El mentiroso
Capítulo III
Tenía hambre, pero eso no era nada que no pudiera arreglar con unos buenos spaghetti il pesto. Dio un pequeño sorbo de vino, notó cómo por su sangre calabresa corría alegre, y empezó a entrar en situación. A las ocho en punto entró en el restaurante su invitado, en un principio no había podido reconocerle, pero luego se dio cuenta de que aquel extraño hombre sería recordado allí donde hiciera acto de presencia.
No llevaba su acostumbrada sotana larga y negra, tampoco sostenía en su cabeza aquel ancho y grandísimo sombrero —como si de un cura de la Europa medieval se tratara—, pero nadie que le conociera podía poner en duda que el atuendo que llevaba era del sello personal del primado de Milán, Dilivio.
Rossi llevó una de sus manos a la boca, y de esa forma ocultó un poco la sonrisa de su rostro. Esa sonrisa estaba a punto de transformarse en una estruendosa carcajada, pero en el último instante el sacerdote pudo reprimirse.
Rossi había hecho llegar una nota a Dilivio citándole en aquel discreto restaurante del centro de Roma, y le había pedido encarecidamente que olvidara por un solo día su atuendo habitual. Rossi no quería que el primado milanés pudiera ser fácilmente reconocido. Pero ahora dudaba de si su consejo había servido para algo.
Hacía escasos días Rossi había visto por televisión una de sus películas favoritas: Drácula. En ese momento juraría que se disponía a cenar con el cochero del famoso conde rumano. Si Dilivio hubiera llegado precedido de una abundante niebla, y cubierto de una preciosa capa negra y roja, a Rossi le hubiera parecido de lo más normal.
El primado milanés llevaba un traje completamente negro, que haciendo juego con sus pobladas y abundantes cejas, hacían de su aspecto algo siniestro.
El enorme sacerdote llegó hasta la mesa que ocupaba Rossi, y acomodó sus largas piernas en la silla de enfrente de este. En la acera opuesta, y aguantando estoicamente la intensa lluvia, el cardenal Signori empezaba a confirmar sus más terribles y escabrosas sospechas. Se refugió al amparo de un pequeño portal. Tanta era su creciente ira, que no sintió hambre. No sabía qué hacer, aquello no era lo suyo, él era un simple servidor de Dios, jamás hubiera soñado con encontrarse en una situación como en la que ahora estaba. Al final decidió no entrar al restaurante, sus posibilidades de no ser descubierto eran casi nulas, y no quería levantar el vuelo de aquellas aves.
—No dejéis de consultar conmigo cualquier duda, pero solo, y esto es muy importante —recalcó Rossi—, conmigo. Vais a hacer algo grande en servicio de la casa de Dios, y eso el Santo Padre sabrá recompensároslo.
El rostro del primado de Milán se iluminaba cada vez que oía nombrar al Papa, por ello Rossi no dudaba que podría manejar a su antojo a aquel hombre.
—Conseguir esos manuscritos es misión ardua y difícil, pero confiamos en vuestra capacidad.
—Ya me he puesto a trabajar, he mandado una persona fiel a la Iglesia, y de mi confianza, para tener el primer contacto con nuestro amigo Cai… —Rossi levantó la mano, y Dilivio no terminó la frase.
—Sin nombres, padre, sin nombres. A pesar de vuestros esfuerzos, alguien ha podido seguiros.
El padre Dilivio sonrió de forma abierta, aunque ni aún así pudo conseguir que en su rostro se dejara de marcar un rictus tenebroso.
—Me he ocupado de todo, como insististeis tanto en que tuviera cuidado y tomara precauciones con mi vestuario, he mandado que me siguieran, si alguien está interesado en este encuentro lo sabré muy pronto.
Rossi miró a su compañero de mesa. Por vez primera desde que conocía a Dilivio sintió algo de admiración por el extraño sacerdote.
¡Habían menospreciado todos a aquel cura!
Signori esperó a que los dos sacerdotes se hubieran despedido, y cada uno tomase caminos diferentes, para salir de su cansado escondite. No sabía si hacía frío o simplemente la sangre ya no le circulaba por las venas, pero restregó sus brazos uno contra el otro, y empezó a caminar por la ciudad.
¿Cuál era el siguiente paso a dar? Tan solo eran sospechas, pero todo parecía indicar que acertadas. Algo se estaba cociendo, y si Rossi había decidido dejarle fuera, significaba que nada bueno podía ser. ¿Cómo podía haberse equivocado de esa forma durante tantos años?
Las calles estaban desiertas, la abundante lluvia caída había dejado a todos los romanos en sus casas. Solo el repiqueteo de sus zapatos en la acera rompía la monotonía de la noche. ¿O no?
Había sonado un ruido como de pasos a su espalda, estaba convencido. Se volvió y no vio nada sospechoso. Todo estaba en calma, demasiado en calma para su tranquilidad.
—Me voy a convertir en un paranoico. Ya creo hasta que me siguen — dijo para sí Signori.
Otra vez el mismo ruido, ahora sí que no dudaba, eran pasos, cuando él se detenía, también cesaba el sonido. Signori aumentó el ritmo de su marcha, y fue subiéndolo poco a poco. El corazón casi se le salía del pecho, los pulmones no respondían a su llamada de oxígeno, pero él no dejó de apretar el paso.
Ya en casa, Isabela le miraba desmoronado sobre el sillón, inquisitiva y preocupada. Se abstuvo de hacer cualquier tipo de pregunta, sabía que su señor pasaba por malos momentos, ya sacaría él cuando estimara oportuno la conversación.
—Isabela, cierre bien todas las ventanas, y eche el pestillo a la puerta.
La preocupación de Isabela aumentó.
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