El mentiroso
Capítulo III
Había vuelto de cenar, bueno, si a lo que había metido en su cuerpo se le podía llamar cena; un escueto y abundantemente azucarado yogurt. Pero no le apetecía nada más, el estado creciente de nervios que cada hora que pasaba envolvía su estado general, le hacía volverse loca. No se atrevía a acostarse, estaba segura que si algo tenía que suceder, debía de ser esa precisa noche. Volvió a encender la televisión, pero todo eran programas basura de variedades y cotilleos, que a ella ni le gustaban ni los entendía, así que, para tener algo de acompañamiento y sentirse ligada en cierto modo con el mundo exterior, dejó la RAI en su canal primero. No es que le gustara ni mucho ni poco el fútbol, pero le hacía recordar con más cariño, si cabía, la figura de su difunto padre. ¡Qué pasión tenía por aquel deporte europeo!, según le había comentado alguna vez, una de sus intenciones era fundar un club en Nueva York, para de esa forma poder llevar a las estrellas de Europa. Verónica sonrió para sí, ¡su padre y sus aficiones! La más loca y apasionante de esas aficiones le estaba llevando a ella al borde de lo increíble.
Se asomó a la ventana, y desde la magnífica atalaya que le proporcionaba su habitación desde el piso catorce, contempló la inmortalidad de la milenaria Roma.
El cielo estaba completamente estrellado, casi creía ver la estrella polar, pero siempre había sido una negada para ese tipo de cosas, ¡ni siquiera sabía usar una brújula! Recordaba con cariño la ilusión con la que su padre le había regalado un gran libro de astronomía en el que impresionantes fotografías tenían embobado a su querido Cail más que a ella misma. Si hubieran sido fotos de los grupos del momento hubiera gritado de alegría, pero la astronomía nunca fue su fuerte, su pobre padre nunca lo supo asimilar. En algún lugar de la extensa mansión paterna debía estar el impresionante telescopio que siguió al libro; solo recordaba haberlo usado en un par de ocasiones, su padre se mostraba feliz cuando la veía concentrada sobre el aparato. Luego, cuando hablaba con ella, le preguntaba si había visto alguna constelación, o alguna estrella. Ella, muy sería, le decía que todavía no, le hubiera sido difícil explicarle a Cail lo improbable de encontrar ninguna estrella en las habitaciones de los vecinos.
Abrió la ventana de su cuarto, y dejó que el aire fresco de la noche acariciara casi con ternura su rostro. Si su reloj suizo no la engañaba, y estaba segura de que no, eran ya más de las once de la noche; la impresión que había sacado sobre la salud del hombre que regía los destinos de la casa de Dios, creía ser correcta. No esperaba ya tener su ansiada entrevista con él. El Papa presentaba unos ojos vivos e inteligentes que demostraban una personalidad acusada y fuerte. Pero también dejaban sitio a una debilidad física apremiante.
Se dirigió a la pequeña neverita que tenía debajo del televisor y la abrió. Ahora que estaba casi segura de que su intentona no había dado resultado, se estaba empezando a relajar, y por lo tanto su estómago le recordaba lo escaso de su cena. Varias latas de frutos secos y unas cuantas chocolatinas era todo el alimento sólido que podía llevarse a la boca. Eso sí, tres clases diferentes de botellas de cerveza la miraban expectantes. La elección fue fácil, abrió una lata de anacardos fritos, y una botella de aquel nuevo placer que había conocido recientemente: la cerveza mexicana Coronita.
La lista de precios que estaba pegada a la puerta de la nevera, le reveló que su pequeño ágape salía por una pasta. ¡Qué demonios! —pensó—, paga el London.
Ringg, ringg —sonó el teléfono.
—¿Si? —contestó Verónica.
—¿Señorita Lograft? —Verónica sonrió, le encantaba como sonaba su nombre en labios de un italiano, ¡qué acento más musical!
—Sí, dígame.
—El coche que estaba usted esperando ya le aguarda a la puerta del hotel.
Verónica se quedó muy quieta, ya no esperaba aquello, y de nuevo los nervios atenazaban su cuerpo, esta vez con mucha más fuerza si cabía.
—¿Me ha entendido, señorita?
—Sí, sí, claro… por supuesto, diga usted que ahora mismo bajo, muchas gracias.
Se sentó en el borde de la cama y pensó deprisa, ¿no era eso lo que había venido a buscar?, ¿pero, y si no era el Sumo Pontífice romano el que quería verla?, ¿podía estar a estas alturas segura de algo?; pensó durante un breve instante, pero la única respuesta a la que llegaba, para esa última pregunta, era no.
Se levantó y abrió la puerta del armario, ¿cómo se debía vestir?, en su cara se dibujo una abierta y sincera sonrisa, se reía de su propia estupidez, no iba a ningún cóctel ni nada por el estilo; qué más daba lo que llevara puesto, si en verdad era el Papa el que la esperaba, no le daría importancia a aquel minúsculo detalle, y si no lo era… bueno, si no lo era, mucho menos.
Unos pantalones vaqueros, una fina blusa color salmón, y una bonita chaqueta negra la sacaron del paso, cogió su pequeño bolso de mano, apagó la luz y cerró tras de sí la puerta de su habitación.
Decidió bajarse en el primer piso, y continuar andando hasta el hall del hotel, no sabía exactamente por qué hacía eso, estaba claro que veía demasiadas películas de Humphrey Bogart. El vestíbulo del hotel estaba completamente vacío, tan solo los empleados del mismo estaban a la vista. Dos limpiadoras, algo entradas en carnes y años, pasaban sendos aspiradores por las amplias y descoloridas alfombras. En recepción, dos muchachos miraban un televisor en el que, cómo no, el fútbol era el gran protagonista. Verónica, algo más tranquila, bajó los últimos escalones, y se dirigió hacia los dos recepcionistas.
—Ejem —tosió para atraer la atención de los dos empleados—, perdonen, soy Verónica Lograft, uno de ustedes me ha llamado a la habitación.
Uno de los dos empleados se volvió y miro inquisitivamente a la muchacha hasta que, por fin, levantando cómicamente sus cejas, pareció comprender.
—Oh sí, señorita Lograft, en la puerta del hotel la esperan en un coche —dicho esto, el hombre volvió a centrar toda su atención en la pequeña pantalla de televisión, llevándose las manos gráficamente a la cabeza ante una jugada de peligro de su equipo.
Verónica iba a darle las gracias, pero entendió que sería inútil, para aquel hombre ella ya había dejado de existir. Se encaminó despacio hasta la salida del hotel y miró con atención, allí no había nada más que un Renault 5 color rojo chillón, algo sucio y abollado. Volvió a repasar toda la calle, pero no vio nada más. No había ni rastro de algún coche oficial, ella había visto los coches que usaban en el Vaticano, y estaba más que segura de que allí no se encontraba ninguno.
Volvió a subir los tres escalones que la llevaban al hotel, y a grandes pasos se dirigió —algo enfadada— a la recepción.
—Perdone, señor.
Ni caso, el partido debía de estar en lo más interesante, ni siquiera se habían percatado de su presencia. Verónica aupó su cuerpo encima del mostrador, alargó la mano y con rapidez apagó la televisión.
—¡Ma che fai!
—¿Puede prestarme algo de su atención, si es tan amable?
El hombre fue cambiando poco a poco el gesto de su cara, y con una sonrisa algo tensa, contestó.
—Perdone, señorita, ¿en qué puedo ayudarla?
—Podría indicarme cuál es el coche que me espera.
El hombre no contestó, se limitó a salir del pequeño despacho y, sin mirar hacia Verónica para ver si esta le seguía, llegó a la puerta del hotel.
—Ese coche, señorita —dijo, extendiendo su brazo en dirección al Renault 5.
Verónica miró el vehículo con la boca abierta por el asombro, y solo pudo decir:
—Gracias.
El italiano de Verónica no era muy bueno, pero si lo suficiente como para entender la respuesta del recepcionista antes de marchar a su partido:
—¡¡Mujeres!!
Verónica se quedó sola y asustada… muy asustada. No sabía exactamente qué es lo que había estado esperando, pero estaba claro que no era un Renault 5 de color rojo, sucio y chabacano.
Había empezado ya a tomar la decisión de volverse y encerrarse en su habitación, cuando la puerta del coche se abrió, en una seria y directa invitación.
Como una autómata, y casi sin saber muy bien lo que hacía, Verónica fue bajando uno a uno los escalones, hasta encontrarse a escasos metros del coche.
Una mano, blanca como la leche, y de dedos finos y largos, levantó el asiento delantero dejándole paso hacia el habitáculo trasero. Aquel era un vehículo de solo dos puertas, por lo que Verónica dio por sentado que la persona con la que tenía que hablar estaba acomodada en el asiento de atrás.
No se paró a pensar, había llegado hasta allí, no era este el momento de echarse atrás, en un momento se vio sentada en la parte de atrás del coche; y cuando el asiento delantero bajó a su sitio y la puerta del coche se cerró con fuerza, se sintió atrapada, aquel sonido fue el de una celda al cerrarse.
Verónica se movió inquieta, y giró la cabeza hacia el hombre que la acompañaba a su izquierda; su cara marcó una a una todas las emociones que recorrieron su cuerpo, y aunque lo intentó con todas sus fuerzas, no logró que su boca, abierta por el asombro, articulara palabra alguna.
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