El mentiroso
Capítulo VI
No le fue fácil al viejo Mircelt convencer al doctor George para que este permitiera la salida de Cail. El médico particular de la familia Lograft se tuvo que hacer particularmente fiador de la situación. Cail firmó un papel por el que eximía de toda responsabilidad al hospital de Sant Jonhns. Caminaba despacio, ayudado por una pequeña muleta, por el pequeño jardín que conducía al exterior del hospital, cuando una voz le retuvo. Cail y Mircelt se pararon y esperaron al doctor George que, a la carrera, se dirigía hacia ellos.
—Olvidaba algo muy importante, señor Lograft, la policía me indicó que cuando usted estuviera en condiciones debía llamarles.
—Gracias, doctor George, lo primero que me dispongo a hacer es ir a comisaría.
El departamento de policía de un lugar residencial como Sant Jonhns no tiene nada que ver con las pequeñas comisarías de distrito del centro de la ciudad de Nueva York.
Solo un coche patrulla esperaba aparcado a la puerta. Un hermoso edificio de estilo colonial, pintado en color albero, albergaba a los guardianes de la paz y el orden del lugar. En la terraza superior, y como no podía ser menos, la bandera estrellada de los EE. UU. colgaba majestuosa. Hermosos jardines rodeaban todo su contorno, y la tranquilidad que se respiraba era reconfortante.
El comisario era un hombre moreno, alto y con una parsimonia que podía llegar a desesperar al más paciente de los mortales. Después de acabar de escribir unas notas, y colocar un archivo en su respectivo lugar, alargó la mano hacia Cail y Mircelt.
—Me alegro de verle bien y recuperado, señor Lograft.
—Gracias comisario.
—Bien, eso hará que sea todo mucho más sencillo. —El comisario se dejó caer sobre su sillón giratorio, y encendió un cigarrillo—. Su madre, señor Lograft, es una persona muy respetada y querida en esta comunidad. Esperábamos este desenlace satisfactorio, por lo que nos hemos ahorrado el mal trago de darle un pequeño disgusto.
—Les estoy muy agradecido, comisario.
—Sin embargo, no tengo más remedio que reprenderle.
—Lo entiendo.
—En estos casos debería retirarle el carnet, y sancionarle con una fuerte multa. Aun así, como nadie ha salido dañado, todo quedará en una amonestación.
—No quiero eludir mi responsabilidad, señor comisario, pero está el atenuante del tronco.
—Tronco, ¿qué tronco?
—Comisario, había un tronco de árbol tirado en mitad de la carretera.
—Señor Lograft, nosotros llegamos al accidente en escasos cinco minutos. Tuvo usted la inmensa suerte de que otro conductor pasara por esa carretera y nos avisara. Cuando nosotros llegamos, no había ningún tronco en la vía, ni rastro alguno de que pudiera haberlo habido.
—Deme el nombre de la persona que les avisó, quiero agradecerle su intervención —mintió Cail.
—Desgraciadamente, no puedo, recibimos una llamada telefónica de aviso, pero no nos dejó ningún nombre.
Cail no hizo más preguntas, todo estaba bastante claro. El mismo conductor que le persiguió por la carretera avisó a la policía, pero antes de que estos llegaran tuvo tiempo, o más bien, tuvieron tiempo, de retirar el tronco del asfalto. Querían ponerle nervioso y lo estaban consiguiendo.
—Comisario, he leído a la entrada que están ustedes recogiendo fondos para el sindicato policial, ¿cierto?
—Así es señor Lograft, necesitamos fondos para muchas cosas. Verá usted, tenemos…
—Estaré encantado en participar —interrumpió mientras sacaba la chequera del bolsillo de la chaqueta. Cail escribió raudo, desprendió el talón, y lo alargó al comisario—. Espero que mi donación les sea útil.
El comisario recogió el cheque y leyó raudo. La expresión de su cara cambió radicalmente, y una abierta sonrisa cubrió su, hasta el momento, serio rostro.
—¡¡Por supuesto, es usted muy amable señor Lograft!!
Iban los dos callados, Cail sembraba sus dudas con ideas descabelladas que, al momento mismo de pensarlas, las desechaba. Se enfrentaba a una potente organización, que hasta ese momento solo había querido asustarle, pero ¿hasta cuándo seguirían con ese juego?
—Hay una cosa que no entiendo, Cail, si tú crees que alguien quiso matarte en la carretera, ¿por qué no se lo has expuesto así al comisario?, me has contado muy convencido lo del tronco, y sin embargo no has debatido lo más mínimo en la comisaría.
—Mircelt, le ruego que no me haga preguntas que ni yo mismo puedo responder. Usted me conoce desde que vine al mundo, y sabe perfectamente que soy un hombre más o menos coherente, si es usted mi amigo de verdad, le pido por favor que olvide todo.
—Hemos llegado —dijo el doctor entrando en la propiedad de la familia Lograft—, creo que será mejor que yo no entre contigo, tu madre tiene muchos defectos, pero entre ellos no se encuentra la estupidez, espero poder pensar lo mismo de su hijo.
Cail agarró con firmeza las manos ya arrugadas del viejo médico.
—Nunca olvidaré que ha sido usted un amigo de verdad.
Cail bajó del coche y caminó hacia la casa, la puerta de la enorme mansión se abrió y el primogénito de los Lograft entró en su territorio. Mircelt dio marcha atrás y se dispuso a marchar.
—¡¡Ojalá no tenga que arrepentirme, muchacho!!
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