El mentiroso
Capítulo III
El Sumo Pontífice de Roma colgó el teléfono y miró a los ojos del padre Carmelo, el paso ya estaba dado y su mensaje había sorprendido, pero había calado hondo en su receptor. El Obispo romano acarició despacio la cruz que colgaba de su cuello y lentamente se incorporo del sillón. Su anciano y enfermo cuerpo afrontaba un día duro y se lo hacía recordar a cada paso que daba.
—Los Grandes Rabinos de Israel recogen incrédulos, pero con entusiasmo, mi envite.
El Santo Padre se acercó al gran ventanal y observó el gentío que expectante esperaba su aparición.
—Es la hora de ver la reacción del pueblo de Jesús.
Carmelo cogió con suavidad la anciana mano del Pontífice y, cayendo de rodillas, beso su anillo.
—Santidad, es un orgullo trabajar para una Iglesia con tan insigne cabeza.
El Papa acarició el pelo de Carmelo, suspiró hondo y, abriendo el gran ventanal, salió ante el ruido y los aplausos de la plaza del Vaticano.
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