El mentiroso
Capítulo VIII
Llegaron al pequeño puerto situado al otro extremo del río, docenas de vendedores se aproximaron a ellos, pero ya no tenían tiempo que perder, la verdadera compra les esperaba al otro lado del valle de Deir el-Bahari. Habían contratado un todo terreno, y este ya les estaba esperando. Tomaron el camino arenoso y dejaron atrás el bullicio del puerto.
Pronto cogieron una carretera mejor asfaltada y el camino se hizo más tranquilo y ligero. Se aproximaban a la cordillera occidental tebana. A sus espaldas, y sobre la otra orilla, habían dejado Luxor. A su derecha y sobre la zona fértil del río, habían pasado las ruinas del Rameseum, frente a ellos, y cada vez más cerca, se acercaban al área del templo funerario de Amenofis III.
Cail sintió un pequeño nudo de melancolía en su estómago. Hacía muchos años, había hecho unas fotos preciosas en aquel mismo lugar. Entonces él tenía una familia, Raquel era la esposa que siempre había soñado, y su pequeña Verónica llenaba de alegría todos sus momentos. Aún podía ver a una diminuta Verónica al pie de los Colosos de Memnón, mirando incrédula hacia arriba.
Miró a su derecha, los Colosos seguían allí, impertérritos. El tiempo no había pasado por ellos. Y sin embargo, qué diferente había sido para él ¡qué cambio había experimentado su vida! Por un momento se sintió mal, necesitaba amor, su corazón estaba muerto, tan muerto como el mismo Memnón ante las murallas de Troya, a manos de Aquiles. Su pena era tan grande como aquellas dos estatuas de 18 metros de altura. Pero sabía que todavía le tocaría sufrir un poco más. El todo terreno giró hacia la izquierda, y a pocos metros pudieron observar el bello pueblo de Medinet Habu. Aún tenía frescas en su memoria las palabras de su hija, con apenas ocho años. El día había transcurrido de forma maravillosa, y al atardecer habían llegado a Medinet Habu. Un pequeño tenderete a forma de tabernita, les había servido de descanso, y él obviando las continuas quejas de Raquel, había pedido comida y bebida para los tres. Como no podía ser de otra forma, la comida estaba deliciosa, por lo que Raquel solo pudo protestar por la temperatura de la bebida, sin saber en su ignorancia que aquello tenía un porqué: no es bueno para el estómago la bebida muy fría, con aquellas temperaturas extremadamente altas.
Un grupo de niños y niñas enseguida habían aceptado a Verónica en sus juegos. Horas y horas se pasaron embobados Raquel y Cail, mirando el contraste entre aquellas pieles curtidas y doradas por el sol, y el blanco lechoso de su hija. Pero sobre todas las cosas, llamaba la atención el rubio fluorescente de sus cabellos.
Cuando hubo bien entrado la noche, y todos los niños se despidieron de Verónica, esta, alegre y feliz se acercó a Cail y con una mueca de ruego en su rostro imploró:
—Papá, verdad que nos vamos a venir a vivir aquí, ¡prométeme que sí!, esta gente es encantadora.
Aquel día fue realmente feliz.
La voz de Gires le sacó de su melancolía:
—Hemos llegado, amigo, ¡¡el Valle de los Reyes!!
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