El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 20 de 130

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El mentiroso

Capítulo II

El sumo pontífice, desde su privilegiada posición, no perdía detalle de nada. Ningún gesto o movimiento pasaba desapercibido para él. Había caído ya la noche, y el fresco de la misma entraba de forma agradable por las ventanas. El sucesor de Pedro se incorporó lentamente, y dejó que sus pulmones se llenaran con el aliento nocturno del Vaticano. Rossi no tardó en encontrarse a su lado, la salud del Papa no era del todo satisfactoria, y aquellos dos tensos días habían creado una ansiedad nada buena para el Santo Padre.

—Ya he mandado que preparen vuestros aposentos, santidad, podéis retiraros con tranquilidad, seréis debidamente informado de todo lo que aquí se hable, y por supuesto recibiréis el informe de lo que nosotros aconsejamos hacer —Rossi dejó que su rostro se iluminara con una tierna sonrisa.

—Señores, que Dios guíe vuestras decisiones. —Todos puestos en pie esperaron a que su Santidad saliera de la sala. Una vez cerrada la puerta, y cuando todos se hubieron acomodado, Signori reanudó el debate:

—La Iglesia se ha considerado a sí misma, entre otras muchas cosas, como la institución salvífica universal en la tierra —todos hicieron un gesto afirmativo con sus cabezas—. No podemos dejar de desempeñar ese papel, y mucho menos de la forma brutal en que se nos presenta. Me he permitido hacer un breve, pero objetivo estudio, de lo que sería la sociedad actual sin la Iglesia. Pero lo que es mucho más importante: ¿Cuál sería la reacción de la sociedad ante la desilusión y el desengaño que significaría el desmembramiento de la casa de Dios?, tanto una como otra respuesta son la misma: El caos.

El silencio se alargó solo el tiempo necesario para que alguien cogiera el testigo de Signori.

—Una cosa debemos de tener clara, hay que hacer un nuevo envite por esos manuscritos. Por nada del mundo podemos consentir que caigan en manos ajenas a las nuestras. Acordémonos del Concilio Vaticano II: «En todo tiempo y lugar son aceptos a Dios los que le temen y practican la justicia».

Rossi miró uno por uno a todos los presentes en aquella extraña reunión, y tras mirar brevemente a Signori continuó:

—He hecho las gestiones oportunas, por orden del Santo Padre, y espero una llamada que nos pondrá otra vez en la puja. No podemos escatimar esfuerzos en conseguir nuestro propósito.

—La idea de Iglesia se tambalea, solo nosotros podemos resolver este enigma —el primado de Milán hablaba de forma entrecortada y marcando mucho los acentos. Era delgado y esbelto, y estos rasgos los marcaba aún más por su forma de vestir. Gustaba de llevar un gran sombrero negro de alas anchas, que junto a su larga sotana, hacían de él el punto de atención de cualquier reunión.

—Dice Orígenes: «No debes creer que se le llama esposa o Iglesia solo desde la venida del Señor, sino que existe desde el principio del género humano».

—Todo eso está muy bien —Signori se puso en pie para hablar—, pero no somos nosotros los que tenemos que convencernos del papel de la Iglesia, sino el mundo. Si nosotros tenemos que decirnos frases, para autoconvencernos, ¿qué pasará con el mundo que apenas cree? —Signori había metido el dedo en la llaga, todos sabían del peligro, y del inequívoco resultado. Explíquenme ustedes, padres devotos de la Iglesia, a mí como incrédulo pagano, y con esos manuscritos sacados a la luz pública, ¿por qué Jesucristo y su salvación aparecen en la historia de la humanidad tan tardíamente?

—San Agustín nos aclara muy bien ese punto —gritó encolerizado el primado de Milán—. «Existe un Dios y un Mediador entre Dios y los hombres, el mediador Jesucristo. Pues bajo el cielo no ha habido ningún otro nombre en el que pudiéramos ser bienaventurados y en Él tiene Dios a todos los que obran por la fe, ya que los resucitó de entre los muertos. Por consiguiente, nadie que afirme la verdad cristiana puede dudar de que sin aquella fe, es decir, sin fe en el único mediador entre Dios y los hombres, en el hombre Jesucristo, en la Encarnación, en la muerte, los cuales pertenecen al cuerpo de la Iglesia… a ellos pertenecieron… los patriarcas y profetas, cuya vida y obra fue una profecía de Cristo, los demás justos del pueblo judío. Sería absurdo decir que Abraham no perteneció a la Iglesia».

—Pero hermano mío, ¿es todo eso verdad? —Rossi hizo un gesto con su mano para calmar el ánimo de Dilivio, pues el primado de Milán se disponía a contestar con la cara contorsionada por el furor—, pensemos que lo que debatimos es el contenido de esos manuscritos, donde se tacha a nuestro padre Pedro de mentiroso, embaucador y oportunista. Partiendo de esa base, ¿qué valor tendrían ya las palabras de San Agustín, si estas estarían basadas en un engaño?

Dilivio se puso en pie, y en dos grandes zancadas se dirigió hacia la puerta, mientras gritaba:

—La Iglesia es un redil cuya única y obligada puerta es Cristo.

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