El mentiroso
Capítulo III
La sensación de volver a coger su Mercedes fue notable. Siempre, cuando volvía después de un largo periodo de tiempo sin conducir, era cuando se daba cuenta de lo mucho que le gustaba.
Empezó a guiar su espléndido coche por las anchas calles que le llevarían hasta la autovía. Lo hizo gustándose, recreándose en cada volantazo, en cada velocidad metida en su caja deportiva de cambios. Puso el climatizador de aire, y subió la ventanilla. La insonorización de aquel vehículo era impresionante. Esta vez no conectó el compact, sino que puso la emisora de radio local. La voz fuerte y clara de Whitney Houston invadió armoniosa el interior de su coche.
Ya había abandonado la autovía, así como varias de las carreteras principales. Ahora se encontraba en la pequeña vía comarcal que conducía a la zona residencial donde vivía su madre.
Y de pronto se dio cuenta.
Un coche le seguía a cierta distancia, no parecía acercarse, pero indudablemente le seguía. Si él aumentaba la velocidad, su perseguidor la aumentaba, de tal forma que la distancia entre ellos era siempre más o menos la misma.
El Mercedes 600 rugió de felicidad, al notar que su piloto exigía de él toda su potencia y velocidad. La maquina alemana surcó la carretera como un cometa, se agarró a cada curva sabiendo que de ello dependía la vida de su ocupante, y de forma armoniosa y aerodinámica se ajustó al bello paisaje campestre.
Cail empezó a disfrutar con su pequeña y momentánea victoria. Los neumáticos chirriaban al deslizarse por el asfalto, una curva a la derecha, enseguida una a la izquierda, un pequeño cambio de rasante, otra curva.
En el espejo retrovisor no aparecía ningún coche, Cail sonreía satisfecho.
Más curvas, derecha, otra vez derecha, ahora izquierda, un cambio de rasante prolongado y…
—¡¡¡Dios mío!!!
Justo cuando Cail llegó a lo más alto de aquel rasante, vio aterrorizado como un gran tronco de árbol dormía inerte en medio de la estrecha carretera.
Frenó, frenó con todas sus fuerzas, y las ruedas gimieron de dolor. El coche, que hasta ese momento había bajado libremente, pareció protestar por aquel brusco cambio, y de forma rebelde, el Mercedes 600 empezó a culear.
Cail siempre se había creído un buen conductor, pero nunca había estado en semejante situación, simplemente perdió el control del vehículo. Lo que le pareció una eternidad, en realidad sucedió en escasos segundos. El automóvil, dando varios giros, fue a estrellarse contra un grueso tronco de pino. Los cristales saltaron en mil pedazos, y solo el airbag salvó a Cail de una muerte segura.
Estaba muy aturdido, y no sentía nada de su cuerpo, intentó desabrochar su cinturón, pero no pudo. El airbag le oprimía el pecho y el rostro. Unas manos le agarraron y, de forma brusca, alguien intentó sacarle del coche.
Cail miró la cara del hombre que tenía encima suyo, este le estaba diciendo algo, pero todo empezó a volvérsele borroso y su mente caminó despacio por un océano de oscuridad tenebrosa.
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