El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 91 de 130

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El mentiroso

Capítulo V

 

Una tras otra, las gotas de agua caían alegres por la nariz del padre Carmelo. La milenaria Roma estaba siendo duramente castigada por un tremendo aguacero. El sacerdote miró deprisa a un lado y a otro de la calzada, ni un alma aparecía a sus ojos, todos los habitantes de aquella hermosa ciudad parecían haberse puesto de acuerdo en ceder aquel océano de asfalto al intrépido cura. A fin de cuentas, ¿quién, sino él, sería el insensato de salir a la calle en un día como aquel con tan solo un simple paraguas? Eolo, Zeus, y su propio sentido del ridículo se reían con ganas.

La oscuridad se cerraba sobre él, oprimiendo sus sentidos. Miró su reloj, y siguió andando por la calle desierta; a esa hora de la tarde no era nada normal aquella pétrea oscuridad. Ni siquiera la luna llena, que en esa época del año debía dominar el cielo romano, tenía la suficiente fuerza para atravesar aquellas negras y espesas nubes.

Por un breve instante, el cielo se iluminó, y con él todo el camino que el padre Carmelo tenía por delante. Un estruendoso y ensordecedor trueno, seguido de un relámpago de un azul intenso y lleno de luz, acaparó todo el firmamento romano.

Carmelo apretó el paso, y se encogió dentro de su liviana gabardina, el viento soplaba con fuerza, y mantener el paraguas en su posición correcta era ya un esfuerzo arduo. Le quedaban escasos doscientos metros para llegar a la casa del obispo de Roma, descansó por un breve momento en un pequeño soportal, y cogiendo resuello tomó una decisión; cerró el paraguas y se lo metió debajo del brazo, ¿para qué le servía si el viento lo ponía cada dos pasos del revés?, se subió el empapado cuello de la gabardina, se ajustó todo lo que pudo el negro sombrero que había tenido la precaución de coger, y salió a toda carrera hacia la plaza del Vaticano.

El padre Luis trabajaba inclinado sobre su escueta mesa de trabajo, y apenas sí levantó la vista cuando la puerta se abrió. Una exclamación de sorpresa salió de su garganta, y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro cuando vio la figura del padre Carmelo en la habitación.

—¡Dios mío!, si estuviéramos en Venecia, no dudaría de que se habría caído usted de la góndola. Pero esto es Roma, ¿no habrá venido nadando por el Tíber?

—No —dijo el padre Carmelo con una amplia sonrisa—, pero como siga lloviendo así acabaremos importando barquitas a los venecianos.

El padre Luis ensanchó todas sus facciones, y dejó patente la bondad de su rostro. El padre Luis era un dominicano que había venido a parar a Roma por esos caprichos que la Santa Madre Iglesia tiene con sus hijos más devotos. Al caribeño le había costado un mundo acostumbrarse a Roma y a sus manías, pero sobre todo la diaria añoranza de su país, le ponía melancólico y algo distraído. Sin embargo, desde un principio, a todo el mundo dentro de los muros del Vaticano le había caído bien. ¡Hasta el padre Dilivio cada vez que hablaba del «padrecito caribeño» dejaba entrever sus restos de bondad!

Era un hombre de escasa estatura. Le gustaba llevar el pelo al estilo militar, y unas gafas metálicas y redondas cubrían casi todo su rostro, este, era redondeado de rasgos amplios y expresivos.

—¿Ha venido ya el secretario del padre Rossi a por la lista? —preguntó el padre Carmelo intentando parecer despreocupado.

—No, pero no creo que tarde mucho en hacerlo, parecía tener mucho interés en esa lista, al igual que usted, ¿pasa algo, padre?

—¡Oh, nada que se salga de lo normal en estos casos!, ya se puede imaginar lo que son las recepciones papales, y el Santo Padre tiene verdadero interés por esta, cada uno dentro de sus atribuciones intentará que todo salga perfecto.

—Claro, claro; encima de esa mesa la tiene —dijo el padre Luís señalando una gran mesa en un rincón.

El padre Carmelo leyó con avidez, eran casi trescientos nombres y credenciales, no le daría tiempo a hacer una nueva lista, y sin embargo debía modificar aquel nombre.

—Padre, ¿en qué ordenador ha confeccionado esta lista?

—En ese que tiene junto a usted.

—¿Y cómo ha notificado cada medio de comunicación cual sería su representante?

—Por medio del fax, en esa carpeta que está al lado del ordenador he puesto todos los que nos han ido llegando.

El padre Carmelo encendió el ordenador, y con manos expertas tecleó. Sus pies se movían nerviosos, y su corazón latía con rapidez, la puerta de aquel despacho se podía abrir en cualquier momento, y de esa forma derrumbarse todo su plan.

Con el ratón clikeó en el último archivo que allí aparecía, no podía ser otro, el ordenador marcaba que aquel archivo había sido confeccionado hacía escasas dos horas, y además su nombre no dejaba lugar a dudas: Recepción.

Aparecieron los nombres de todos los periodistas que iban a llegar a Roma, y enseguida Carmelo encontró lo que buscaba: London Thames, Verónica Lograft.

Borró aquel nombre y rápidamente lo sustituyó por otro muy familiar para él, pues era el autor de un magnífico libro de bonsáis: David Rodin. Metió papel en la impresora, y la encendió, movió el punteo del ratón lo depositó sobre la palabra imprimir y apretó el botón.

Carmelo miró hacia donde estaba sentado el padre Luís, el caribeño seguía completamente absorto, con la cabeza metida entre sus papeles. Cogió la capeta del fax, y rebuscó hasta encontrar el del London Thames, una vez lo hubo encontrado, lo dobló y se lo metió en el bolsillo junto a dos o tres más —pues sería bastante extraño y sospechoso que solo faltara el del London Thames—. La impresora había acabado con su trabajo, la apagó y sacó los papeles, cogió la lista antigua y la guardó también en su bolsillo, poniendo en su lugar la nueva ya modificada.

—Bueno, padre Luis, ya he acabado con lo que tenía que ver, ha sido usted muy amable.

—No hay de qué, padre, espero que no haya dejado muy lejos aparcada la góndola, ja ja ja.

El padre Carmelo cerró con una sonrisa en los labios la puerta, y esa sonrisa se agrandó aún más cuando vio que por el pasillo llegaba Carlo, ayudante del padre Rossi.

—Buenas tardes, Padre Carmelo.

—¿Buenas?, está diluviando.

Carlo miró de arriba a abajo al padre Carmelo y, observando la mojada vestimenta del cura, arrugó el entrecejo.

—Me alegro de que usted me lo diga, pues ahora mismo me marchaba, solo vengo por la lista de la recepción papal a la prensa, el padre Rossi tiene especial interés en ella.

—El padre Rossi me ha mandado aquí para buscarla, ¡también a usted!

—Oh, no, no, solo lo supuse y me disponía a llevársela, pero ya que está usted aquí, me ahorrará un viaje.

La sonrisa del padre Carmelo contagió a Carlo, y este relajó sus facciones mientras Carmelo le alargaba el papel.

—Gracias, padre, no hagamos esperar al bueno de Rossi.

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