El mentiroso
Capítulo II
La tensión se podía ver marcada en todos y cada uno de los rostros de aquella amplia habitación. Los momentos eran críticos y, por lo tanto, no había lugar para formulismos, ni códigos sacerdotales. Alguien que no supiera que aquella comisión de urgencia llevaba reunida más de dos días —con sus respectivas noches—, y hubiera entrado en la sala, se habría quedado negativamente sorprendido. El calor era sofocante, aumentado por el espeso humo de los interminables cigarrillos que de forma autómata enlazaban los allí reunidos. Todos sabían de la prohibición expresa del mismo Papa respecto al hecho de fumar dentro del Vaticano, pero cuando llevados por la urgencia, y tras diez horas de largo cónclave, uno de ellos encendió el primer cigarrillo, nadie le recriminó, y casi todos le imitaron.
Cinco miembros de la alta esfera de la curia, ocupaban los respectivos asientos que rodeaban una hermosa mesa ovalada. Los cinco en mangas de camisa y los primeros botones desabrochados, y el sudor y el cansancio marcando sus facciones. Uno de ellos separó su silla, y con un movimiento pesado y lento se incorporó. Era bajo y regordete, su cara parecía la esfera perfecta de un globo terráqueo, y su color siempre de un rojo intenso. Con las manos entrelazadas a su espalda, caminó lentamente el corto espacio que le separaba del gran ventanal, y apoyó su frente sudada en el cristal. El padre Rossi era querido y respetado por todos en el Vaticano, no solo por ser el ayudante de cámara del Santo Padre, sino porque todo el mundo sabía que su palabra era tenida muy en consideración por la persona que ahora ocupaba el sillón de Pedro. Rossi era un hombre bonachón y de juicios muy acertados, siempre sabía mantener la tranquilidad, y desglosar los problemas pieza a pieza hasta encontrar la solución más justa y válida.
—Signori, léame otra vez esa carta, os lo ruego —la voz del padre Rossi sonó imperiosa y preocupada, y rompió el silencio que de forma tan dañina estaba oprimiendo los sentidos de sus otros cuatro compañeros, desde hacía más de media hora.
Signori sacó un pequeño sobre de la cartera y desplegó los papeles sobre la mesa. Se ajustó las lentes y echó una pequeña mirada a su amigo Rossi. Este seguía mirando a través del ventanal y aguardando.
No espero que ninguno de mis hermanos en la fe
comprendan todo el dolor y el vacío que ahora inunda mi corazón —empezó leyendo despacio Signori—, sé que no es el mío un acto de valentía, pero para los que como vosotros me conocéis bien, podéis imaginaros la meditación que me ha llevado a la decisión tomada. ¿Cómo puede un hombre de mi edad enfrentarse a toda una vida llena de equivocaciones y falsedades?, ¿cómo puedo mirar a la cara a toda esa gente que ha estado creyendo en mí, y sobre todas las cosas en un Jesús divino y todopoderoso?, ¿qué futuro nos depara la vida sin la guía espiritual que ha sido seña de occidente?, y sobre todas las cosas ¿qué sentido tiene ante tan gran revelación la casa de Pedro?, ¿cómo sostener algo sustentado en una mentira? Y yo he vivido, he colaborado y he amado y amo, una casa que ha sido y sigue siendo la mía. La luz reflejada en la mirada de esos nuevos sacerdotes, la paz interior. No debemos permitir que todos esos millones de desheredados de la fortuna, puedan ni tan siquiera imaginar que toda la esperanza en una vida de recogimiento y bendición al lado de su Creador, nunca será verdadera. ¿Cuál será su reacción al comprender que solo la vida terrenal tiene sentido?, una vida que les es amarga y hasta humillante.
No debemos permitirlo, hermanos, aunque solo sea por
resguardar vidas, y ese pequeño alivio que es el hilo de la fe, que mantiene a las gentes vivas y llenas de sentimientos hermosos. Sin embargo, no me pidáis que participe en ello, no tendría valor, toda mi vida ha sido guiada por la fe en un hombre, no por la razón. Hemos de comprar esos aciagos y malditos manuscritos que nos bajan del cielo a la cruda realidad, y no permitir que caigan en manos equivocadas.
Que el Dios que ha mantenido mi vida, perdone ahora mi
cobardía.
Paul Tiblerman.
Signori levantó la cabeza del papel y se quitó las gafas, miró impertérrito hacia donde se encontraba Rossi y toda la atención se centró en el rechoncho sacerdote. Este se giró y respiró profundo antes de empezar a hablar.
—Bien, señores, creo que el propio Tiblerman nos dicta los pasos a seguir, desgraciadamente él no fue lo suficientemente eficaz como para conseguir esos manuscritos y acabar con su vida después. Tendremos que empezar de cero, y esta vez no podemos cometer ningún error, si la apreciación de nuestro extinto amigo era correcta —cosa de la que no podemos permitirnos el lujo de dudar—, esos manuscritos nos pueden hacer mucho daño. Y ¡suficientes enemigos tiene ya la iglesia! —El sacerdote, con la cara completamente roja, se dejó caer en el sillón y miró a los otros cuatro comensales, estos uno a uno fueron haciendo un gesto afirmativo con sus cabezas—. Bien, por lo tanto la decisión está ya tomada, seguimos en el juego, su santidad debe de ser informado de inmediato —Rossi se encaminó hacia la puerta que había permanecido cerrada durante casi tres días, y se dispuso a abrirla, pero antes de hacerlo se detuvo en seco, se giró y volvió a mirar los desencajados rostros.
—No creo que sea necesario indicarles que este tema es peligroso, y por lo tanto no debe de ser comentado una vez fuera de aquí hasta que volvamos a reunirnos —abrió la puerta y una bocanada de aire nuevo entró en la sala. Uno a uno los sacerdotes fueron saliendo de ella, meditabundos y poco comunicativos. Signori fue el último en salir, no después de haber quemado la carta del finado Tiblerman, y como si de un autómata se tratara empezó a descender los escalones de la ancha escalera que le llevaba al portón principal. Isabela le vio llegar y, aunque pensaba que aquel momento iba a calmar su ansia, al escrutar el rostro cansado del cardenal supo que algo muy grave ocurría, y este hecho se confirmó aún más cuando Signori, obviando cualquier saludo y sin mirarle a la cara, murmuró:
—Que me preparen el coche para volver a casa.
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