El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 25 de 130

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El mentiroso

Capítulo VII

La comida había sido deliciosa, al final el gusto prevalecía sobre todos los demás sentidos. Se habían extendido en demasía en darle placer al paladar, ahora las agujas del reloj ya no eran tan benévolas con ellos, tenían una hora escasa para llegar a su cita en el Valle de los Reyes.

De nuevo en la falúa, Cail miró atento al cielo. Sin duda alguna el cuco del Senegal se había equivocado, todo estaba despejado y en el firmamento reinaba un azul cristalino.

Se dirigían al margen occidental del río, al árido uadi llamado Biban el Moluk. Cail iba sumido en sus pensamientos, cuando la risa contagiosa de Gires le hizo volver la cabeza. El francés golpeaba la parte exterior de la falúa con ambas manos, dando voces de ánimo.

—Allez, allez, petit! —Gritaba muerto de risa Gires.

Cail siguió la mirada sonriente de su amigo, y vio a poca distancia de ellos el motivo de tanta algarabía. Un jovencísimo muchacho, moreno como el cacao, intentaba con todas sus fuerzas alcanzar la falúa. Iba montado sobre una pequeñísima embarcación de no más de un metro de largo, por medio de ancho. ¡Que se mantuviera a flote ya era un milagro! El muchacho árabe usaba las dos manos a modo de remos, y con la cara desencajada por el arduo esfuerzo, se animaba y cogía energía ante los gritos de Gires.

Tanto Cail como Gires se habían jurado a sí mismos no dar ningún tipo de limosna a ninguno de aquellos rapaces. Ir caminando tranquilamente, y llevado por la compasión, dar una simple moneda, podía ser tu perdición. Al instante docenas de niños salían de todas las esquinas, avisados por el afortunado.

El gobierno egipcio había intentado poner remedio a aquella «lacra» para su turismo. Pero la policía encargada de ello no era muy hábil, y sus métodos, nada vistosos a la vista de cualquier ciudadano occidental.

Un día, en uno de sus viajes por Egipto, Cail se paró a encender un cigarrillo, un niño —muy parecido al que ahora intentaba darles caza, en su pequeña embarcación— se le acercó, y con una preciosa sonrisa en su rostro, le pidió el mechero. Un grito al otro extremo del paseo hizo palidecer la cara del bello muchacho. Un policía corría hacia ellos, el chaval inició la huida, pero la carrera la tenía perdida desde un principio. El policía, lleno de razón, no encontró método mejor para frenar la carrera del inocente muchacho que lanzarle una piedra. La imagen quedó grabada en la memoria de Cail, y seguiría estando todos los años de su vida. El muchacho cayó desplomado, con una enorme brecha en la cabeza. El policía llegó al lado de su víctima, pero no se dejó amilanar por los llantos del niño, sino que a base de patadas intentaba que este se pusiera en pie. Cail, que hasta ese momento había permanecido quieto —más que nada por la incomprensión de la escena—, decidió intervenir. Agarró al policía por un brazo y le empujó tres metros más allá. Por un momento todo fue muy tenso, el corrillo de gente que se había formado alrededor de ellos temía por la reacción del policía. Cail no, sabía perfectamente que no se atrevería a meterse con un turista, no le estaba permitido.

El policía señaló con el dedo al niño, que muerto de miedo le miraba atónito desde el suelo, y le gritó algo en árabe que Cail no pudo entender. Se volvió hacia Cail y, saludándole con la cabeza, giró sobre sus pasos marchándose.

Cail se agachó para ayudar al niño, pero este estaba aterrorizado, sin duda tenía razones para ello. O mucho se equivocaba, o aquel policía aprovecharía cualquier oportunidad para hacerle pagar al chaval la afrenta que había sufrido.

La sangre le manaba de forma abundante, y empezaba a chorrearle por el cuello. Cail intentó levantarle, pero unas manos arrugadas y delicadas, le apartaron hacia un lado.

—¡’Um’mun! —fue el grito del chaval llamando a su madre.

La mujer con lágrimas de rabia en los ojos, empezó a lavar de forma tierna a su hijo. Cail se agachó y miró frente a frente los ojos verdes y llenos de vida, de aquel muchacho.

—’Ismu’hu? —le dijo Cail al niño, preguntándole por su nombre, en su lengua materna.

El niño miró a Cail, y todavía algo asustado, respondió casi de forma inaudible:

—’Ismi Omar.

Cail cogió su pequeña mano y la abrió. En ella depositó el mechero y un billete de cincuenta libras. Los gritos de gratitud de la madre apenas si hicieron huella en Cail. Él sabía que aquel dinero era, probablemente, lo que ganaba una familia egipcia en cinco meses. Pero la sonrisa del niño y, sobre todas las cosas, aquella chispa llena de luz en aquellos preciosos ojos verdes, llenaron su corazón.

—Allez, petit, allez, allez! —Gires seguía gritando divertido.

Cail se volvió hacia el conductor de la falúa, y con un gesto de su mano le indicó que detuviera un poco la marcha. El muchacho, con un gesto de triunfo en su cara, puso su mano sobre la falúa, y proyectó en su rostro una de sus mejores y más ensayadas sonrisas.

Gires metió la mano en su bolsillo, y le dio un billete al chaval, ¡verdaderamente se lo había ganado! El joven miró lo que tenía en la mano, y empezó a poner cara de incredulidad, saltando lleno de alegría de tal modo, que Gires y Cail se miraron divertidos.

Gires era un hombre generoso, así que seguro que su regalo había sido espléndido.

—Mercygracias, mercygracias, señorito, viva la france, viva Paris.

—Ja ja ja —ambos rieron con ganas las palabras del muchacho.

—Ha sido el billete mejor empleado de toda mi vida —comentó Gires.

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