El mentiroso
Capítulo vigesimoctavo
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I
La ducha había sido reconfortante. Con el pelo recogido en su cabeza con un aparatoso moño y una bata blanca, Verónica se preparaba un pequeño ágape de tentempié. El viaje había sido agotador, pero nada que ver con el que al día siguiente le llevaría a su casa. Su casa…, ahora sabía que la casa de su padre siempre había sido verdaderamente la suya. Era increíble que aunque nunca había pasado más de un mes seguido en aquella mansión, echara de menos cada rincón de la casa y uno de ellos muy en particular, pues todavía le quedaba una cosa importante por hacer.
La taza de té bien caliente la sacó de sus pensamientos, tenía por delante un día ajetreado, no podía permitirse el lujo de dormirse en sus devaneos. Por la tarde iría al periódico para despedirse de todo el mundo y coger sus escasas pertenencias. Después, la casa de mudanzas que se encargaría de todo su traslado vendría a recoger todas las cosas. Tendría que hacer unas cuantas llamadas a los amigos londinenses y dar sus nuevas señas, pero antes de todo eso tenía una cosa importante que hacer, solo la urgencia de su entrevista con el Papa había alejado a Verónica del hospital de San George.
Any todavía tenía el rostro amoratado, sus ojos eran dos bolas violáceas que apenas podía entreabrir. Un aparatoso y llamativo vendaje circundaba todo su cuero cabelludo, y una especie de escayola sujetaba su destrozada mandíbula.
Había sido operada tan solo hacia veinticuatro horas, y Any no podía hablar. Sin embargo, cuando Verónica abrió la puerta de la habitación 254, los ojos de la enferma brillaron en un destello de alegría y tranquilidad.
Verónica se acercó y, con sumo cuidado y todo el cariño que encontró en su corazón, besó la frente de su amiga. Any empezó a hacer extraños ruidos con su garganta mientras cogía la mano de Verónica.
—Tranquila, tranquila que voy a contártelo todo con pelos y señales — Verónica sonrió de forma picaresca mientras se acomodaba en un sillón cerca de la cabecera de su amiga—. He mandado que te traigan un televisor.
Any arrugó la frente en un gesto de enfado, ¡qué le importaba a ella eso ahora, quería saber cómo había ido la conversación con el Papa!
—No quiero que te pierdas la comunicación que mañana dará el Santo Padre a todo el mundo.
Any sonrió y, apoyando su cabeza en la almohada, cayó en un placentero sueño.
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