El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 13 de 130

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El mentiroso

Capítulo cuarto

 

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I

Verónica se había encontrado muy cómoda los tres días que había podido pasar con su padre, pero como todas las cosas, aquellos días llegaban a su fin. Su trabajo la reclamaba ya en Londres y su padre salía esa misma tarde para Egipto con su amigo parisino. Estaba preocupada, los noticiarios daban aquella zona como muy conflictiva y peligrosa para todo turista occidental. Los grupos más radicales estaban haciendo de un país tan encantador y hospitalario como Egipto, un coto restringido y casi vetado. Pero sabía que su terco padre no se asustaría por eso, así que ni siquiera hizo mención de ello cuando Cail salió de otro de sus «escuetos» baños.

Verónica planchaba el pantalón de su padre, pues no le había agradado la idea de que lo hicieran en el hotel. Ella, a pesar de tener uno de los padres más ricos del planeta, vivía de su trabajo, y como siempre que salía de viaje, llevaba su propia plancha, ¡ya llegaría la hora de heredar una inmensa fortuna, hasta ese momento quería saber la realidad de la vida y su dureza!

La plancha chocó contra algo metálico dentro de uno de los bolsillos del pantalón, Verónica metió la mano y sacó una pequeña y plateada moneda, sin darle importancia fue a depositarla sobre la mesa pero algo llamó su atención; aquella no era una moneda normal, ni el tamaño, ni el peso y ni tan siquiera su defectuosa redondez se parecían en nada a las monedas convencionales; la sostuvo en la mano y sentada en el sillón la observó con detenimiento.

—Has encontrado mi amuleto de la suerte —Cail, saliendo del baño, se había colocado justo detrás de su hija y la observaba.

—Pues debes de estarme agradecida, si llegas a mandar el pantalón a la lavandería la hubieras perdido para siempre —sonrió Verónica mirando todavía la moneda—. ¿De dónde es? —preguntó.

—Esa moneda tiene un valor incalculable y una historia llena de sobresaltos que ya te contaré algún día. Es una pieza única que hasta hace bien poco estaba en la colección Haeverlin. Fue acuñada en la Galia Cisalpina en el año 43 a. J. C. y representa en su anverso a Julio César laureado, y en su reverso lo que ves, es la cabeza barbada de Augusto.

—¿Y estas letras que hay aquí escritas qué son?, —preguntó Verónica.

—Ja, ja, ja —rio Cail—. Eso se llama ley, y dice: C. CAESAR III VIR R. P. C.

—Pues muy bien —dijo Verónica, haciéndose la ofendida y tirando la moneda encima del sillón—, mejor estaría en un museo.

—Ja ja, ja, ja —rio Cail con ganas.

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