El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 77 de 130

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El mentiroso

Capítulo II

El Santo Padre se incorporó con ciertas dificultades, llevaba tres días postrado en cama, y todavía moqueaba de forma ostentosa, y una espesa tos le dificultaba el habla.

Cogió el vaso de leche caliente que tenía en la mesilla y dio un sorbo largo.

—Por favor, padre Rossi, seríais tan amable de descorrer esas cortinas, necesito que el sol golpee con furia este demacrado rostro —un acceso de fuerte tos acompañó las palabras del obispo de Roma.

Rossi, obediente, dejó que el sol inundara la sobria habitación donde el hombre más importante del mundo, descansaba.

—Venid, sentaos a mi lado —el Papa golpeó suavemente el costado de su cama, indicando de este modo donde quería que se acomodara su secretario particular—. ¿Hay algún asunto de importancia que tengamos que resolver?

Rossi sonrió con una especie de mueca, y movió la cabeza negando.

—Estad tranquilo, todo marcha bien, tenéis a todo el mundo pendiente de vuestra salud.

El Papa, con ayuda de Rossi, se acomodó aún mejor en la cama.

—Hace tiempo que no tengo noticias sobre el asunto de los manuscritos del Mar Muerto.

Rossi se movió algo nervioso en la cama, desviando la mirada de los cansados ojos del Papa.

—No he creído conveniente molestaros con ese asunto, Santo Padre, todo está bien, no debéis preocuparos.

—Pero ¿por qué el señor Lograft no ha venido a verme?

—El señor Lograft está de viaje, y he creído más conveniente dejarle en su viaje, y de esa forma dar tiempo a que su santidad se mejore.

—Bien, bien, pero no demorar mucho este escabroso asunto. Es de vital importancia estudiar esos manuscritos y obrar en consecuencia.

Rossi sabía muy bien lo que significaba «obrar en consecuencia». Aquel hombre ya había saboreado placenteramente su reinado papalicio, y no dudaría en tomar medidas que perjudicarían a la Iglesia, tal y como estaba estamentada ahora. Él no podía permitir eso, su carrera en aquella casa aún no había acabado.

—Dejadlo todo en mis manos, santidad —respondió escuetamente Rossi.

—Hay otra cosa que quería comentar con usted, padre Rossi —el Papa tuvo un nuevo ataque de tos, y ayudado por Rossi volvió a dar un trago de leche caliente—, me preocupa mi estado de salud, no puedo atender las cosas mundanas de Dios como yo quisiera, por lo que he empezado a plantearme delegar mis funciones en alguien más joven que yo.

El corazón de Rossi galopó encabritado dentro de su pecho. Aquello era lo que había estado esperando durante mucho tiempo, estaba ya muy cerca de su objetivo.

—Dentro de poco convocaré a toda la curia, y les expondré mi deseo de que vayan pensando en mi sucesor. El puesto de Pablo exige demasiadas energías, y yo por desgracia ya no puedo dárselas.

—No penséis en eso ahora, santidad, todos deseamos teneros al frente de la casa de Dios, durante mucho tiempo —mintió Rossi.

—No digáis nada por ahora, padre, pero la idea está ya casi madura.

Rossi acomodó al Papa, bajando la almohada para que el santo padre pudiera acostarse, le arropó y estrechó su mano.

—No penséis en eso ahora, y descansad.

Rossi se dio media vuelta en dirección a la puerta, y una luminosa y escalofriante sonrisa acaparó todo su rostro.

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