El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 128 de 130

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El mentiroso

Capítulo V

El Santo Padre dormía y el padre Carmelo repasaba mentalmente todo lo acontecido. El mundo cristiano aplaudía el acercamiento a judíos y musulmanes y veía en el Obispo de Roma el guía para aplacar y cerrar el camino que, de forma directa, nos lleva a la guerra más cruenta de todas, aquella que se hace en el nombre de Dios.

Recordaba a los dos Grandes Rabinos de Israel, Eliahu Bakshi-Dorón e Israel Meir Lau, en el despacho de estos, en Jerusalén occidental. Los dos rabinos de barba y traje negro y el Papa de blanco impoluto. La reunión era una manifestación de amistad, pero también secreta. Los tres estrecharon sus manos, y sobre una Biblia recitaron a Miqueas: «Todos los pueblos caminarán invocando a sus dioses y nosotros marcharemos con el nombre del Señor nuestro Dios por siempre jamás».

Carmelo acercó a la mesa la gruesa caja y el Papa, extendiendo la mano, se la ofreció a los dos rabinos.

—Estos son los documentos que pertenecen al pueblo de Israel, y que yo os entrego. Han costado sangre y dolor.

Eliahu Bakshi-Dorón abrió la caja y sacó una urna de cristal, posó la mano sobre ella pero sin abrirla la pasó a uno de sus ayudantes.

—No hay razón para que el Pueblo Judío olvide el pasado, o para que cubra las heridas que permanecerán abiertas hasta que sean total y honestamente tratadas. Sin embargo, la entrega de estos rollos a su legítimo dueño, la visita del Papa a Israel y la honestidad de corazón mostrada, será también para el Pueblo Judío un punto de transición: el reconocimiento de un cambio en el mundo moderno. Ahora una persona quiere abrazaros y daros las gracias por el bien que le hacéis a la humanidad, y el que le hicisteis a ella hace mucho tiempo.

La puerta se abrió, y cuando Edith Tzirer caminó despacio hacia el anciano que vestido de blanco la miraba sin comprender, sintió paz y lloró ante el hombre que la reconfortó hace más de medio siglo atrás.

Edith salió del campo de concentración nazi liberado en 1945, estaba hambrienta y cansada, muy cansada. Tenía catorce años y sentía cómo su vida se escapaba a cada paso que daba. Cada bocanada de aire que entraba en su diminuto cuerpecito era un golpe de dolor, sus pulmones estaban dañados por la tuberculosis y su debilidad para caminar le hacía desear la muerte. Había caído por enésima vez al duro y frío suelo polaco, y ya no intentó levantarse más. Su vida se escapaba, solo quería encontrarse en el paraíso de Abraham con sus padres y hermanos, su soledad era peor que el dolor inhumano de sus pulmones. Pero alguien la recogió con cariño y le habló con ternura, entreabrió un ojo y reconoció en su protector a un joven polaco alto y bien parecido, que le sonrió y le ofreció pan caliente. Todavía saboreaba aquel pan con la taza de té que, en esa fría mañana de enero en las afueras de Cracovia, le dio la vida. Recordaba entre sueños cómo aquel muchacho cargó con ella más de tres kilómetros desde la vía del tren donde la había encontrado. Y ahora Edith Tzirer, con 69 años, miraba al Papa conmovida, como en el año 1978, cuando vio una fotografía de su antiguo salvador en una revista francesa y se enteró que acababa de ser elegido Papa.

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