El mentiroso
Capítulo III
El bullicio sorprendió a Verónica, que no pensaba, realmente, que un sitio tan árido y caluroso pudiera tener tanta aceptación entre el turismo.
El Isaac H Taylor estaba junto a la parada del autobús de Masada, tenía las características típicas de un albergue juvenil, y un gran letrero a la puerta de entrada te decía que por 12 dólares podías pasar la noche en aquel sitio, incluyendo a la mañana siguiente un desayuno que Verónica esperaba fuera algo mejor que el que habían tomado en el convento, hacía ya más de tres horas.
A las seis de la mañana un taxi, Mercedes, cómo no, las había llevado sin pasar de 100 km/h por la única carretera principal que nace en el Norte, en la autopista de Jerusalén, y sigue la costa en dirección Sur hasta Sodoma.
Habían pasado por Qumrán y Verónica, por más que lo intentó, no encontró ningún atractivo especial sobre la solitaria carretera. En la distancia podía observar montañas de un color negro y rojizo. Solo sintió una pequeña punzada en su corazón cuando Any le señaló con el dedo extendido y le dijo en voz baja:
—Allí arriba se hallan los yacimientos arqueológicos del asentamiento y cuevas de los asenios.
—Entonces aquí empezó todo.
—Sí —contestó Any pensativa y mirando la creciente fuerza del sol entre las vetustas montañas—, pero hace más de 2000 años.
El calor estaba empezando a ser de justicia, la aridez del paisaje y la humedad creciente acometían con fuerza en Verónica. De su boca no salía ningún tipo de queja, pero Any estaba segura de que su amiga estaba pasándolo mal. El aire acondicionado del coche no funcionaba y la pequeña corriente que entraba por las ventanillas del automóvil empezaba a abrasar la blanca piel de su amiga. Por eso, cuando un enorme letrero les indicó que estaban llegando al oasis de Ein Gedi (manantial del niño), Any indicó al taxista que desviara su ruta.
Verónica miró atónita y agradecida, muy al contrario del paisaje que hasta ese momento había visto desde la ventanilla del taxi, Ein Gedi le presentó una zona de exuberante vegetación tropical con sus manantiales, cascadas y estanques. Aquello era un verdadero paraje que, tan solo 500 metros más atrás, allá donde el coche había tomado su última curva, y bajo el aplastante sol y el ardiente asfalto hubiera sido imposible sospechar, ¡era la magia del desierto!
—No te lo imaginabas —dijo Any, satisfecha al ver el cambio en los gestos de su amiga.
—Por supuesto que no, esto es increíble.
La fugaz luminosidad del rostro de Verónica se borró como por encanto en un solo momento, y su cara se contrajo en un gesto serio.
—Tan solo estaremos el tiempo necesario para refrescarnos, no más de una hora.
Dejaron el aparcamiento, y en él al taxista con un impresionante bocadillo. Pasada la carretera llegaron al albergue de la juventud, un gran letrero indicaba la dirección que debías de tomar para llegar a la Cascada de David. Un pequeño camino llegaba hasta el Mar Muerto en una pronunciada bajada.
—¿Sabes que este lugar ya es mencionado en el Cantar de los Cantares de Salomón?
—Si quieres que te diga la verdad, me importa un bledo, yo lo único que haría ahora es darme un baño en esas aguas.
—¿Puedo contarte algo de esas aguas?
—¿Serviría de algo si dijera que no? —contestó Verónica con una sonrisa que contagió a su amiga.
—Cuenta una antigua leyenda que el general romano Tito condenó a muerte a unos esclavos mientras duraba el sitio de Jerusalén, ocurrido el año 70 después de Cristo. Les sometió a un rápido proceso, les hizo atar con cadenas y ordenó que fueran arrojados al mar que se extendía junto a las montañas de Moab. Pero los condenados no se ahogaron, y tantas veces fueron arrojados al agua, otras tantas, flotando como corcho, salieron a la superficie llegando a tierra. Tan extraño suceso impresionó a Tito de tal manera que los perdonó.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Deberías haberte casado con mi padre, y así tener niños raritos, gracias a Dios que yo soy más normal.
Las dos amigas rompieron a carcajadas y, con lágrimas en los ojos, no paraban de reír.
—Pues Flavio Josefo menciona repetidas veces «El lago de Asfalto» — dijo Any entre lágrimas y risas.
Verónica se dejó caer de espaldas sobre una roca de sal que, formando grandes bloques, podía verse a lo largo de la playa.
—¿Por qué me castigas de esa manera?
—Los árabes, a su vez, referían que desde hace mucho tiempo ningún pájaro ha podido alcanzar la orilla opuesta, porque, al atravesar la superficie del agua, los animales caen privados de vida.
Verónica golpeaba su cabeza contra la roca a modo de no poder aguantar más.
—Y como me hagas enfadar te contaré lo que decían los griegos.
—¡No, por favor, seré toda tuya!
Las dos amigas volvieron, ya más relajadas y risueñas, al vehículo. Aquella media hora había servido para quitar la tensión que, sobre todo Verónica, llevaban acumulada de tantos días de presión y desasosiego.
El taxi se detuvo ante la parada de autobús que estaba junto al único albergue que se veía a simple vista, el Isaac H Taylor. El taxista hizo un gesto con sus hombros y, levantando la palma de sus sucias manos, exclamó:
—Metzuda.
Any sacó un billete del bolsillo y pagó lo que previamente había estipulado, bajaron del coche y una nube de polvo las envolvió cuando este partió de forma brusca.
—¿Qué es Metzuda? —preguntó Verónica.
—Significa plaza fuerte, y como comprenderás es el nombre hebreo de Masada.
Más arriba de la parada y el albergue vieron dos restaurantes y una llamativa cafetería, el taxista les había dicho que en cualquiera de los tres sitios les servirían una comida decente por no más de siete dólares, pero algo les rondaba la mente: ¿qué entendería aquel hombre por comida decente?
Después de haber visto el panorama llegaron a la conclusión de que no todo el mundo tenía la misma escala de valor para denominar a algo comida decente, por lo que, por dos dólares, cogieron sendos bocadillos de queso.
Sentadas sobre un tosco banco de piedra, y a la sombra del pequeño tejadillo que formaba el techo de la cafetería en su parte trasera, dieron cuenta casi con avidez del avituallamiento, tanto viaje y emociones habían abierto su apetito, y ya fuera por eso o por la delicia de lo que estaban comiendo, el caso es que aquellos bocadillos les supieron a gloria.
Durante el leve almuerzo, Verónica no había dejado de mirar el punto final de aquel loco viaje; la roca de Masada se alzaba majestuosa delante de ellas, en el borde este del desierto de Judea. Ya se lo sabía de memoria, no había dejado de leerlo desde que estaba allí, aquella pared que la miraba lisa y desafiante tenía más de mil trescientos pies por la costa Oeste del Mar Muerto; justo en aquel lugar árido y bello donde ahora se encontraban.
Verónica se había preguntado varias veces cómo subirían a aquella roca una vez llegaran, pero ahora que estaba sentada ante ella, y reconocía su belleza y arrogancia, dejó de preocuparle el asunto; un teleférico funcionaba de forma continua y en un letrero (¡qué de letreros había en aquel sitio!) decía que marchaba todos los días desde las 8.00h, y con un último viaje de vuelta desde la cima a las 16.00h (viernes a las 14.00h).
Verónica agudizó la vista e intentó encontrar los dos caminos que Any le había explicado que existían. Pronto encontró la rampa que el ejercito de Flavio Silva había levantado casi dos mil años atrás. Su ascensión desde aquel punto no parecía algo difícil, sin embargo Any ya le había explicado que, a pesar de ser el camino más sencillo, solo se puede acceder a él desde la carretera árabe, y no era muy aconsejable llegar hasta allí.
El otro camino lo tenía justo delante de ella, todo el mundo lo conocía por «El Camino de la Serpiente», y a fe que su nombre le venía como anillo al dedo, y no porque en él hubiera muchas sierpes, sino más bien porque el recorrido del mismo se asemejaba al cuerpo del enemigo de Eva.
Verónica sintió cómo un sudor frío le recorría toda la espalda al pensar todo lo que las próximas veinticuatro horas le depararían.
—Bien, ahora nos toca esperar. —Any se chupaba los dedos en un gesto totalmente despreocupado.
—¿Crees que lo que vamos a hacer es realmente lo más indicado? — preguntó Verónica.
—Sí, sería diferente si tuviéramos que ir al principio de la rampa, pero según me dices, es al final de esta donde tenemos que ir, ¿no?
—Sí, creo que sí.
—Bien, yo he estado aquí muchas veces y sé lo que hago. Tomaremos el último teleférico de la tarde, a esa hora todavía tendremos al menos hora y media de luz solar. Ese tiempo nos debe de bastar para encontrar la roca.
El trayecto no era demasiado largo, el teleférico iba a un buen ritmo, quizás ayudado por el escaso pasaje que llevaba, solo dos personas acompañaban a Verónica y Any en su ascensión a Masada; era un matrimonio joven y Verónica casi pondría jurar que recién casados. La enamorada pareja se abrazaba de forma constante y, obviando de forma descarada a las dos muchachas, se besaba dejando todo pudor a un lado. Any, como hipnotizada por el sensual espectáculo, centraba toda su mirada, sin un leve pestañeo, en aquellas dos jóvenes bocas.
El aparato frenó de forma brusca y tres de los cuatro pasajeros salieron de su aturdido estado, las puertas se abrieron y Verónica cogió la pequeña bolsa que habían llevado consigo.
Se separó de su amiga y Any, con un gesto, asintió, comprendía lo que su compañera de viaje estaba sintiendo en ese momento, su padre, la persona a la que más había querido en su vida, había elegido aquel lugar para dejarle a ella un trozo de la historia de la humanidad.
Verónica sintió la humedad de sus ojos, sabía que aquello le iba a ocurrir y creía que iba a poder ser fuerte, pero en ese momento sintió la necesidad de dejar escapar aquellas lágrimas. El aire, de forma benévola, acarició su rostro y jugó con la suavidad de su pelo.
Anduvo despacio por el suelo arenoso y caliente, casi pudiendo sentir los pasos de Cail, levantó la vista al cielo y se embriagó de su belleza. El horizonte era de una hermosura agresiva, desde aquella pared recortada se creía en la cima del mundo, algo la acercaba a su padre. Todo allí era quietud y paz, ni un solo ruido podía alejarla de sus pensamientos, y la hermosura de la vista del Mar Muerto tranquilizó su alma.
Sintió que unos brazos la rodeaban por detrás, y que unos labios besaban su cuello. Bajó la cabeza y lloró, lloró como no lo había hecho hasta aquel momento, percibía la angustia y el dolor marcados en cada grano de arena, en cada piedra, en cada brizna de aire. Aquella era tierra de sufrimiento.
Alguien la arrullaba en su abrazo y la tranquilizaba con su nana, volvía a ser la niña del sueño y notaba el dolor y el amor, todo era una mezcla que embotaba su corazón. No sabía cuánto tiempo había estado así, pero cuando abrió los ojos, Any la abrazaba meciéndola con suavidad.
—No debes sentirte incómoda por expresar tus sentimientos, estamos en un sitio acostumbrado al amor, el odio y la muerte. Nadie mejor que estas piedras para comprenderte.
Verónica se limpió el mar de lágrimas que bañaba su rostro, y dio un tierno beso en la mano de su amiga.
—Háblame de Masada.
Any miró con cariño a su amiga y percibió la angustia y necesidad en aquellos ojos, precisaba sentir cercano a ella algo que sabía que su padre había amado.
—Masada es la frontera entre la guerra y la muerte, pero también es libertad. El amor a la libertad que lleva a los que tanto la desean a entregar su don más preciado: la vida. Esta fortaleza toma cuerpo en la historia cuando Herodes el Grande la toma en el 43 a. C.
—¿Era Herodes un hombre tan cruel?
—Herodes el Grande era un hombre de estado, lo que hoy en día llamaríamos un buen político. Dentro de los márgenes que le daba la época en que le tocó vivir, administró su estado con fría crueldad unas veces y otras con magistral diplomacia. La crueldad cayó sobre sus súbditos, la diplomacia brilló en sus relaciones con Roma. A causa del temor que le inspiraban una posible revuelta judía, por un lado, y que Cleopatra lo matara a través de su «soldado particular». Marco Antonio, construyó este formidable e idílico palacio, con miras más bien a que fuera un refugio. Al principio consistía en una muralla que rodeaba la cima, torres de defensa, almacenes, un avanzado sistema de almacenamiento de agua, barracones, arsenales, baños públicos y palacios con piscinas.
Any alargó la mano, girándola de un lado a otro mientras seguía hablando con Verónica, centrada en lo que su amiga le decía.
—Su situación, como puedes ver, en medio del desierto y elevada, hacen de Masada una fortaleza impresionante. Cuando, en el año 70, los romanos tomaron Jerusalén, Masada aún permaneció tres años más bajo el control de los zelotes. Finalmente, y como no podía ser de otro modo, los romanos avanzaron hacia la fortaleza para tomar lo que era el último bastión de la resistencia judía en todo Palestina. El general Flavio Silva le puso sitio con ocho campamentos en torno a la base de la montaña y 15 000 hombres. En la cima había entonces 967 hombres, mujeres y niños.
Any tomó la mano de su amiga y, poniéndose en pie, le indicó que la siguiera, el aire era agradable y hacía que la temperatura fuera soportable. Por lo demás, la emoción que embargaba a Verónica hacía que esta creyese estar viviendo un cuento, un cuento, por otra parte, que su padre ya le había contado.
Llegaron casi hasta el pie del enorme acantilado que parecía romper de un solo tajo la montaña, y desde allí Any señaló al norte cerca de lo que claramente era la rampa de asalto. La tenue luz del crepúsculo le permitió ver las gruesas líneas marcadas de lo que, desde allí, parecía una antigua edificación en la llanura.
—Aquel fue el campamento principal de Flavio Silva, como podrás apreciar está cerca de la rampa y en un sitio ventajoso. Pues bien, cuando los romanos construyeron la rampa y consiguieron llegar hasta la muralla de defensa, los zelotes supieron que la derrota estaba próxima y, antes que rendirse, eligieron suicidarse en masa. Se tomaron 10 personas por sorteo encargadas de matar a todas las demás. Después, 9 de ellas se suicidaron y la persona superviviente prendió fuego al palacio antes de darse muerte.
Any se giró para señalar con el dedo la situación del palacio a su espalda.
—Cuando los romanos asaltaron la fortaleza, encontraron dos mujeres y cinco niños que habían sobrevivido al ocultarse, y les explicaron todo lo sucedido.
«YAHVE TENÍA RAZÓN. FLAVIO SILVA GANÓ LA
BATALLA PERO ELEAZAR LA HONRA DE SU DIOS. GANA TÚ LA MÍA SUBIENDO POR LA RAMPA, Y BUSCA ALLÍ DONDE DESCANSAN TUS SUEÑOS DE INFANCIA».
Recordó la vez que leyó aquellas palabras en la carta de su padre, y cómo entonces no controló su llanto. ¿Cuántas veces le había hablado Cail de aquella fortaleza, del valor de sus habitantes y el amor por su tierra?
Ella luchaba contra otro imperio romano, solo que este era apostólico y no tan directo como el que allí acampó hacía casi dos mil años.
La luz solar se mitigaba a cada segundo, pero las dos amigas esperaron sentadas sobre un pequeño muro de piedra, y admiraron la belleza de aquella manifestación de vida desde su privilegiada posición.
—Bueno —empezó a decir Any cuando el sol era solamente ya un recuerdo hermoso en sus retinas—, creo que ahora te toca a ti.
Verónica encendió su linterna y sonrió tristemente a los ojos de su amiga. Verónica respiró hondo y cerró por un instante sus húmedos ojos, y despacio, muy despacio, entreabriendo ya sus pupilas, empezó a caminar.
David protege mi ganado, Abraham vela nuestro sueño,
solo Tú ¡oh Yahvé!, eres nuestro dueño.
Empezaron a caminar despacio, y con mucha precaución, por el mínimo espacio que dejaba la granítica muralla, semiderruida, entre ella y el enigmático y oscuro acantilado. Verónica recordaba paso a paso todo su sueño, que no era otra cosa más que el cuento que una y otra vez le había contado su padre, y con los brazos hacia atrás apoyó la palma de sus manos contra la muralla.
Dos círculos luminosos sugerían el camino delante de ellas, pero cada vez el estrecho sendero se hacía más y más peligroso. Avanzar un simple metro era un trabajo costoso, pues solo después de varios intentos Verónica quedaba casi convencida de que su pie no daría un mal paso y caería al vacío.
—Esto es una locura, nos estamos jugando literalmente la vida por un cuento de mi niñez. ¿Cómo podemos saber que al final de la rampa hay una roca grande y lisa?
—Yo no conocí a tu padre, pero por lo que me has contado estoy segura de que esa roca está ahí. No recuerdo haberla visto, pero es verdad que nunca me centré mucho en la rampa, a fin de cuentas es tierra prensada y no ofrece más interés que el saber quien la puso ahí, y con qué fin.
El silencio se hacía aplastante, la noche había caído con toda su crudeza hacía más de media hora, y desde donde ellas se encontraban no podían escuchar el más mínimo sonido. Parecía que nadie había seguido la locura de su ejemplo, y todos los turistas habían decidido pasar la noche en el albergue. Quizás los únicos que se habían quedado eran la pareja de enamorados, y esos a ciencia cierta que dedicarían las horas de la noche a cosas más «terrenales» que admirar un asentamiento zelote.
Allá en la lejanía dos puntos luminosos se movían al unísono, sin duda un coche pasaba por la antigua carretera árabe.
El haz de luz que la linterna proyectaba dejó de enfocar el efímero y estrecho pasillo y, como por encanto, la más honda oscuridad se presentó ante Verónica.
—Me parece que el camino acaba aquí.
Any llegó hasta ella y, enfocando su linterna, observó.
—Debemos de estar justo encima de la rampa, esa piedra estará por aquí, pero no la veo.
Any se puso casi de rodillas y alargó la linterna hacía la oscuridad. Un terraplén de piedra y arena descendía unos diez metros por debajo de ellas.
—La rampa romana está aquí, pero tenemos un buen salto hasta alcanzarla, y con esta oscuridad no seré yo la que lo dé.
—¿Ves la piedra?
Verónica vio como su amiga Any movía, todavía de rodillas, la linterna de un lado a otro.
—No —contestó poniéndose en pie—, ¿qué hacemos ahora?
Verónica ocupó el sitio de Any y miró hacia abajo. Era verdad, no había ni el menor rastro de piedra alguna, y la tenebrosa oscuridad y el pétreo silencio hacían que el momento y la situación fueran difíciles. ¿Tendrían que volver atrás y esperar hasta que la luz les diera un respiro?, entonces corrían el riesgo de ser vistas. Su plan había sido llegar hasta allí, localizar la roca y pasar la noche, y cuando el alba empezara a desperezar el firmamento, recoger los manuscritos. Cuando el sol quisiera llevar su luz a todo el valle, ellas ya habrían bajado con su botín.
Verónica se sentó y empezó a pensar, podía oír la respiración de Any, entrecortada y nerviosa. Hasta ese momento su amiga había llevado de forma fantástica todo su cometido, pero ahora, cuando todo ya se escapaba a su control, Any no podía ocultar su nerviosismo.
No sabía cuánto tiempo llevaban así… De pronto, Verónica dio un pequeño grito que sobresaltó a Any. ¡¡Qué estúpida había sido!! Todo estaba delante de ella y no lo había comprendido. La luz solar no era ningún problema, aunque hubieran venido a las dos de la tarde se hubieran encontrado con la misma situación. Cail se lo había contado una y otra vez, sin embargo ella no lo había entendido hasta ese momento, ¡el cuento! Su padre conocía aquel lugar como si hubiera vivido cada una de las historias de la fortaleza, Masada había sido para Cail Lograft como Londres para ella, por lo tanto su padre había utilizado lugares y sitios concretos y reales para cada palabra que le había dicho. ¡¡¡Él mismo había hecho el recorrido de la asustada niña!!!
Verónica se concentró, intentando dejar a un lado su ansiedad, y volvió a revivir el cuento. Any la miraba nerviosa y preocupada, pero Verónica había cerrado los ojos y no respondía a sus preguntas. Al cabo de un instante abrió los ojos y sus labios en una abierta sonrisa.
Se puso de rodillas y, de esa forma, avanzó varios metros
más. Luego estiró las piernas hacía atrás y, boca abajo, arrastró su cuerpecito hasta notar que sus piernas colgaban
en el aire. Entonces, cerrando los ojos, hizo el movimiento que tantas y tantas veces en su corta vida había hecho: se dejó caer.
Como Verónica había supuesto, y sin el menor temor, a menos de un metro de su caída, una gran piedra paró su impulso, era una piedra grande y lisa.
La niña respiró, aliviada de que su «amiga» todavía
estuviera allí.
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