El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 18 de 130

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El mentiroso

Capítulo III

 

Siempre sentía algo muy especial cuando se encontraba allí, ni el sofocante calor, ni la opaca luz del contorno, ni la mala disposición de todas las piezas arqueológicas, y sobre todo lo sucio y mal coordinado que estaba siempre el museo arqueológico del Cairo, importaban para que Cail notara un nudo en su estómago mezcla de emoción, aventura y ensueño.

Paseó, como de costumbre, por la sala de el-Amarna, y saboreó con exquisitez los restos del Egipto faraónico, desde la prehistoria hasta la época romana. Embrujado y completamente enamorado de todo lo que veía, se encaminó con paso lento hacia la sala donde numerosos papiros mostraban su luz, colorido y formas. El Árbol de la Vida siempre había sido su favorito, nunca había llegado a comprender bien su significado, pero eso le daba igual, solo con admirar aquellos vivos colores y la finura de sus trazos, podía sentir cómo la sensibilidad recorría todas sus venas, aquello era arte y le hacía sentirse vivo.

Buscó con la mirada a Gires, pero no logró encontrarle. No era extraño, había en aquellos momentos gran cantidad de grupos turísticos y Cail no pudo negarse a una sonrisa. Siempre había comparado aquel museo con la torre mítica de Babel, si te dejabas llevar por los anchos pasillos del museo, en menos de cincuenta metros podías oír a los guías hablar en francés, inglés, español, alemán, y cómo no, en japonés.

Echó una ojeada al reloj, eran las cinco y cinco de la tarde. Gires le había citado a las cinco y cuarto en la sala de Tutankhamen, se dirigió a su esperada cita con paso lento pero inquieto. Se había separado del francés al amanecer, y a media mañana recibió la llamada telefónica que le indicaba que todo estaba en orden. Ahora él tendría el primer contacto, y esperaba que fuera el último y definitivo. Sabía por experiencia que estos negocios, cuanto más se alargaban, más posibilidades había de que algo fallara.

La sala del «joven» Tutankhamen estaba, como no podía ser menos, repleta de visitantes. Unos, maravillados e incrédulos de por fin poder encontrarse allí, y otros, escépticos de que algo tan valioso y maravilloso estuviera expuesto de una forma tan ramplona y sencilla. Para una mentalidad como la de Cail, típicamente americana, donde todo se hace de forma grandiosa, sin escatimar gastos y con un toque del mejor estilo de Hollywood, era increíble lo que veían sus ojos. No por mucho haber estado en aquella sala, llegaba a comprender mejor la sencillez de las urnas — todas acabadas en madera—, y el agolpamiento de todos los tesoros arqueológicos, por donde apenas el visitante tenía espacio para pasar. Otra sonrisa se marcó en su rostro al acordarse de un buen amigo español, coleccionista como él, y que cuando algo no le gustaba salía del paso con un buen refrán de su tierra ibérica. Hubo uno que quedó marcado en su cabeza cuando una tarde de mayo, Alberto Conesa y él compartieron en Madrid otra de las aficiones que tenían en común: el fútbol. El equipo de Alberto había perdido, y este enfadado, al referirse al entrenador comentó: «Mira, amigo Cail, el Real Madrid es un equipo que le viene muy grande a ese pipiolo, y es que como dicen en mi tierra, Dios da pañuelo a quien no tiene mocos». Algo parecido sentía él al ver toda esa riqueza histórica en semejante sitio, ¡¡lo que harían en EE. UU. con todo aquello!!

Estaba delante de la capilla con la imagen del segundo santuario del Sur. El entrepaño representaba la creación del disco solar y el rey protegido por las diosas aladas, pero su atención se centró, como de costumbre, sobre los detalles del segundo sarcófago momiforme de madera. Mantenía la luz y el brillo del primer día en que salió de los talleres del artista, chapeada en oro con incrustaciones de pasta de vidrio. Pero si este sarcófago era espectacular, los detalles del que se encontraba a su lado eran increíblemente bellos: Era el sarcófago momiforme de oro puro con incrustaciones de piedras semipreciosas y hecho con pasta de vidrio. Tras él, con un suspiro de emoción y con toda su sensibilidad saliendo por los poros de su piel, llegó hasta su pieza favorita. No era espectacular, y no llamaba tanto la atención del visitante en general, pero a él le acercaba al hombre al que habían pertenecido todas esas cosas tan maravillosas, y que hacía más de 2500 años reinó sobre aquellas tierras. Era un pequeño taburete de madera de cuando el rey era niño. Solo Gires sabía lo mucho que él amaba ese mueble, hacía años el francés le había llamado comunicándole la posibilidad de comprar una pieza del tesoro del faraón Tutankhamen, y entonces, al igual que ahora, recorrió en silencio aquella sala, cerrada al público. La dirección del museo, ante la precaria situación económica, había decidido desprenderse de uno de sus tesoros, y él entre otros muchos, había sido el elegido para aquel trato. Desde un principio la química fue total, aquel pequeño taburete con los pies en forma de felino, de madera fina pintada en blanco, pareció llamarle desde su pobre urna de madera. Cail, al igual que hacía ahora, admiró el motivo dorado de la «Reunión de las dos tierras», con la imagen de los lirios y los papiros atados alrededor del signo jeroglífico que evoca la unión. Recordaba una exclamación de asombro y admiración, solo la sencillez puede ser tan bella. La pieza estaba seriamente deteriorada en el asiento cóncavo, y Cail no podía dejar de imaginar al joven e infantil faraón sentado sobre el taburete encima de un almohadón. Su decisión dejó algo sorprendidos a los rectores del museo, pero su decisión era firme, quería aquella pieza tan particular, y su oferta fue sumamente generosa: dos millones de dólares. El trato parecía cerrado, pero al cabo de dos largos días, el gobierno egipcio prohibió cualquier venta. Fue una asombrosa e inesperada derrota para Cail, tan acostumbrado a ganar duras batallas.

—Sabía que te encontraría aquí. ¿Añorando el pasado? —Gires sonreía, sabiendo de la melancolía que sostenía la mirada de su amigo, pero no pudo dejar de ser irónico—. Ya tenemos concertada nuestra entrevista, el cerco se estrecha, amigo mío —Gires dijo aquellas palabras mientras sostenía tensa la mirada de Cail.

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