El mentiroso
Capítulo II
El despertar del día irrumpió con fuerza, parecía como si el astro rey, radiante de alegría, gritara al horizonte ante su nueva libertad. De forma pausada y continua el hermoso paisaje se fue fundiendo de un rojo carmesí intenso y la mansa soledad de las aguas del Mar Muerto fueron dejando la cristalina tranquilidad de su color por una fulgurante luminosidad. La inmensa mole que representaba la fortaleza de Masada no parecía quererse quedar atrás, y la roca granítica, como si de la fundición de un experto herrero se tratara, empezó a coger el color del fuego intenso.
La noche, como siempre pasaba en las áridas montañas del desierto de Judea, había sido fría y seca, no era extraño que hubiera una diferencia de más de veinticinco grados entre el día y la noche. Por eso, y por muchas cosas más, Verónica se despertó sobresaltada y furiosa consigo misma por haberse quedado dormida. Los primeros rayos solares le recordaron que el tiempo había empezado su vertiginosa carrera, y no había esperado a que ella estuviera preparada.
Miró a Any y sonrió con un gesto abierto y lleno de amor por su amiga. No le extrañaba en absoluto que ambas hubieran bajado la guardia, llevaban unas semanas demasiado intensas, y sobre todo el día anterior había sido agotador tanto física como mentalmente.
Decidió que su amiga siguiera descansando un rato más y no la despertó. Recorrió con la vista la roca y la observó. Ahora, a la tenue luz del amanecer, Verónica podía observar en toda su magnitud el suelo granítico que les había servido de cama y cobijo. Era un piedra grande y lisa, pareciera estar tallada por la mano del hombre, pero se podía observar que no era así. Verónica llegó hasta el borde de la piedra y miró hacia abajo, la rampa romana estaba a tan solo a un metro a su derecha, ¡qué diferentes se veían las cosas a la luz del día!
Avanzó hasta la rampa y, sin dificultad alguna llegó hasta ella, ¡qué razón tenía Any, la rampa aun hoy, casi 2000 años después, se mantenía firme y en buen estado! Los romanos eran gente concienzuda y admirablemente ingeniosa.
Se sentó en ella y miró despacio y atentamente hacia la roca. Debajo no parecía haber nada, y sin embargo la joven tenía claro que lo que habían venido a buscar tenía que estar allí.
Empezó a ponerse algo nerviosa y bajó hacia la roca. Había tomado ya la decisión de despertar a Any para que la ayudara cuando, estando casi pegada a la gran piedra, vio que justo debajo otras dos piedras de pequeño tamaño formaban una especie de círculo. Se agachó y se metió bajó la gran piedra granítica Allí todavía estaba algo oscuro, los rayos del sol no tenían a esas tempraneras horas la suficiente fuerza, y la forma en pico de la piedra impedía que estos pudieran llegar hasta sus entrañas.
Con nerviosismo, y algo de precipitación, Verónica quitó la primera piedra, que a pesar de ser pequeña era algo pesada. Un sentimiento de emoción, apenas contenido, le embargó, había claras huellas de que aquella tierra había sido removida hacía poco tiempo; aún se podían apreciar las marcas de las manos que habían alisado la tierra.
Una lágrima cayó por la mejilla de la muchacha. Allí había estado su padre, sus manos habían sido las ultimas en tocar aquel suelo. Respiró hondo y, casi cerrando los ojos, removió la tierra; casi no hacía ni falta quitar la otra piedra. Tras quitar un poco de aquella tierra hebrea, apareció una bolsa de plástico.
Verónica siguió excavando con las manos y sacó la bolsa. Allí estaba su tesoro, no cabía la menor duda. Apenas la humedad de sus ojos la permitieron leer en claras y arabescas letras azules: Hotel Mena House.
Apretó fuerte la bolsa, y mantuvo junto a su herido corazón la pesada herencia que la persona que más había querido en el mundo le había dejado.
Llegó junto a Any y la despertó; su amiga la miró sobresaltada y se incorporó. Se iba a disculpar por haberse dormido, pero cuando vio las lágrimas de sus ojos, y la fuerza con la que sostenía un gran paquete contra su pecho, comprendió.
—Marchemos rápido, con esto en nuestro poder, se ha abierto la veda.
La cumbre de Masada estaba desierta, no parecía que alguien hubiera pasado la noche allí. Caminaron a paso rápido pero con cautela. Las dos amigas miraban atentas todo lo que las rodeaba. Como bien había dicho Any, a partir de ese momento eran simplemente dos piezas de caza, y aunque hasta ahora solo habían visto a un cazador, y lo habían despistado con relativa facilidad, también era verdad que su perseguidor solo había querido ser eso: perseguidor. Ahora podía ser su verdugo.
El teleférico todavía no funcionaba, por lo que las dos amigas se miraron con alivio, aquello quería decir que no iban mal de tiempo. Desde abajo era difícil que alguien pudiera ver que bajaban por el «Camino de Serpiente», y si alguien subía en el teleférico a buscarlas, cuando quisiera estar en la cumbre, ellas ya estarían abajo.
Pero ahora empezaba una tarea ardua: «El Camino de Serpiente».
No era un paseo recomendado para tener excesiva prisa. El camino era sombrío y rocoso, y todo parecía indicar que la bajada iba a ser casi perpendicular.
Sin pensarlo dos veces, las dos amigas iniciaron el quebrado camino, que en un principio iba en dirección este. El sendero era peligroso, todas las rocas estaban cortadas perpendicularmente en la parte escarpada, de modo que casi se iban descolgando por rocas colgantes que parecía que se iban a caer de un momento a otro. Pronto empezaron a respirar con dificultad, y el ritmo fue disminuyendo. Verónica tenía más dificultades, pues, además de todas las aportadas por el sinuoso camino, el gran paquete de los manuscritos le hacía ser más torpe de lo normal y doblar su cautela.
Sin embargo, fue Any la que dio el gran susto al desaparecer de pronto detrás de una gran roca. Verónica no lo dudó ni un solo instante y, soltando el pesado paquete, agarró a su amiga casi por el cuello, atrapándola antes de que, casi con toda seguridad, hubiera tenido un trágico fin.
Llevaban ya más de media hora de descenso, y avanzaban de forma lenta y pausada. Las dificultades no parecían mermar la moral de ambas amigas, y aunque no se dirigían palabra alguna —el resuello no daba lugar a ello—, sus miradas cómplices se cruzaban en forma de consuelo y apoyo.
Verónica había pensado en todo aquel descenso, que el camino no podía ser más peligroso, y sin embargo, y por desgracia, pronto salió de su error. Una fuerte racha de viento empezó a levantar la arena del camino y esta, como si de alfileres se tratara, empezó a dañar sus ojos.
—Mete la bolsa de los manuscritos dentro de tu camisa, y usa una mano para hacer visera en tu cara, si no, no podrás seguir. —Any tuvo que gritar a Verónica, pues a pesar de que esta estaba a escasos metros más arriba de ella, la furia ensordecedora del viento apagaba cualquier sonido.
Siguieron el penoso y lento descenso, unas veces una, otras veces otra, las dos muchachas resbalaban, se levantaban y continuaban bajando.
Y de pronto Any dio un grito y esperó a que Verónica llegara hasta ella. Estiró el brazo y con el dedo señaló: a tan solo diez metros de ellas estaba la estación inferior del teleférico.
Terminaron el camino ya más a la carrera que andando, había pasado casi una hora desde que empezaron el descenso.
—¡Por fin! —dijo Verónica, mientras secaba el sudor abundante que resbalaba por su frente y quitaba molestos granos de arena de su pelo.
—En mi vida me he alegrado más de bajarme de esa montaña —dijo Any mirando hacia arriba.
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