El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 7 de 130

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El mentiroso

Capítulo III

El árabe miraba risueño a Paul, y tras hacer varios carraspeos con su garganta, rompió el silencio de la misma forma que los recuerdos del sacerdote.

—¿Que os parece la forma de vivir de mi gente? —preguntó.

Paul Tiblerman giró su cabeza y observó con cierto reparo al enjuto hombre. Por primera vez en muchos minutos observó con atención el paisaje que se le presentaba a los ojos, y tras no ver nada agradable se volvió acusador.

—Noto cierto tono de acusación en esa pregunta —respondió mientras miraba y volvía a mirar con dolor la pobreza y la extrema suciedad de la gente. Niños casi desnudos parecían cerdos en sus porqueras, y todo ello a pesar de la belleza natural de sus cálidas facciones y la sonrisa casi angelical que siempre sostenían en su tierno rostro.

—Ja, ja, ja —rio con ganas el árabe—. Hace usted como todos los europeos, volverle la cara a la realidad de su tiranía y el sometimiento de nuestro pueblo a su cultura.

—Pues ya sabe lo que tiene que hacer usted y todos sus amigos con el dinero de la venta del manuscrito, ¡ayudar a sus hermanos! —No acababa de decirlo y ya se había arrepentido de su intrepidez. Aquel hombre no parecía el más indicado para saber encajar la ironía de sus palabras. El silencio se prolongaba, parecía cortar el aire. Paul esperaba cualquier reacción violenta y, sin embargo, pasado un momento, el pequeño árabe dejó caer su mano sobre la rodilla del sacerdote, dándole unos suaves golpecitos, y rio de buena gana diciendo:

—¡Empieza usted a caerme bien, profesor Paul Tiblerman!

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