El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 28 de 130

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El mentiroso

Capítulo octavo

 

 

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I

El cardenal Giuseppe Signori se encontraba sentado en un cómodo sofá de tres plazas. Sin embargo estaba nervioso y muy intranquilo. Hacía más de hora y media que el padre Rossi se había encerrado con el Santo Padre en sus aposentos particulares.

El estado de salud del Obispo de Roma había aconsejado que solo su ayudante de cámara tratara con él la gravedad del asunto. Tenían que actuar con toda la rapidez de la que fueran capaces.

Una cosa tranquilizaba al cardenal Signori, el expediente que tanto él como Rossi habían leído por la mañana señalaba que Cail Lograft venía de una familia muy católica y comprometida con la Iglesia de Roma. También es verdad que la verdadera católica de la familia era Angélica Lograft, madre de Cail, pues este había iniciado los trámites y conseguido el divorcio de su esposa Raquel.

¡Pero qué demonios!, pensó esperanzado Signori, no era lo mismo deshacerse de una esposa pesada, que sacar a la luz pública unos papeles que dinamitarían la integridad de la Iglesia.

El cardenal miró de nuevo su reloj, casi dos horas. ¿Le habría comunicado Rossi al Santo Padre que el tiempo corría en contra de la casa de Cristo?

Signori se levantó, y casi había decidido llamar a la puerta, cuando esta se abrió.

—¡Dios mío, padre Rossi!, me estaba volviendo loco.

—Lo comprendo, cardenal, pero debéis entender que el Papa no está muy bien de salud.

—Perdonadme, en mi preocupación por la casa de Dios, me he olvidado de su guía.

Empezaron a andar en silencio por los largos pasillos. Signori, por encima del hombro, dirigía miradas al pequeño sacerdote, aquel silencio no le presagiaba nada bueno. Empezaba a temer por la salud del Santo Padre. Al final de uno de los pasillos, llegaron al despacho de trabajo del padre Rossi. Todo era muy sencillo y humilde. ¡Nadie diría que allí trabajaba el consejero del hombre más poderoso de la Tierra!

El pequeño despacho del padre Rossi apenas si tenía el mobiliario más imprescindible: Una escueta mesa de trabajo con dos sillas, una a cada lado. Un grueso y antiguo archivador de madera oscura y un gran crucifijo en la pared. Aquel era el lugar indicado para mostrar la personalidad del grueso sacerdote. La humildad y la sencillez de aquella sala de trabajo eran compartidas por su dueño.

Signori comprendía la admiración que levantaba Rossi entre la curia, no en vano él mismo veía en el humilde sacerdote al futuro dueño del sillón de Pedro.

—Cardenal Signori, el Santo Padre ha sido muy directo en este asunto. Su decisión no por menos difícil ha de ser obedecida con la rapidez y obediencia acostumbradas —Rossi miraba directo a los ojos del cardenal.

—Mi alegre y confiada sumisión al obispo de Roma está por encima de todo —contestó algo enfadado Signori.

—El Papa ha dispuesto que sea el primado de Milán, el padre Dilivio, el encargado de llevar este desagradable asunto.

—¿Cómo decís? —Signori no pudo contener su rechazo a semejante idea, y puesto en pie miró serio a Rossi.

—La decisión ha sido firme.

—¿Y no habéis hecho nada por impedirlo?

—Yo soy el consejero de Pedro… no Pedro.

—Comprendo —Signori se dirigió hacia la puerta—, espero que la mano de Dios haya guiado esa decisión.

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