El mentiroso
Capítulo IV
—Karen, soy Cail.
—¡Qué alegría señor Lograft!, estaba algo preocupada por usted.
—Me he tomado unos días de vacaciones, ¿marcha todo bien?
—Todo perfecto, señor, no se preocupe, ya sabe que el trabajo sigue adelante según las pautas que usted marca.
—Lo sé Karen, lo sé, tengo mucha suerte con mi equipo.
—Sabe usted que todos somos sus amigos.
—Os agradezco mucho la bonita corona de flores que mandasteis a mi madre.
Un silencio molesto se prolongó durante varios segundos, Cail conocía lo suficientemente bien a su secretaria como para no saber que algo la preocupaba.
—Verá, señor —empezó a decir Karen—, no sé si debería… en fin, es algo violento.
—Dime lo que sea Karen, no te preocupes.
—Bien, su… su madre estuvo llamando muchas veces, preguntando por usted, estaba algo… enfadada.
Cail suspiró hondo, e intentó dominar las emociones que a borbotones salían de su pecho.
—Gracias Karen, eres una eficiente secretaria, tengo suerte de tenerte a mi lado.
—Gracias, señor.
—Mañana me reincorporaré al trabajo, tenme todo preparado.
—Será una alegría para todos.
Cail se disponía a colgar el auricular, cuando oyó como Karen exclamaba:
—¡Por cierto, señor, hace unos días vino un monje preguntando por usted!
—¿Qué quería? —preguntó nervioso Cail.
—No sé, señor, solo deseaba verle, no dejó ningún recado. No me gustó nada, me hizo enseñarle su despacho para que viera que usted no estaba.
—Ya.
—Estuvo viniendo durante dos o tres días seguidos, pero desde hace dos no aparece.
Por supuesto, pensó Cail, justo los días que llevaba en su casa.
—No te preocupes Karen, no será nada importante.
Entró en el garaje, y al principió le pasmó no encontrar su precioso Mercedes. Rápidamente, recordó por qué su magnífico coche no se encontraba en su sitio, y de nuevo la rabia y la preocupación llenaron su mente. Cogió el Rover 640 que había comprado como regalo para su mujer. Un regalo que nunca le llegó a dar, pues Raquel y él se habían separado dos semanas antes de su veinte aniversario. Aquel regalo ya no tenía sentido, por lo tanto se había quedado con él. Era un coche que no le disgustaba, y sobre todas las cosas buenas que tenía, una sobresalía fuerte y vigorosa: Le recordaba su libertad.
Salió despacio, miró durante un buen rato por el espejo retrovisor, pero nada le indicaba que estuviera siendo vigilado o seguido. Bajó la ventanilla y dejó que la suave brisa de aquella mañana soleada golpeara suave su rostro, y despacio, siempre controlando todo lo que ocurría a su alrededor, se dirigió al mismo centro de Manhattan.
El despacho de abogados Voreer & Legend siempre había llevado a la perfección los asuntos de la familia Lograft. Un lujoso edificio acristalado era la luminosa sede del famoso bufete de abogados.
Como principal cliente de Voreer & Legend, Cail Lograft nunca necesitaba cita previa para ser atendido por el máximo responsable del despacho. La facturación anual que entre la Lograft Cosmetics, y los asuntos particulares de la familia Lograft, conseguía el bufete de abogados era de tal envergadura, que Voreer & Legend no tendría necesidad de contratar más clientes para funcionar con holgados beneficios.
Cail Lograft ya sabía que le estarían esperando, como siempre, cuando dejaba el coche en el parking privado del edificio, asistía divertido al nerviosismo del guarda por avisar al despacho de abogados.
No solía visitar mucho aquel lugar, y sin embargo se sentía a gusto y bien tratado cada vez que aparecía.
La secretaria particular del director, ¿cómo se llamaba?… Lucía, ya le esperaba a la salida del lujoso ascensor.
—Bienvenido señor Lograft.
—Buenos días Lucía, sigue usted tan preciosa como siempre.
Lucía era una mujer particularmente bonita. De origen italiano, era simpática y graciosa. Su larga cabellera negra caía lisa y bien cepillada hasta su cintura. Sus ojos eran de un negro penetrante, y su cuerpo esbelto y bien proporcionado. Cail siguió aquellas bonitas y largas piernas hasta el despacho del señor Paul Cox.
Paul Cox era un hombre ya maduro, una larga y ferviente amistad le había unido de forma sincera a su difunto padre. Cail recordaba con cierta melancolía las visitas que acompañando a su padre hacían al antiguo despacho del viejo Cox, él solía entretenerse viendo las fantásticas fotografías que este tenía encuadernadas en un libro de viajes. Fueron aquellas fotos, y el escuchar los relatos que Paul hacía de sus viajes a su padre, lo que despertaron aquella afición en él por la aventura y lo desconocido.
—¿Por qué no me dijiste en el funeral de tu madre que querías verme? —dijo Cox mientras estrechaba la mano de Cail.
Cox era un hombre bajo y regordete, había sufrido de alopecia desde muy joven, y ahora a sus setenta años de edad, su cráneo brillaba como una bola de cristal.
—No era necesario, solo vengo a poner en orden mis papeles.
—Creo que no es necesario que te diga que tu madre te ha dejado todos sus bienes, pensaba llamarte en un par de días, para leerte el testamento.
—No importa, Paul, no he venido a eso, confío en que, como siempre, sabréis hacer lo más oportuno y conveniente.
—¿Tienes algún tipo de problema con la empresa?
Cail dio un pequeño sorbo a la taza de café, que amablemente Lucía le había traído.
—No, quiero dos cosas, amigo mío. La primera es saber si tengo que volver a hacer testamento, para que todos los bienes que eran de mi madre, pasen a mi hija cuando yo muera.
—Lo tienes todo muy bien especificado en tu testamento, además tu hija es, creo recordar, tu albacea testamentario. De todas formas no estaría de más que hicieras un pequeño apéndice al testamento ya redactado.
Cail apuró la taza de café, y limpió sus labios con una pequeña servilleta de papel.
—¿Y la segunda? —preguntó Paul.
Cail abrió el pequeño maletín que había traído consigo, y de él extrajo un sobre, que alargó a su abogado.
—Verás, amigo, he escrito esta carta para mi hija, quiero que la tengas tú y solo si me ocurriese algo malo debes dársela.
El viejo Paul Cox alargó su regordeta mano hacia el sobre, pero Cail no lo soltó. Miró directo a los ojos de su anciano amigo, y este pudo comprobar en la rigidez de la mirada su preocupación.
—¿Has entendido? —Cail sostenía todavía fuertemente entre sus dedos el sobre, impidiendo de ese modo que el abogado pudiera cogerlo.
—Está muy claro, si te pasara algo anormal, o bien murieras, esta firma de abogados llamaría a Verónica Lograft para darle este sobre. ¿Contento?
Cail soltó el sobre y dejó escapar una escueta sonrisa.
—Espero que comprendas mi estado algo nervioso.
—No te preocupes, Cail, después de los últimos acontecimientos, es normal que lo veas todo de forma algo confusa, pero la vida sigue, muchacho.
Cail se puso en pie, y estrechó la mano de su viejo abogado, ahora se sentía más aliviado y sereno.
Camino del aparcamiento, miró su reloj de pulsera, eran más de las tres del mediodía, no le extrañaba nada que sus tripas rugieran de aquel modo. Aquel reclamo le hizo acordarse de su amigo Gires. Sin duda, si el francés estuviera con él ahora, ya habría protestado un par de veces.
Su hija había preparado una espléndida lasaña para cenar la noche anterior, y conociendo a Verónica, podía apostar sin miedo a equivocarse, a que las deliciosas sobras estarían guardadas en el horno. La boca se le hizo agua al pensar en la comida italiana regada con un buen vino español.
Paró en Barkel, famosa tienda conocida por su buena repostería, y compró un buen surtido de pasteles, iba a estar toda la tarde planeando el mes que iba a pasar con su hija. ¡Necesitaba endulzar sus ideas! Mesó sus rubios cabellos, y sonrió de forma fría, cuando vio que el Rover 640 giraba en la carretera, para enfilar la pequeña recta que llevaría hacia su casa.
Corrió despacio los visillos del despacho, y se alejó de la claridad que ofrecía la visibilidad de la ventana.
Su voz sonó gruesa y ronca:
—Todavía no me verás, necesito tenerte cerca para poder leer el miedo en tus ojos.
Cail entró, y volvió a conectar la alarma. En ese momento fue cuando se dio cuenta de que se había despreocupado totalmente de si le seguían o no. En verdad le traía sin cuidado, sabía que tarde o temprano debería de hacer frente al problema, y en su fuero interno anhelaba ese instante.
Fue directo hacia la cocina, y tras dejar los sabrosos pasteles en la encimera, abrió la puerta del horno. No se había equivocado, dentro de un plato, y tapado con papel de aluminio, las sobras de la espléndida noche anterior le esperaban apetitosas.
Estaba más que orgulloso de su hija, a pesar de saberse multimillonaria, ella misma había elegido su propia educación. Vivía de su propio sueldo, jamás le había pedido ni un dólar. En el modo de vida que había elegido Verónica, tirar algo de comida era una especie de delito de conciencia. Sabía que cuando su hija recibiera todo lo que le correspondía, sabría obrar de forma más que brillante.
Cuando regresara, tendría una larga conversación con ella. No quería que su hija esperara a su muerte para heredar todo su imperio económico. Él necesitaba hacerse viejo disfrutando de su compañía.
Lo tenía decidido, le haría su socia al cincuenta por ciento, si era necesario fundaría su propio periódico, pero quería verla desenvolverse y trabajar. Al principio sabía que le costaría aceptar muchas cosas, pero no dudaba de que, al final, no se vería defraudado.
Terminó de comer, se sintió lleno con el magnífico almuerzo, y con la resolución que acababa de tomar. Ya ansiaba el regreso de Verónica.
Se encontraba algo cansado, la noche anterior había dormido poco, quizás necesitara un baño, sí, eso haría. Primero llamaría a Paul Cox, para notificarle la decisión que había tomado, y luego se daría su reconfortante baño. Se dispuso a subir las escaleras, y algo le retuvo de momento. Con el rabillo del ojo, creía haber percibido un movimiento dentro de su despacho, que con las puertas abiertas, permanecía franco ante él. Con algo de miedo y paso lento, se aproximó.
El corazón le golpeaba fuerte en el pecho, sintió miedo.
Todavía no podía verlo, pero notaba la presencia de alguien extraño.
—¿Quién anda ahí?
Intentó que su voz sonara fuerte y autoritaria, pero no lo consiguió.
Nadie contestó. Sabía que alguien estaba dentro de su despacho, no eran imaginaciones suyas.
Se armó de valor, y siguió avanzando hasta adentrarse más allá del umbral de la puerta. No hizo ningún ademán brusco, ni gritó, solamente notó como si algo le agarrara el estómago por dentro, cuando lo vio allí.
Detrás de su mesa, y sentado cómodamente en su sillón, se encontraba un hombre rubio y de no demasiada estatura.
Al principio, Cail no logró adivinarlo, pero cuando el hombre se puso en pie, pudo distinguir que se trataba de un monje.
—¿Cómo ha entrado usted aquí?
—Señor Lograft, tiene usted una casa muy bonita, le felicito.
Cail avanzó unos pasos, y volvió a repetir la pregunta.
—¿Cómo ha entrado usted aquí?
El monje sonrió de forma fría y escueta. Se movió lentamente, y la luz de la tarde hizo que su cabello rubio brillara luminoso. Su pelo destacaba aún más entre la gruesa tela marrón de su hábito, y la tez morena de su rostro, que reflejaba de forma abierta su intensa vida entre las rocas del Sinaí.
—Pregunta equivocada señor Lograft. Más bien usted debería preguntarse ¿por qué?
—¿Quién es usted? —preguntó Cail todavía incapaz de mover ni un solo músculo.
—Vamos, vamos señor Lograft, no me diga que no me recuerda.
—¿Nos conocemos? —preguntó Cail incrédulo.
—La última vez que nos encontramos, yo le salvé la vida.
Cail se había dejado caer en un sillón, e intentó recordar, pero todo era inútil, podría jurar que jamás había visto a aquel personaje.
El monje se aproximó a él, y agachándose un poco, acercó su cara al rostro desencajado de Cail, mientras susurraba una y otra vez:
—Todavía no es el momento de reunirte con Satán, hermano Cail.
Cail, como impulsado con un resorte, se puso en pie y empujó con ambas manos al monje, apartándole de su lado.
Las imágenes empezaron a brotar una tras otra, se agolpaban en su memoria, le dolían y le asustaban. Se encontraba medio inconsciente, notaba la sangre correr por su frente, y ya no sentía las manos ni los pies. Se hundía, se hundía en la inconsciencia, cuando unos brazos fuertes y decididos empezaron a tirar de él. Pesadamente, pudo entre abrir los párpados, y recordaba haber visto el brillo de una enorme cruz plateada cerca de su frente.
Ahora, esa misma cruz colgaba del pecho de aquel monje.
—¡¡Fue usted, usted me sacó del coche!!
Su mente siguió cabalgando dentro de un campo que hasta ese momento había permanecido a oscuras, y mientras lo hacía la sonrisa de aquel ser le helaba el corazón.
Recordó en ese momento como oyó con voz gruesa y ronca:
«Todavía no es el momento de reunirte con Satán, hermano Cail. Antes deberás presentarte ante el juicio de Dios».
Esas mismas palabras, y con la misma pesada voz, las estaba escuchando ahora como si un martillo golpeara fuerte un yunque.
Respiró hondo, y dejó que sus pensamientos volvieran a normalizarse poco a poco. La locura parecía desaparecer, pero se dio cuenta que con la cordura también venía el dolor, el dolor de la comprensión.
—Usted es el responsable de la muerte de mi madre.
—Deme esos manuscritos.
No pudo resistirlo por más tiempo, algo dentro de él explotó. Una rabia inmensa recorrió su cuerpo. Por vez primera en su vida sintió lo que era odiar a una persona. Alargó la mano y cogió el atizador de la pequeña chimenea, abalanzándose hacía el monje.
Este no esperaba esa reacción, y apenas tuvo tiempo de esquivar el golpe. Entre el pómulo y la oreja izquierda, empezó a manar abundante sangre.
Cail no era un hombre acostumbrado a aquello, nunca había tenido ni tan siquiera una pelea en el colegio, por lo que al ver toda aquella sangre se asustó, y se paró el tiempo suficiente como para perder toda su ventaja.
El monje, con una habilidad y rapidez asombrosas, lanzó una fuerte patada al estomago de Cail. Este sintió el impacto doloroso, y notó como le faltaba la respiración. Pero el monje no dudó, ni se asustó, siguió golpeándole de forma furiosa y despiadada. Primero aprovechó que este caía hacía delante, producto de la patada, para propinarle un duro puñetazo en la mandíbula; luego, dos certeras patadas en las costillas hicieron que Cail se doblara sobre sí mismo, sin aliento para gritar.
El monje se agachó y agarró a Cail de la solapa, levantándole. Le miró a los ojos, y vio el despreció marcado en ellos. Apretó fuerte la cabeza con ambas manos, y le soltó un fuete cabezazo, la nariz de Cail se rompió.
—¿Dónde están los manuscritos?, no me hagas perder más tiempo.
Cail apenas pudo levantar la cabeza. Tosió, la abundancia de sangre en su boca hacía que se ahogara. Intentó sonreír, pero solo consiguió que su rostro se retorciera en una mueca dolorosa, y con toda la fuerza que dispuso, escupió sangre sobre el rostro del monje.
Este, encolerizado, le soltó dos puñetazos, uno sobre el estómago, y el siguiente en la ya desencajada mandíbula, el último puñetazo hizo que Cail cayera inerte en el suelo.
El monje se agachó y le tomó el pulso.
—¡Maldita sea! —exclamó.
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