El mentiroso
Capítulo VII
Cail fue subiendo, poco a poco, las anchas escaleras de mármol. Intentaba estar tan frío como aquel pasamanos, pero no sabía si lo estaba consiguiendo, sus latidos parecían llevarle la contraria.
A medida que fue subiendo, y de esta forma acercándose al piso superior de la casa, el sonido de la música fue haciendo mella en él. Se detuvo un breve momento y sonrió mientras miraba el hermoso cuadro renacentista, una de sus primeras adquisiciones y que regaló a su madre. Representaba a Jesús en el Monte de los Olivos, junto a sus doce discípulos. Avanzó hacia el lienzo, y miró directo el hermoso rostro de Jesús. Toda la serenidad estaba reflejada en aquella expresión. Se sentó en una pequeña butaca, y se llevó las manos a la cabeza. La música le martilleaba una y otra vez el cerebro. Se sentía culpable por algo que todavía no había hecho y que exactamente no sabía bien qué era. Intuía que, cuando saliera de la habitación a la que ahora se disponía a entrar, se iba a odiar.
—¡No me castigues de esa forma, Dios mío! Yo también necesito creer en ti.
Se dejó llevar por el alarde melódico, de primitiva belleza, que embotaba sus sentidos. Sabía perfectamente lo que estaba oyendo, si el Dios en el que él nunca había creído le quería castigar, lo hacía de forma refinada y acertada.
Hacía más de diez años, había comprado aquellos cantos gregorianos anónimos, ancestrales y llenos de hermosura. Fechados en el año 650 de nuestra era y atribuidos al propio San Gregorio Magno, Cail había conseguido aquellos documentos en una emocionante subasta pública en Milán. El documento más antiguo hasta la aparición de aquel, era uno fechado en el siglo IX. Anterior a esa fecha no se conocía nada, por lo que se creía que había una tradición oral y auditiva muy fuerte. El descubrimiento del documento que Cail compró rompió aquella antigua creencia. Ese documento reposaba ahora, en una estupenda urna climatizada de cristal, en casa de Cail. Pronto se hicieron numerosas grabaciones de aquellos cantos. Cail compró una de ellas a su madre, y ahora la oía allí sentado.
Conocía cada una de aquellas bellas sílabas que, con tacto y hermosura, salían de las gargantas de los monjes. Al principio le costó seguir aquellas melodías primitivas, luego aprendió su fondo musical y la simplicidad de su temática, y ayudado por el buen dominio del latín, llegó a recitar de memoria sus versos y estribillos.
Lo que ahora le golpeaba casi de forma violenta era el Christus Factus est pro nobis.
Llamó a la puerta y la abrió con decisión. Su madre apoyaba su espalda en la almohada, y extendió los brazos en dirección de su hijo. Se abrazaron en silencio, eran dos personas adultas y muy inteligentes, ninguno podía engañar al otro. Cail sabía lo que su madre iba a decirle, ya había aprendido la forma de trabajar de aquella gente, y estaba seguro que habrían visitado a Angélica. Su historial era un filón para ellos.
Cail besó la frente de su madre, se dirigió hacia la bonita librería y apagó el compact disc. El silencio fue casi más duro, madre e hijo se miraron a los ojos y no rompieron aquella invisible barrera.
—He hablado con Verónica, creo que últimamente habéis estado mucho en contacto.
—Ya que no podía hacerlo con el padre, tuve que intentarlo con la hija.
—Se ha hecho una gran mujer, estoy muy orgulloso de ella.
—No estás aquí para hablar de Verónica… y tú lo sabes.
Cail empezó a pasear por la habitación, mientras notaba como los hostiles ojos de su madre taladraban su nuca.
—¿Por qué estoy aquí, madre? Acaso tengo que tener un motivo en especial para venir a verte. Eso no es justo, yo nunca he actuado así, y lo sabes.
—No estoy segura de lo que yo sé. Creía conocerte, pero me han contado cosas muy difíciles de concebir en mi propio hijo.
—¿Qué es lo que te cuentan tan horrible?, ¿que me están hostigando, quizás? —Cail se giró y dirigió casi de forma involuntaria una dura mirada a su madre. No quería pelear con ella, sabía que ese sería un callejón sin salida. Toda una vida encerrada en lo mismo no iba a cambiar ahora en cinco minutos. No quería dañar a su anciana madre, por eso bajó el tono de su voz, y de forma mucho más cariñosa siguió hablando—. No tienes de qué preocuparte madre, mírame, soy yo, Cail. No puedo hacer nada malo.
—Lo más grande y más hermoso que he tenido en mi vida, es la casa de Dios. Mi propia sangre, la carne que yo he ayudado a traer al mundo, se ha vuelto en contra de ella.
—No digas tonterías, madre —Cail volvió a irritarse—, lo único que he hecho es comprar algo que tiene muchos pretendientes. Bien, pues yo fui más listo. ¿Acaso es eso un pecado?
—¿Qué vas a hacer con ello?
—Ni siquiera me han dejado tiempo para pensarlo.
—Esos papeles tienen que estar en manos más sabias que las tuyas, hijo mío.
—Puede que tengas razón, madre, pero qué manos son esas, no te estarás refiriendo a la gente que me está acosando, acobardando y siguiendo como si fueran asesinos.
—Me refiero a la Iglesia, a la casa de Dios —la anciana Lograft se incorporó completamente fuera de sí, de tal forma que llegó a asustar a Cail.
—Si esa Iglesia tuya hace que una madre se vuelva contra su propio hijo, sin que ni siquiera escuche a este, no es mi Iglesia.
—Te van a excomulgar, conseguirás que muera deshonrada y abatida.
Cail se acercó a tan solo un palmo del rostro de su madre, la estrechó entre sus brazos y a duras penas reprimió las abundantes lágrimas.
—Madre, te quiero y te respeto. No me pidas que me traicione a mí mismo. Sabes, últimamente he estado leyendo mucho a tu escritor favorito: San Lucas. Tenías razón, madre, fue un gran hombre, pero él solo se dio cuenta al final de sus días. No te quiero hacer daño, no te explicaré por qué, pero no me pidas lo imposible. No te preocupes, Dios es justo y no dejará que toda una vida dedicada a él caiga en desgracia por las malas acciones de un hijo cabezota.
Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en las
pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros,
como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa conmigo en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Cail fue recitando cada palabra mientras apretaba más y más contra él el cuerpo delgado de su anciana madre. Angélica respiró despacio, saboreando cada momento del contacto de su único hijo. El corazón estaba dolido y algo roto.
—Si tanto te has aficionado a leer a San Lucas, no habrás pasado por alto algo muy importante: «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».
Cail separó despacio a su madre, y miró sus vivos ojos, ni una sola lágrima bañaba su rostro. En aquel delicado momento, Angélica volvía a ser la dura y ferviente devota. Cail comprendió que su madre siempre antepondría su fe a cualquier cosa. Ese duro momento le hizo comprender la bomba que tenía entre manos. ¿Cuántas personas habría en el mundo como su madre?, si una madre no sabía perdonar, o tan siquiera escuchar a un hijo en un tema así, qué podrían hacer otros… ¿matar?
Cail se puso en pie.
—No entregaré esos manuscritos.
—Ven, dame un beso.
Cail volvió a sentarse en la cama de su madre, esta agarró el rostro de su hijo, y le besó tiernamente en los labios.
—Cuando salgas de esta habitación, habrás dejado de ser mi hijo.
Cail se puso en pie, y se dirigió en silencio hacía la puerta. Contuvo su indignación y la rabia por tan gran injusticia. Tomó el pomo de la puerta, pero antes de girarlo y salir, y de espaldas a su madre dijo:
—Te quiero, mama.
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