El mentiroso
Capítulo II
Signori no había pegado ojo en toda la noche, algo en todo aquello se perdía a su entendimiento y le ponía nervioso. El cardenal era un hombre metódico, y muy prudente en sus decisiones. Para dar un paso importante en su vida, maduraba una y otra vez sus razonamientos hasta estar seguro de que la decisión tomada era simplemente la más correcta.
¿Habría visto el Santo Padre unas virtudes en Dilivio que a él se le escapaban? Hasta ahora todas las decisiones del Papa habían sido coherentes y acertadas, entonces ¿por qué le parecía a él esta un disparate? Sentado en la soledad nocturna de su despacho, tomó una decisión que no le agradaba en demasía: hablaría con su Santidad, le expondría sus recelos.
Bebió ávidamente el vaso de leche fresca con miel, y solo cuando Isabela entró en el despacho y le regañó, aceptó acostarse. Solo una hora más de vueltas continuas en la cama, le costó dormirse.
Por la mañana se levantó más temprano de lo que en él era habitual. Estaba decidido a llevar a cabo la decisión tomada la noche anterior. Sin embargo, algo fuera de lo normal atrajo su atención justo cuando se disponía —ya en el Vaticano— a ver a su Santidad el Papa.
Subía pesadamente los últimos escalones de la empinada y ancha escalera, que comunicaban la sala de audiencias, con los aposentos privados del Obispo de Roma, cuando fue testigo de excepción de un hecho fuera de lo común:
—Nadie, absolutamente nadie, puede molestar al Papa. El Santo Padre necesita descanso.
Signori miró algo sorprendido la escena desde el hueco que le ofrecía la escalera. Rossi se dirigía a dos soldados de la guardia vaticana, hasta ahí todo era normal, pero algo no encajaba, nunca se ponía guardia en aquella puerta, solo los más allegados al Sumo Pontífice tenían acceso a ella. Si el Papa no se encontraba bien, el primero en decir que no le molestaran sería su médico, y Signori acababa de cruzarse con él, y este no le había dicho nada. Además —pensó Signori—, aquello no era un cuartel militar, y el Papa nunca había actuado de aquel modo.
Signori bajó raudo los escalones, Rossi bajaba ya por ellos. En el primer descansillo que encontró, eligió una de las puertas y, tras abrirla, se escondió tras ella. Por la escasa rendija que le ofrecía la puerta entreabierta, Signori vio como Rossi bajaba los escalones, y seguía su camino.
¿Por qué había actuado de ese modo?, se había escondido como si fuera un ladrón, o tuviera algo que ocultar.
Signori sintió que su intuición le había puesto en alerta, y por vez primera en muchos años, abandonó la decisión ya tomada de antemano, y se dejó llevar por sus sentimientos.
Salió de su escondite, y tras dudar un leve instante eligió el camino:
Siguió los pasos de Rossi.
OceanofPDF.com