El mentiroso
Capítulo IV
Cail llegó hasta el control de pasajeros, tenía prisa por coger aquel dichoso avión que le llevaría otra vez al oriente medio. No le importaba, aunque hubiera tenido que marchar hasta el Japón, lo hubiera preferido antes que seguir aguantando aquella pesadilla.
Ya no podía dar marcha atrás, sabía que le estaría observando hasta que montara en el avión. Tendría que hacer lo que había planeado: durante el vuelo, se tintaría y cortaría el pelo. Se pondría un pequeño bigote postizo, hecho con su propio pelo, y se cambiaría de ropa. La monja llamaría para advertir en qué vuelo llegaba, y era seguro de que alguien le estaría esperando, pero ese alguien nunca le había visto, esa sería la pequeña ventaja con la que contaba. Le daría el tiempo suficiente para salir de escena y guardar los manuscritos. ¿Dónde? Ya lo pensaría.
Entregó, ante la mirada curiosa del auxiliar de vuelo, los siete billetes. Recogió las siete tarjetas de embarque.
—Perdone, una pregunta —Cail miró al auxiliar algo turbado— ¿el vuelo ha quedado cerrado?
—Sí señor.
—¿Ya no hay posibilidad de que nadie consiga billete?, ¿verdad?
—No señor, usted se ha encargado de ello, parece que le gusta ir cómodo ¿eh?
Cail iluminó su rostro con una sonrisa de triunfo, se giró y observó a la monja que le miraba desde el otro lado del pasillo. Se llevó la mano a la sien e hizo un saludo militar de despedida. Sin embargo, la mirada de odio que pudo apreciar encima de la malévola sonrisa, le volvió a helar el corazón.
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