El mentiroso
Capítulo III
En la humilde parroquia de Sant Jonhns acababa de terminar la misa. El padre James era un hombre joven y apuesto. Llevaba varios años como párroco de aquel barrio señorial, y aunque en un principio le había costado mucho adaptarse a los caprichos de la gente adinerada, ahora estaba orgulloso, pues había descubierto que sabiéndolos llevar, podía sacarles muchas cosas.
El padre James estaba recogiendo todo después de la misa, si en algo era puntilloso, era en el orden, no podía soportar ver nada fuera de su sitio. Tenía una máxima que llevaba a rajatabla: El orden y la limpieza eran sinónimos de vida sana.
—¿El padre James?, por favor.
El sacerdote se volvió, y contempló a la persona que había llamado a su puerta, pero que sin esperar contestación ya se había introducido en la vicaría.
Era un hombre de mediana estatura, joven y fuerte constitución. El padre James relajó el enfado de su rostro, pues aquel hombre que de forma tan poco elegante se había introducido en su casa, llevaba sotana.
El padre James, con su jovialidad acostumbrada, avanzó unos cuantos pasos hasta su visitante y le alargó la mano.
—Soy yo, ¿qué deseáis, padre?
El rubio y extraño sacerdote, sin tan siquiera presentarse, sacó un sobre de su sotana y lo alargó al joven párroco.
—Estas son mis credenciales, como veréis salen de la secretaría del Vaticano.
El padre James era un hombre sencillo, acostumbrado a cosas sencillas, en su parroquia nunca pasaba nada fuera de lo normal, por lo tanto, recibir un emisario del mismísimo Papa le alteró un poco los nervios. De forma algo temblorosa devolvió la carta a su dueño.
—¿Queréis que os lleve al obispado?, será para mí un placer… —El extraño visitante cortó en seco las divagaciones del nervioso cura.
—Quiero ver a uno de vuestros parroquianos, usted debe de presentarme.
—Por supuesto, será un honor para mí, ¿de quién se trata?
—Angélica Lograft.
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