un hombre bajo pero musculoso. Mantenía una sonrisa abierta en su cara, mientras su mirada era fría y dura. Un grueso bigote negro se dibujaba sobre su labio superior, y como si de un tic nervioso se tratara, el hombrecillo no dejaba de acariciárselo. Mantenía un cigarrillo en la boca, pero estaba apagado.
—Bien, antes de ir al lugar donde usted podrá ver los manuscritos, debo saber si ha hecho todo lo que acordamos.
—El señor Lograft ya ha mandado hacer la transferencia a su cuenta, señor… —preguntó esperando respuesta.
—Entonces todo estará bien, dentro de poco me confirmarán este hecho, y si no hay problemas, todo será rápido.
El árabe había pasado por alto la pregunta de Gires, algo que molestó a Cail de forma especial, él no comprendía la necesidad de ser tan brusco, y aquel árabe le era ya sumamente desagradable.
—Mi amigo ha preguntado por su nombre, usted ya sabe los nuestros, no veo porque no podemos nosotros saber el suyo —inquirió Cail mirando directamente a los ojos del árabe, que todavía seguía sentado sobre el muro que rodeaba la entrada de la tumba de Tutankamón.
El árabe frunció el entrecejo, y arrugó por un momento la frente. Era claro que no estaba acostumbrado a que nadie le hablara de esa manera. Pasó un momento de tenso silencio, y saltó del muro poniéndose en pie delante de Gires y Cail.
—Es un placer hacer negocios con ustedes —dijo alargando la mano para que ambos se la estrecharan—, deben ustedes de comprender que, en este negocio, no es bueno airear el nombre de uno. De eso seguro que nuestro mutuo amigo Gires sabe mucho —el francés hizo un gesto afirmativo con la cabeza—, por lo tanto, les ruego que olviden mi nombre nada más salir de este inhóspito lugar, y solo se acuerden de mí para otro futuro negocio… mi nombre es Kalad.
Un hombre de color se aproximó hacia donde se encontraban, y en un árabe claro que los tres pudieron entender, dijo:
—Todo está en orden.
—Bien, parece que nuestra cuenta suiza ha engordado en quince kilos de dólares más —Kalad dejó ver su dientes en la amplitud de la sonrisa—. Es usted un hombre doblemente afortunado, amigo Cail. Primero ha conseguido un auténtico tesoro de la humanidad, y segundo va a tener el privilegio de poder ver con sus ojos algo maravilloso. Una maravilla, que encierra unos tesoros que saldrán a la venta en poco tiempo. Por lo tanto, usted partirá ya con ventaja en ese negocio.
—Esperamos, señor Kalad, que en ese nuevo descubrimiento, del que usted nos quiere hacer privilegiados visitantes, sea más serio.
—No le entiendo señor Gires, nuestra seriedad está fuera de toda duda, y usted lo va a comprobar.
—Usted y yo habíamos cerrado ya el trato en cinco millones de dólares, no entiendo por qué el señor Cail ha tenido que pagar ahora quince.
Kalad se sonrió, mesándose el bigote.
—Tienen ustedes unos competidores muy serios, sin duda alguna pronto tendrán noticia de ellos. Ahora, señores, acompáñenme, deben de recoger algo que les pertenece, y por favor, no dejen de observar todo lo que les rodea. Giraron hacia la izquierda, y se encaminaron directos a la tumba de Tutmosis. Aquella había sido la primera de las tumbas reales en aquel valle. Llegaron al rincón solitario y oscuro, donde se encontraba la entrada. Sin embargo, Kalad pasó de largo por la escalera horadada en la roca, y empezó a subir por la pendiente escarpada que serbia de techo a la tumba del faraón.
Cail degustaba todos aquellos momentos, no le importaba en absoluto que las gotas saladas de sudor, en ocasiones, nublaran su vista. Tampoco que sus piernas protestaran ante el trabajo que era subir aquella pared de roca y arena. Una vez llegado a la pequeña cima, un sendero estrecho y solitario, dibujaba su camino hacia la cumbre tebana. El viaje se hizo más cómodo y sencillo por aquel inapreciable sendero. Estaban subiendo por el acantilado de Der el-Bahari. A cada paso ascendente que daban, las vistas panorámicas se le hacían más emocionantes a Cail. Justo desde allí, no muy lejos, podía ver el gigantesco templo de la reina Hatsepsut.
Estaba empezando a cansarse, pero el encanto de todo aquello era persistente. Habían llegado a un recodo del camino, y Kalad se detuvo.
—Esta gente ni suda —comentó Gires ante la sonrisa del pequeño árabe.
Cail comprobó la veracidad del comentario de su amigo francés. El repulsivo árabe no parecía haber subido por aquel escarpado camino, tampoco parecía soportar el agobiante calor que él y Gires sufrían. Cail, con una camisa blanca de manga corta desabrochada, secaba su sudor con un pañuelo, por la cara y el cuello. Gires hacia otro tanto.
El árabe iba inmaculadamente vestido, con una chaqueta gris y un pañuelo de seda a su cuello. Más bien parecía que daba un paseo por las calles de París, y no por el árido desierto de Tebas.
—¿Qué tal escaladores son ustedes? —preguntó Kalad sonriendo ante la atónita mirada del francés.
—¿Está usted sugiriendo que debemos escalar esta pared empinada?, ¡oh no!, no, no y no, conmigo no cuente, ya he sufrido bastante subiendo hasta aquí.
—¿Y usted qué me responde, señor Lograft? ¿Quiere que le traigamos hasta aquí sus manuscritos?, o, ¿su curiosidad por la antigüedad le va a hacer subir allá arriba? Le puedo asegurar que sería usted el primer occidental en pisar ese mundo maravilloso. Si ahora decide no hacerlo, se arrepentirá en un futuro, y tendrá que pagar mucho dinero para lavar su error.
—Detrás de usted, Kalad —fue la escueta y rápida respuesta del norteamericano.
El negro, que había acompañado unos pasos más atrás su subida, empezó a desenrollar de su cintura una fuerte y larga cuerda. Kalad se la enroscó a su vez en la suya, y mirando a Gires con cara algo burlona, comentó:
—Mi compañero se quedara con usted, mientras el señor Lograft y yo nos adentramos en un mundo de ensueño.
—Yo ya lo veré, cuando decidamos comprarlo —fue la tensa e irónica respuesta que Gires dirigió al árabe.
Kalad inició la ascensión con paso firme y seguro. Le indicaba en todo momento a Cail dónde y de qué modo debía poner manos y pies. El árabe escalaba audazmente por las rocas.
Cail se había juramentado para no caer en la tentación de mirar hacia abajo, sin embargo, casi a mitad de viaje, no pudo resistir más tiempo la sensación. Se arrepintió casi al instante, una sensación de vértigo sacudió todo su cuerpo, haciéndole tambalearse, de tal forma, que los pies se le escurrieron del sitio. Gires era una figura diminuta ante la considerable altura.
Kalad intervino con rapidez, y sujetó a Cail por un brazo.
—Ánimo, señor Lograft, casi hemos llegado.
Una vez llegado a su destino, Cail se sentó para poder regular su respiración. Estaban en mitad del camino de aquella pared casi vertical. Un recodo en la pared dejaba casi imperceptible, desde abajo, lo que ahora se presentaba ante Cail: Una grieta natural cubierta por piedras, era un enorme agujero.
—Espero que todo esto haya merecido verdaderamente la pena — comentó Cail, algo fatigado y todavía asustado.
—No lo dude, señor Lograft.
Kalad desenrolló la cuerda que llevaba en su cintura, y sujetándola en una enorme piedra, la dejó caer por el oscuro hueco.
Kalad miró a Cail, e invitó a este a descender por la cuerda.
—No se asuste, engaña un poco, no tiene más de dos metros de caída.
Esta vez Cail no lo dudó, y empezó a descender por el negro agujero. El árabe llegó justo detrás de él. La oscuridad estaba atenuada por unos débiles rayos solares que la pequeña abertura y las múltiples piedras permitían pasar. Kalad cogió del suelo arenoso una pequeña antorcha y le prendió fuego.
Se encontraban en una planta ovalada desde donde partían unas pequeñas escaleras descendentes. Había una oscuridad total. Kalad pasó delante y, haciendo girar la luz de la antorcha de un lado a otro, indicó a Cail que observara las paredes. Todo el corredor estaba decorado con pinturas, y relieves pintados. Colores vivos en un azul celeste, y un rojo intenso, estallaron a la vista de Cail. Aquello era simplemente maravilloso, parecía como si el artista hubiera acabado su obra tan solo cinco minutos antes. El techo del ancho corredor descendiente también estaba policromado de un azul más oscuro e intenso. Representaba el Más Allá celeste que solo se podía recorrer con la ayuda de embarcaciones. Cada cinco o seis metros, cuatro grandes barcas aparecían pintadas en su recorrido por el techo.
Habían descendido unos cincuenta metros, cuando Cail comprobó que acababan las escaleras. Cámaras anexas aparecían a un lado y a otro.
—¡Esta no es la típica tumba de pozo, con corredor y capilla con pinturas! —comentó asombrado Cail.
—Por supuesto que no —respondió Kalad, satisfecho ante la sensación de asombro que leyó en los ojos del americano—. Además, amigo mío, ¿quién ha dicho que esto sea una tumba?
El final del corredor era un pequeño hall en forma de media luna, y cuatro cámaras tenían su puerta de entrada en él. Un asombrado e incrédulo Cail siguió a Kalad cuando este se metió en la puerta de su derecha.
Relieves policromados en cientos de colores acogieron la luz de la antorcha con alegría casi viva. Cail Lograft miró asombrado los dibujos, en los que predominaban la vida cotidiana: La agricultura, la pesca, la caza, etc.
Enseguida llamó su atención una pequeña mesa de madera en el centro de la estancia que, firme pese al paso de los siglos, sostenía una pequeña caja. Detrás de esa caja, Cail se maravilló con la visión de: Amset, Dautmufed, Kabensenuf y Hapi. Los cuatro vasos canopos que servían para recoger las vísceras de los muertos. Amset seguía teniendo cabeza humana. Dautmufed representaba un chacal. Kabenseuf miraba a Cail con sus ojos de halcón y Hapi, como siempre, seguía erguido con su cabeza de mono.
—No lo entiendo, Kalad, si esto no es una tumba, ¿qué hacen esos cuatro vasos canopos aquí?
—Le ruego que, con el mayor de los cuidados, abra usted aquella caja.
Cail se dirigió despacio hacia la mesa, tenía miedo de estropear cualquier cosa, su responsabilidad como amante de la historia, le atenazaba la mano, pero su curiosidad fue mayor. De forma casi solemne, Cail abrió la caja con ambas manos, y vio en su interior cinco papiros.
—Como usted comprenderá, aquí no podemos abrirlos —comentó Kalad a su espalda—, pero le ruego que, como buen egiptólogo, descifre el sello que llevan.
Cail miró la escritura jeroglífica, y no necesitó mucho para saber qué ponía, ¡¡aquel fue el primer jeroglífico que aprendió a descifrar!!:
—¡¡¡Ramsés!!!
—Esos papiros son el libro de los muertos de Ramsés II. Ramsés el Grande.
—No puede ser, la tumba de Ramsés el Grande ya ha sido encontrada, y su momia descansa en paz en El Cairo. Además si no han abierto estos papiros, ¿cómo pueden saber que es el libro de los muertos?
Kalad invitó a Cail a salir de aquella sala, y se adentraron en la siguiente. Todo era igual, la misma disposición, la misma mesa, los mismos vasos canopos. Todo estaba exactamente igual que en la anterior sala.
Cail se adelantó y abrió de nuevo la caja. Volvió a leer el sello, y un grito salió de su garganta:
—¡¡¡Amenofis!!!
Cail entró una tras otra en las dos cámaras que le quedaban, su asombro ya no podía ser mayor, todas eran exactamente iguales, en la primera el papiro llevaba el sello de Tutmosis I, soberano que gobernó durante cincuenta y cuatro años en Egipto.
En la segunda y última su asombro fue aún mayor, pues la caja estaba vacía.
—Por eso sabemos que es el libro de los muertos, señor Lograft, ese papiro que falta y que ya hemos estudiado perteneció a Sethi I.
—Sin duda alguien pensó que las tumbas reales serían robadas tarde o temprano, y eligió este estupendo escondite para velar por el ka de los faraones más grandes de Egipto. Esos rollos tienen un inmenso valor señor Kalad, no creo que alguien pueda pagarlos para tenerlos juntos —Cail pensó por un instante en su hija, y empezó a comprenderla—, ya que no podrán estar aquí, el mejor sitio sería un buen museo.
—Me decepciona usted un poco, señor Lograft, ahora acaba de desembolsar una gran cantidad de dinero, pero estoy seguro que cuando esté de nuevo en su casa pensará de forma diferente.
—Le estoy infinitamente agradecido por haberme dejado ver algo que solo podrán ver ojos privilegiados, señor Kalad, pero ahora quiero ver lo que realmente he venido a buscar.
—Ja, ja, es normal que esté usted impaciente, pero solo le he traído aquí para que viera esto. Desde el momento en que mi compañero me dijo que todo estaba en regla, los valiosos manuscritos han sido depositados en una caja fuerte de un banco cairota. No se preocupe, la llave de esa caja fuerte está en la habitación de su hotel.
—Este juego no me hace mucha gracia, señor Kalad, ¿quién me asegura ahora que veré esos manuscritos?
—Somos profesionales, señor Lograft, esos manuscritos son ya para mí mercancía vendida. Ahora solo pienso en esto que ve aquí —dijo señalando todas las cámaras funerarias—, y usted es potencialmente un cliente mío. Como bien ha dicho, todo esto vale mucho, mucho dinero.
El viaje de regreso fue silencioso, Gires intentó varias veces interrogar a su amigo sobre lo que había visto, pero este no salió de su mutismo. A Gires tampoco le había hecho gracia el pequeño juego del árabe, antes de enseñar una mercancía tenía que haber entregado la que ya estaba vendida. Pero el francés no estaba preocupado por la posibilidad de un engaño, como bien había dicho Kalad, eso sería funesto para un futuro negocio.
La falúa esperaba en el río, un viento fuerte se había levantado, y el cielo era casi imperceptible. Subieron deprisa a la embarcación, el viento empezó a golpearles en el rostro.
—¡Dios mío, pero si es arena! —exclamó Gires.
—El cuco del Senegal nunca se equivoca —comentó Cail.
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