El mentiroso
Capítulo vigesimoséptimo
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I
¡El Papa le requería en el Vaticano! Dios mío —pensó—, cuántas veces había esperado aquel momento. Llevaba muchos, muchísimos años entregado cuerpo y alma a la casa de Jesús, y nunca nadie parecía haber comprendido sus esfuerzos y su dedicación. Había asistido a innumerables reuniones muy importantes, pero siempre, cuando salía de ellas tenía, la desesperante impresión de no ser tenido en cuenta; ¿o sería mejor decir despreciado?
Sin embargo, ahora todo iba a ser diferente, el Santo Padre le llamaba a su lado y él le demostraría que no tenía junto a él siervo más fiel y predispuesto. ¿Acaso no lo estaba demostrando con el dichoso asunto de los manuscritos?
¡Los manuscritos!
Un halo de preocupación recorrió su cuerpo, todavía no los tenía en su poder. Solo sabía que su hombre llevaba ya varios días en Israel, pero no tenía noticias de sus progresos. Le había resultado algo extraño que no fuera el mismo Rossi el que le comunicara la reunión con el Santo Padre, en un principio había estado tentado en llamarle y contarle la noticia, pero su instinto le dictaba lo contrario, e hizo caso de este último.
El último comunicado de prensa no había dejado en muy buen lugar al padre Rossi. Era un secreto a voces que había sido el secretario del Papa el que se había encargado de difundir el rumor sobre la pronta renuncia del Obispo de Roma.
¡Podría ser que el Sumo Pontífice le ofreciera el cargo!
Los manuscritos, los dichosos manuscritos. Ese asunto había sido de prioridad para él, pero ahora podía tomar un cariz que él no había visto antes. No dejaría que ese asunto se interpusiera en su carrera eclesiástica.
El padre Rossi le había dicho más de una vez que no hablara de ese asunto con nadie, el Papa quería mutismo absoluto. Recordó la aciaga noche en el que le comunicaron la triste noticia de la penosa muerte de Signori; no es que el estúpido cura le cayera especialmente simpático, más bien lo contrario, Signori era uno de los que se habían significado varias veces en contra suya, pero el asunto le asustó. Solo entonces estuvo tentado de decirle a Rossi que quería ver al Santo Padre y explicarle que todo había sido, sin duda alguna, un penoso mal entendido. Sin embargo, no dijo nada, y la actitud pasiva de Rossi le desorientó, aquello no era lo que él esperaba, ¿estaría Rossi empezando a ser deficiente en su trabajo?
Sí, eso debía de ser, el Papa estaba empezando a fijarse en él como sustituto de Rossi.
Estaba sentado en la antesala que daba acceso al despacho privado del Santo Padre, y su nerviosismo iba en aumento, sencillamente era la primera vez que estaba allí. Sentado en el pequeño banco de madera movía las piernas en un rítmico traqueteo que en el suelo de tarima amortiguaba su sonido. Levantó la cabeza y fijó su mirada en el óleo que tenía frente a sí. Representaba una cacería, en la que un perro agarraba con su afilada dentadura el cuello de un grácil cervatillo. Aquella escena recordó al padre Dilivio el trabajo que tenía entre manos; ¡esperaba que su perro de presa acabara con la joven cervatilla lo más pronto posible!
La puerta se abrió despacio y Dilivio se incorporo de su asiento, el padre Carmelo lo miró de soslayo y no pudo —como siempre que veía al Primado de Milán— reprimir un sentimiento de aversión. El enorme y larguirucho sacerdote sonrió de oreja a oreja, y con un leve movimiento de cabeza saludó. El padre Carmelo correspondió al saludo, teniendo la extraña sensación de encontrarse con un tenebroso personaje.
—El Santo Padre le recibirá ahora, sígame, por favor.
—Muy bien —contestó Dilivio, estirándose la antigua sotana que gustaba llevar y colocándose nuevamente el ancho y enorme sombrero que, como si fuera un cura del medievo, portaba.
Era la primera vez que el padre Dilivio iba a traspasar el umbral del despacho del hombre más importante del mundo, por ello se encontraba algo nervioso, pero a la vez expectante y feliz. Estaba ansioso por observar el famoso tapiz que todo aquel que tenía la dicha de haber visto exaltaba como maravilloso. Dilivio entró en la habitación como el que entra en un santuario: despacio y observando todo con esmero. Lo primero que atrajo su atención fue la enorme chimenea francesa que ocupaba casi toda la parte derecha de la estancia. Tenía el fuego vivo, y sus luminosas llamas jugaban entre sí, mezclando el azul intenso con un rojo anaranjado. El cambio de temperatura era considerable, y no es que por los pasillos del Vaticano hiciera frío, pues mantenían una temperatura agradable y constante, pero todo el mundo sabía que el Santo Padre era un hombre friolero.
Dilivio abrió la boca y admiró lo que tenía ante sus ojos. Él nunca se había considerado un hombre de arte, y tampoco pensaba de sí mismo que tuviera ninguna sensibilidad por lo artístico, ni mucho menos, pero aquello sobrepasaba todo lo que hubiera podido imaginar. Todo un hermoso tapiz rodeaba de arriba abajo la habitación, desde el rodapiés del suelo hasta la zona más recóndita del techo. A Dilivio le pareció ser un espectador privilegiado de la muerte y crucifixión de Cristo, pues colocado en el centro de la estancia recorrió con la mirada todas las imágenes que se representaban: Al lado de la puerta y a su izquierda, unos niños desaliñados y llorosos miraban hacia el centro de la habitación con cara de no entender nada de lo que estaba pasando. Siguiendo la pared en el sentido de las agujas del reloj, al lado de los niños, un pastor degollaba uno de sus corderos y la sangre de este, al caer en la tierra, formaba una cruz. Justo al lado, unas mujeres trataban de reanimar a otra, que derrumbada y en llanto, torcía el rostro en un claro gesto de dolor; Dilivio reconoció en aquella sencilla mujer a María. La siguiente visión era la de unos hombres caídos de rodillas y con los ojos iluminados por una visión de amargura y desesperación. Los apóstoles miraban a su maestro con la realidad que truncaba de momento su Fe. Justo enfrente de Dilivio, en la pared central de la sala, y situado a espaldas del escritorio papal, estaba Jesús crucificado, un Jesús hermoso, sereno, lleno de paz y perdón, que no parecía dar importancia a los soldados que a pies de su sufrimiento jugaban a los dados. Dilivio levantó la cabeza y observó el techo azul y como por una de las esquinas el autor había dejado entrever la creciente tormenta que amenazaba sobre los personajes, esperando la muerte de Dios.
El Santo Padre esperaba sentado detrás de su escritorio, y reprimió la sonrisa que siempre venía a su boca cuando veía a Dilivio con aquel atuendo. El primado de Milán avanzó unos pasos con sus largas piernas y besó el anillo que el Papa le ofrecía en su mano.
El padre Carmelo asistió a la escena y sonrió para sí, recordando a su amigo Signori cuando le explicaba el porqué llamaban a Dilivio «padre zancos» en el Vaticano:
«Fíjate cómo en dos pasos hace el recorrido que una persona normal haría en seis, pero sobre todo cómo mueve su cuerpo como una locomotora "arriba, abajo, arriba, abajo"».
Y Giuseppe Signori se movía por toda la habitación imitando al mejor Groucho Marx que se podía imaginar.
—Gracias por acudir tan rápidamente a mi llamada, Primado.
—Por favor, Santidad, es un honor que os acordéis de mí, y estoy a vuestra disposición para lo que creáis conveniente —contestó Dilivio, acompañando su sonrisa con un gesto de sus grandes y huesudas manos.
—¿Qué tal va todo por Milán?
—Bien, Santidad, ningún problema.
El padre Carmelo miró a los ojos del Obispo de Roma e hizo un leve signo bajando su cabeza, sabía que tenía que estar fuera del alcance visual de Dilivio, este se tenía que sentir cómodo y la presencia de Carmelo podía ser un inconveniente. Pero no dejaría el despacho, simplemente pasaría a ser un mero elemento decorativo más de aquella hermosa habitación. Se dirigió directamente a la chimenea y removió con el atizador los troncos que, en forma de aspa, recibían toda la belleza del fuego en su cuerpo. Como el padre Carmelo había predicho, el Primado de Milán no reparó ni tan siquiera en él, estaba totalmente entregado a saborear aquel instante, y por supuesto, completamente ajeno a todo lo que le esperaba. Ese era precisamente el punto con el que Carmelo había querido jugar.
El Papa era un hombre políticamente muy hábil, lo había demostrado a lo largo de todo su papado, y su edad y sobretodo su larga carrera le habían hecho estar ducho en situaciones difíciles; por ello Carmelo no se sorprendió cuando escuchó la pregunta que el Papa dirigió al Primado de Milán.
—¿Sería un inconveniente para la buena marcha de todo que dejarais vuestro puesto?
Dilivio sonrió efusivamente y sin cortapisas, aquello era lo que había estado esperando. Empezaba a sentirse un hombre importante, y el nerviosismo que en un principio le había atenazado poco a poco fue cediendo. Su mente navegaba en el mundo de los sueños, de esos sueños que tantas y tantas veces había presenciado con los ojos abiertos en su cómodo despacho de Milán. Sería la mano derecha del Papa, y en un futuro… ¿Quién sabe lo que le depararía el futuro?, desde luego él no sería tan incompetente como Rossi, y no dejaría que los muchos años en el cargo relajaran su eficacia.
Se removió en la silla y acarició una de sus mejillas, se podía ver que el sacerdote estaba disfrutando con todo aquello.
—Supongo que no, Santidad, el Primado de Milán lleva muchos años funcionando bien y sin problemas, no creo que mi marcha significara impedimento alguno para seguir su buen funcionamiento —respondió Dilivio, con una sonrisa franca que iluminaba todo su delgado rostro.
—Me alegra oír eso —el Santo Padre suspiró mientras miraba directamente a los ojos de su interlocutor—, porque tengo dos misiones para usted.
—¿Dos, Santidad?
—Sí, dos.
Dilivio movió sus cejas en un claro acto de no entender, pero pronto se relajó, no tenía por qué temer nada malo, era bueno que el Santo Padre delegara en él para casos complicados ¿no lo había hecho ya con el tema de los manuscritos?
Los dichosos manuscritos, quizás el no tenerlos ya hacía que el Papa no estuviera todo lo satisfecho de él que cabría esperar. Nada más saliera del despacho papal —decidió—, llamaría a su hombre y le apremiaría.
—Sobre todo el primero de ellos, es de vital importancia para mí…, y de rebote para usted.
El padre Carmelo dejó el atizador de la chimenea, que todavía sujetaba en sus manos, y se aproximó a la mesa, poniéndose justo a la derecha del Papa. Sabía que iba a llegar la bomba, y por nada del mundo se perdería la reacción de Dilivio, estaba seguro que de ella sabrían hasta que punto estaba enterado aquel hombre de todo. Carmelo le creía una persona demasiada fanática en su Fe, y por lo tanto capaz de cometer numerosos errores, pero demasiado torpe e incapaz como para estar metido en la cabeza de todo. Además, de una cosa sí estaba seguro, Dilivio amaba la Iglesia y respetaba a la cabeza visible de esta.
Dilivio esperaba tranquilamente sentado en su cómoda silla, y miraba a su Santidad como el niño que cree no haber hecho nada malo. El Papa sacó una pequeña nota del cajón y la dejó encima de la mesa, se acomodó en su sillón y miró directamente a los ojos de Dilivio.
—Por ningún motivo, escúcheme bien, por ningún motivo, permita usted que hagan daño a Verónica Lograft —el silencio se podía cortar, el rostro del Primado de Milán se había tornado blanco como la leche, y toda la seguridad que parecía haber mostrado, poco a poco se fue derrumbando —. Si a la joven Lograft le sucediera algo, yo personalmente me ocuparé de que usted pague por ello.
Dilivio sintió como si un bate de béisbol le golpeara una y otra vez en la nuca. No entendía nada, ¿acaso Rossi no había dicho que esos manuscritos eran importantes y que el Santo Padre los quería a toda costa?, ¿no le había dicho que no quería saber nada, solo tener esos papeles?, ¿a qué venía ahora todo esto?
Empezó a tocarse el cuello de su sotana, notaba cómo el sudor recorría alegre su descolorido rostro, y en el silencio de la estancia estaba seguro que podía oírse el latido desenfrenado de su alocado corazón.
Poco a poco su mente se fue aclarando, y la verdad se fue abriendo camino en su cerebro, ¿cómo había podido ser tan estúpido? Era una simple marioneta en manos de un hombre que nunca había jugado limpio con él.
Si contaba la verdad, Rossi le arrastraría con él en su caída, por lo tanto, a velocidad de vértigo, sopesó pros y contras, y decidió seguir hacia delante.
—No entiendo nada, Santidad.
El Papa cogió el papel que momentos antes había sacado de su escritorio y lo alargó al padre Dilivio. El Primado de Milán miró el papel, pero no lo leyó, no le hacía falta, sabía perfectamente lo que era. Aquel estúpido abad había guardado el papel como si fuera una reliquia. Dejó el papel sobre la mesa y se llevó las manos a la cabeza.
El padre Carmelo se acercó al sacerdote y, poniendo las manos sobre la mesa, inclinó la cabeza hacia la de Dilivio.
—Creemos que ha sido usted engañado, por lo tanto, no vamos a culparle nada más que de su estupidez.
Dilivio levantó la cabeza y dibujó en sus ojos un rayo de esperanza.
—Pero no podemos aprobar sus métodos, ni su fanatismo inquisitorial. Ya sea por su culpa, directa o indirectamente, han muerto ya al menos dos personas… una de ellas era mi amigo, y si por mi fuera iría usted de cabeza a la cárcel. Pero, por desgracia para todos nosotros, pertenece y representa usted a la Iglesia. Su Santidad va a ser todo lo magnánimo que le permiten sus escrúpulos y su cargo. Espero sinceramente que sepa usted valorar su acto y no desaproveche la oportunidad.
El padre Dilivio había roto a llorar como un niño, y movía la cabeza, todavía entre sus manos, de un lado a otro.
—Haré lo que sea, lo que sea.
—Como le he dicho, tengo otra misión para usted, últimamente tres hombres buenos han muerto intentando llevar la paz a los corazones de otros hombres. Supongo que estará usted enterado del ímprobo esfuerzo que esta, la casa de Dios, está librando en Sudamérica. No es fácil llevar la palabra de Dios allí donde no interesa oírla. El Salvador está en guerra civil, hermanos se están matando entre sí. Varios sacerdotes valientes han ofrecido su cuerpo y alma para intentar arreglar con su granito de arena, las penurias que allí se viven. Todos murieron sirviendo a sus semejantes y a Dios, nadie piensa que su sacrificio haya sido en vano. Creemos sinceramente que la presencia de la Iglesia Cristiana es un deber y una necesidad espiritual y terrenal. Usted llenará su espíritu de amor y fe, e intentará ayudar a esa gente —concluyó el Papa, mirando con un gesto imperativo que no dejaba lugar a dudas sobre su decisión.
—Su Santidad sabe que me manda a una muerte cierta.
El padre Carmelo metió la mano en un bolsillo de su chaqueta, sacó un ejemplar del Nuevo Testamento y se lo pasó al Santo Padre. El Papa tomó el mensaje de Jesús y, sin dejar de mirar directamente a los ojos de Dilivio, lo bendijo.
—Usted tendrá el privilegio de llevar la palabra de Dios a los corazones de las gentes, seguramente ayudar a otros calmará su alma y le preparará ante Él. —Dilivio cogió el libro con lágrimas en los ojos acercándolo a su pecho—. Cail Lograft y mi amigo Giuseppe Signori no tuvieron esa oportunidad —concluyó el Obispo de Roma.
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