El mentiroso
Capítulo III
El padre Rossi acababa de salir de la habitación, y el obispo de Roma se volvió a incorporar en su cama.
—¿Y bien?
Al lado de la puerta por donde había salido Rossi había un pequeño y oscuro biombo. De él salió un joven sacerdote con cara de pocos amigos.
—Estoy convencido de ello, santidad, teníais que haber visto la sonrisa macabra de su rostro cuando abandonaba esta estancia.
—Ese hombre ha estado junto a mí demasiado tiempo, no puedo creerlo.
—Santidad, ¿qué opinión os merece Dilivio?
—Sus intenciones siempre son buenas, pero es un extremista, y los extremos nunca son aconsejables. No es un hombre al que yo tendría confianza.
El joven sacerdote dio muestras de estar de acuerdo con esa opinión.
—Y sin embargo, alguien tan pragmático y sensato como Rossi se reúne últimamente en demasía con él.
—Aun así —respondió el Papa—, estará usted de acuerdo conmigo en que eso no es ningún delito, ni nada que sea digno de sospecha.
—Entonces ¿por qué se encuentran en sitios de lo más variopinto de la ciudad?, ¿por qué va cada uno por su lado, si salen los dos del Vaticano con una diferencia de escasos minutos?
—¿Creéis que el tema de los manuscritos tiene algo que ver con todo esto?
—No lo sé, pero me preocupa que así sea. En este asunto su Santidad ha sido muy claro y por desgracia, desde la aparición de esos manuscritos, demasiada gente ha perdido la vida.
—Sed prudente, padre Carmelo, estamos hablando de asesinato.
—No lo olvido, santidad, no lo olvido. Pero tampoco olvido al padre Signori.
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