El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 111 de 130

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El mentiroso

Capítulo V

¡Querían que ahora lo olvidara todo!, ¿acaso pensaban que él era un simple aficionado? No permitiría que su reputación quedara en entredicho por dos alocadas muchachitas. No le habían especificado nada, el mensaje era escueto y preciso: El trabajo se suspende, cambio de planes, vuelve.

Estaba seguro de que le darían el encargo a otro, había fracasado. Pero aquello para él ya no era cuestión de encargos. Tampoco de trabajo. La situación había tomado tal cariz, que todo era ya algo personal.

Se había dejado engañar una vez, pudiera ser que esa fuera la definitiva, pero todavía tenía una mínima oportunidad, y si esa oportunidad existía, no la dejaría marchar.

Después de perderlas en aquella loca carrera por el túnel, las había buscado por toda la ciudad vieja, y el resultado había sido negativo. Durante aquella noche y el día siguiente pateó Jerusalén de arriba a abajo. Dos chicas jóvenes y solas en un sitio como aquel no pasaban desapercibidas fácilmente, pero nadie reconoció haberlas visto. ¿Dónde se habrían metido?

El miedo al más rotundo de los fracasos se apoderó de él. No estaba acostumbrado a perder de esa forma, la rabia corría por sus venas. Por vez primera en su vida, el devorador de sombras estaba completamente perdido, no sabía qué hacer. Se dejó caer en un viejo banco de madera, sus ojos no miraban a ningún sitio concreto, pero su mente trabajaba a marchas forzadas. ¿Y si se habían marchado de la ciudad? Después de pensarlo detenidamente, llegó a la conclusión de que ese era el único camino que le quedaba por examinar. El desasosiego se enroscó como una grotesca anaconda alrededor de todos sus nervios. Si se habían marchado de la ciudad, todo quedaba ya a expensas de la mano de Dios. Curiosamente aquello era algo a lo que no estaba acostumbrado en su trabajo, más bien era al revés: él trabajaba para Dios.

Se habían marchado de Jerusalén, de eso estaba seguro. También estaba claro lo que habían ido a hacer, los manuscritos ya estaban en su poder. Sintió cómo las uñas de sus dedos se le clavaban en la palma de la mano al cerrar con fuerza los puños.

Un taxi, habían tenido que coger un taxi. La huida había sido demasiado rápida como para arriesgarse a esperar un autobús en la estación central, y de esa forma aventurarse a que él apareciera en cualquier momento. Enrabietado, se puso en movimiento y llegó hasta una vía que le pareció bastante concurrida. Allí el tráfico era como casi en todas las grandes ciudades orientales: un autentico caos.

No tuvo que esperar mucho, a los pocos minutos vio uno, y como si estuviera en Nueva York, se abalanzó sobre el capó del coche, gritando.

—¡¡Taxi!!

Explicó al taxista que buscaba a dos amigas por todo Jerusalén, y no había dado con ellas, por lo que había pensado que quizás se hubieran marchado a otra ciudad. Le prometió una jugosa propina si encontraban algún compañero que las hubiera llevado.

El taxista acogió el trabajo con entusiasmo, sin duda era algo que se salía de lo cotidiano. A primera hora de la mañana ya habían recorrido casi todas las paradas de taxis, y el desánimo empezaba a cundir entre los dos expedicionarios. Uno porque veía que no lograría la propina, y el otro gritando para sí su propia incompetencia.

Eran casi las once de la mañana, estaba perdiendo mucho tiempo, no lo lograría. Estaba a punto de darse por vencido cuando el taxi paró en una pequeña calle donde cinco taxis estaban aparcados en batería.

—¿Qué hace?

—Es la hora del bocadillo —respondió el taxista, con una sonrisa que dejó al descubierto su despoblada dentadura—, aquí es donde se reúnen casi todos mis compañeros, si no logramos nada creo que yo habré perdido el premio, y usted a sus amigas.

Entraron en una tabernucha con un fuerte olor a especias y vino barato. En un rincón, apenas visible entre la oscuridad que reinaba allá dentro y el ambiente viciado del espeso humo de tabaco, un grupo de cinco hombres estaban sentados en una destartalada mesa de madera. El taxista fue recibido con algarabía general, y pronto hicieron un hueco para su compañero. Las risas fueron poco a poco disminuyendo según se fue acercando el devorador de sombras, y el taxista fue explicando lo que allí le llevaba.

Un hombre gordo, completamente calvo y con la barbilla llena de grasa por el bocadillo que se estaba metiendo por el cuerpo, dijo que él había llevado a un matrimonio hasta Belén y, escupiendo al suelo un trozo de la grasienta carne, dijo:

—Eran unos rusos asquerosos y apestosos.

La risa fue generalizada entre eructos por la abundante cerveza, y golpes en la desvalida mesa. El devorador de sombras estaba perdiendo toda esperanza, y estaba dispuesto a marcharse cuando fijó su mirada en uno de los taxistas. Estaba completamente serio, y no había reído el «chiste» de su compañero. Ni siquiera pestañeaba, toda su atención estaba centrada en él. Llevaba demasiado tiempo dedicado a aquel negocio como para no saber que ese hombre sabía algo que le podía interesar, pero por alguna razón no se decidía a hablar. Estando en aquella región del mundo no había que hacer muchos esfuerzos para saber qué es lo que haría a ese hombre hablar sin tapujos. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sacó veinticinco dólares americanos, sonrió al taxista y, ante el silencio expectante de todos los demás, se los alargó. El taxista dudó un leve momento, pero al final alargó la mano hacía ellos. Describió perfectamente tanto a Verónica como a Any, y admitió haberlas sacado de la ciudad.

Una rabia casi incontrolable recorrió todos los músculos de su rostro, y tuvo que esperar unos segundos para poder formular la pregunta que ya no sabía si tenía demasiada importancia.

—¿Dónde fueron?

El hombre sonrió y, bajando la vista, empezó a remover una especie de puré de patatas grasientas y mal olientes, que a simple vista era repulsivo. El devorador de sombras miró a todos los taxistas y vio en sus caras la burla. Estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba, pero decidió actuar con tacto, y sacando un nuevo billete se lo entregó al risueño taxista.

—Masada —respondió.

—¿Las trajiste luego de vuelta?

El hombre volvió a bajar de nuevo la cabeza y no respondió. Ahora las sonrisas en los demás taxistas eran abiertas y ofensivas, aquello fue demasiado para él. Se acercó tranquilamente al hombre y, cuando estaba a su altura, apretó su cabeza contra el plato del puré, el hombre empezó a mover los brazos intentando liberarse, pero todo era inútil. Se estaba ahogando, el grasiento y espeso puré no dejaba que ni la más mínima gota de aire entrara en sus pulmones. Varios de sus compañeros hicieron ademán de levantarse, pero la mirada que leyeron en el rostro del desconocido no dejaba lugar a dudas, si iniciaban una pelea con aquel hombre habría que llegar hasta el final, por lo tanto evaluaron la situación y decidieron volver a sentarse. El devorador de sombras pegó sus labios casi en el oído del moribundo taxista, que ya apenas sí movía los brazos, y casi en susurros le dijo:

—Ahora voy a soltarte, y solo te lo preguntaré una vez más, la próxima vez no seré tan indulgente.

Soltó la cabeza del hombre y este, como si subiera de una inmersión a las profundidades del océano Pacifico con un tiburón pegado al culo, dio un salto y, con la boca abierta y los ojos casi fuera de sus órbitas, buscó aire de forma desesperada.

Tosió durante un buen rato y se limpió con la manga de su negra camisa la cara, y entre dolores y fuertes espasmos de tos, respondió de forma casi inaudible:

—Se quedaron allí y no volví a verlas.

Las había perdido, se sintió confuso y enrabietado consigo mismo, ¿cómo podía haber sido tan deficiente en su trabajo? Nunca le había pasado nada igual, ni tan siquiera cuando estaba empezando, hacía ya muchos años.

Lo mejor sería hacer caso del mensaje que había recibido desde Italia, y volviera. ¿Por qué despreció la capacidad de las chicas?, ¿acaso por ser mujeres jóvenes y guapas pensó que eran estúpidas?, él, él sí que era estúpido. Hubiera sido todo tan fácil si hubiese actuado con la eficiencia de siempre, sin menospreciar al enemigo.

Salió de la taberna lleno de dudas, daría un paseo, la mañana era espléndida, el sol brillaba, a cada hora que pasaba, con más fuerza, y el cielo, completamente azul y desprovisto de cualquier nube, hacía de Jerusalén una ciudad luminosa clara y atractiva.

—Señor, señor, espere, yo he cumplido con mi parte, ahora cumpla usted su promesa —el taxista salía corriendo de la taberna y se dirigía hacia él.

El devorador de sombras miró incrédulo al taxista, aquellos hombres, por dinero, eran capaces hasta de jugarse una buena paliza. Su compañero había intentado exprimirle como una naranja para sacarle hasta el último billete, confiado en su posición había jugado con él. Pero la confianza no era buena consejera en la vida, y eso él lo sabía muy bien, por desgracia. Creyó que, mientras tuviera algo que venderle, estaría a sus pies, y no pensó que él también tenía algo que decir.

Sí, definitivamente, la confianza no era buena.

El devorador de sombras se puso rígido, todos los músculos de su cuerpo se tensaron ante la nueva perspectiva que se le podía abrir. A lo mejor no estaba todo perdido, si él había pecado de relajación cuando creyó que todo iba a ser sencillo, ¿por qué no podía haberles pasado a ellas lo mismo? Ahora estaban a salvo, sin duda podían haber cometido un pequeño desliz, y si así había sido, por muy pequeño que fuera, él lo aprovecharía.

—La oferta sigue en pie, llévame a la comisaría central.

 

Llegaron al Recinto Ruso, entre Jaffa Rd y Ha Nevi’im St., en la Ciudad Nueva. Desde allí, las cúpulas verdes de la Catedral Rusa parecían un reclamo o referencia. El devorador de sombras se sintió algo aliviado al comprobar que la comisaría central estaba casi desierta. Durante todo el trayecto había estado temiendo que, como para todo en aquella ciudad, tuviera que esperar una larga cola.

Un policía joven, con aspecto limpio y el traje casi inmaculado, le miró desde detrás de un largo y vetusto mostrador de mármol.

—Por favor, quisiera hablar con la persona encargada.

El joven policía arrugó su entrecejo, algo molesto, y negó con la cabeza, poniéndose en pie.

—Si tiene algo que denunciar, señor, tendrá que decírmelo a mí.

—Verá, soy extranjero —algo que saltaba a la vista—, y tengo un problema bastante peculiar y personal, que necesita de la amabilidad de ustedes, le estaría muy agradecido si pudiera hablar con su jefe.

El policía miró despacio al devorador de sombras y dudó un momento, tras un breve momento se encogió de hombros y, sonriendo, preguntó:

—¿Tiene usted tabaco americano?

Sacó un pequeño paquete y lo puso encima del mostrador.

—Sírvase.

El policía miro en torno suyo, y comprobó la soledad de la comisaría. Cogió el paquete, lo metió en uno de sus bolsillos y, guiñando un ojo, dijo:

—Espere aquí, veré que puedo hacer.

Se dirigió hacia el final de la amplia sala, y se adentró, tras llamar con los nudillos de su mano en una puerta de madera, en otra habitación.

No tuvo que esperar mucho, al poco tiempo el joven policía volvió a salir y, manteniendo la puerta de la otra sala abierta, le indicó con su mano para que se acercara.

—El comisario le recibirá ahora.

El devorador de sombras entró y cerró la puerta tras de sí.

El despacho del comisario era oscuro y estaba mal ventilado, aquella era una estancia completamente cerrada sin ningún tipo de ventana que diera al exterior. El comisario estaba sentado detrás de una mesa de despacho metálica y llena de informes y papeles. Un intenso humo caldeaba el ambiente de forma excesiva, algo que molestó sobremanera al monje. Fijó su vista en un cuenco redondo y negro que, como un pegote, sobresalía en la mesa, y vio que más de veinte colillas se agolpaban en aquella especie de cenicero.

El comisario, a primera vista, parecía un hombre serio, su cabeza no se había levantado todavía del informe que ojeaba con atención. Tenía el pelo corto y castaño, dos hermosas patillas le llegaban casi hasta el mentón, el monje sonrió en su interior ante la burda replica de Harry el Sucio que tenía ante sí.

A pesar de que una silla permanecía vacía delante de la mesa de despacho, permaneció de pie, hasta que el comisario, con un gesto de su mano, y en un inglés claramente universitario, le invitó a tomar asiento.

—Por favor, tome asiento.

El monje hizo caso, y mientras lo hacía pudo ver como dos claros y transparentes ojos celestes clavaban su mirada en él. El comisario era un hombre bien parecido, tenía un mentón pronunciado y bien afeitado, sus labios eran pequeños y ondulados, y la sonrisa con la que le obsequió al encontrar su mirada le pareció estudiada y algo forzada.

—Necesito que usted me ayude a encontrar a unas personas a las que he perdido el rastro.

El comisario dio una larga chupada a su cigarrillo, con los ojos entrecerrados a causa del humo, y apagó el pitillo a medio consumir en el cenicero.

—¿Esas personas a las que usted busca son familiares suyos?

—Verá, estoy buscando a dos muchachas jóvenes a las que he de dar un mensaje urgente de su país, pero lo único que sé es que se encuentran en el estado de Israel.

—¿No le parece a usted un poco vago eso?

—No sé si será vago o no, pero es la pura verdad.

El comisario sacó una pitillera de su cajón, ofreció un cigarro al monje, que este rechazó, y cogiendo uno lo encendió en una calada que no dejaba lugar a dudas sobre el placer que el comisario encontraba en aquel vicio.

—¿Y qué quiere usted que haga yo?

El devorador de sombras se movió inquieto en su asiento, no le hacía gracia estar en una comisaría de policía, pero mucho menos aquel juego al que su falta de acierto le había obligado a jugar.

—He tenido la idea de que usted sería tan amable de dejarme ver los registros de los hoteles de la ciudad, de ayer y hoy.

Una tremenda sonrisa se pronunció en las facciones del comisario, aquella sí que no era estudiada ni tampoco televisiva, esa sonrisa era abierta y sincera, y aquello no gustó al devorador de sombras.

—Lo que usted me está pidiendo, amigo mío, no es posible, está prohibido por ley. Esos registros son privados y solo pueden ser usados por la policía.

—Pero este es un caso muy especial, las dos muchachas a las que busco son norteamericanas, una de ellas es inmensamente rica y su padre acaba de morir, yo tengo la fatal misión de darle la mala noticia.

—Yo no pongo en duda lo que usted me está diciendo, señor, pero si el caso es tal, será la embajada de EE. UU. la que de forma oficial pida que se busque a esa muchacha.

Sintió una oleada de rabia contenida, no estaba acostumbrado a que sus planes se desbarataran así de fácil. Era su última oportunidad y no estaba dispuesto a dejarla pasar. Intuía que estaba acercándose al camino correcto, y su intuición siempre le había salvado en los momentos más críticos.

No, aquel plan no se podía truncar.

—Solo le pido que me deje mirar un momento los libros de los registros.

—No podemos dejar mirar esa información al primer extraño que aparece, amigo mío. Además, los datos llegan al ordenador desde cada hotel, y no lo hacen hasta pasadas las doce de la mañana —el comisario miró su reloj y, encogiéndose de hombros, sonrió—, todavía queda casi una hora.

—Bien —el devorador de sombras se levantó y, con un gesto de su cara, se despidió, saliendo del despacho.

El comisario se quedó mirando la puerta un breve momento, y movió la cabeza en un gesto de resignación. ¡Lo que tenía que aguantar en aquel trabajo!, ¡menos mal que solo le quedaba medio año para jubilarse! Había pasado malos momentos, a veces auténticas crisis, que estuvieron a punto de apartarle de aquel trabajo, pero ser policía era y había sido toda su vida. El comisario Aryn levantó la vista, y fijó su perdida mirada en una fotografía que adornaba una de las paredes. La fotografía mostraba a dos jóvenes muchachos llenos de orgullo y felicidad, mostrando el diploma que les acreditaba como nuevos miembros del cuerpo de la policía israelita.

Fueron muchos años de trabajo en común, la cordialidad y camaradería entre ambos rayaba lo dantesco, pronto fueron conocidos en Jerusalén por el apodo de Starsky y Hutch. Sin embargo, todo cambió una tarde de otoño, Aryn había salido del coche patrulla para comprar las grasientas hamburguesas que tenían por costumbre comer a esas horas, Isaac le esperaba en el callejón de aquella apartada calleja donde solían degustar su almuerzo, lejos de cualquier molestia. Todavía podía recordar cada momento de aquella tarde. Salió con la bolsa de la comida en la mano y dobló la esquina, la escena que presenció fue patética e incomprensible; tres árabes golpeaban el cuerpo inerte de su compañero. Todo fue demasiado rápido, dejó caer la comida y llevó la mano a su pistola, sin embargo uno de los agresores se había percatado de su llegada, por lo que disparó dos veces sobre él. Solo le dio tiempo a tirarse detrás de un contenedor de basura, pero con el tiempo suficiente para ver cómo a bocajarro, y de un tiro en la cabeza, herían de muerte a su mejor amigo.

El día del funeral tuvo que ser sedado, pero aún así y todo no olvidaría la mirada de aquella joven y destrozada viuda, y sobre todas las cosas, cuando se acercó y, agarrando su rostro con las dos manos, le susurró:

—Te quería más que a su propia vida.

Fueron años duros y difíciles, sin embargo aprendió a vivir con ello y sin él.

Miró el reloj y de nuevo la sonrisa se apoderó de su rostro, eran las doce y quince minutos, y el recuerdo del extraño hombre que había estado en su despacho le hizo volver al presente. Se dirigió hacía el ordenador y lo encendió, tenía que pasar algunos informes, pero el ruido de la puerta del despacho al abrirse le sobresaltó.

—Perdone que entre de esta forma, pero el joven policía me dijo que podría entrar.

Qué extraño, pensó, tendría que amonestar al muchacho por aquella falta de disciplina. Sin embargo, la sonrisa que vio en aquella cara no le gustó en demasía.

—Solo quería saber si seguía usted sin querer ayudarme.

—Si quiere usted ver esos registros, tendrá que pedir a su embajada que lo pida de forma oficial, no es tan difícil.

El hombre sacó su cartera y colocó un billete de mil dólares sobre la mesa.

—A lo mejor esto ayuda a agilizar ese trámite.

El comisario miró el billete y lo recogió. El silencio se alargó por espacio de uno o dos minutos. Aquello era más de lo que él ganaba casi en un año, ¡y lo que le pedían era tan fácil! Sin embargo, no le agradaba aquel hombre ni su arrogancia, y su olfato policial le alertaba sobre él. Volvió a poner el billete sobre la mesa, y con el dedo lo alargó hasta el otro extremo.

—Haré como que no he visto ese billete, y que no me he dado cuenta de lo que usted ha pretendido hacer —el comisario clavó en el hombre su mirada más severa—, pero lo que sí tengo que pedirle es que abandone de inmediato este despacho. Le ruego que se vaya si no quiere que investigue de verdad las razones por las que quiere localizar a esas muchachas, llevo demasiados años en este trabajo como para conocer a un rufián a primera vista.

El devorador de sombras recogió el billete y lo guardó en su cartera. Aquello no era más que lo que él había ya previsto, y se sintió ganador cuando vio que el policía recogía un informe y, dándole la espalda, se dirigió hacía el gran archivador de metal que estaba situado al otro extremo de la pared.

El silencio y la rapidez eran cualidades importantes en su trabajo, y él, sencillamente, era el mejor. Con la agilidad de un felino, se abalanzó sobre el comisario, y en un ágil y fuerte movimiento de sus brazos le rompió el cuello. Todo había sido tan rápido, y tan bien ejecutado, que ni una mosca que hubiera estado posada a un metro escaso de distancia hubiera remontado el vuelo.

No entraba en sus planes matar al comisario, pero últimamente no era capaz de controlar la inmensa furia que le embargaba todo el cuerpo. Respiró hondo y sintió cómo una vida humana se escapaba entre sus dedos. Interiormente rezó a Dios y pidió por aquel alma que, de forma violenta, había precipitado ante ÉL.

La muerte del policía no estropeaba más de lo que ya estaban sus planes, de una forma u otra habría tenido que hacerse con los registros, y ordenarían su detención. Ahora contaba con un poco más de tiempo. Con la suerte a su favor, podían tardar varias horas en darse cuenta de la muerte del comisario, tendría que actuar con celeridad para salir ileso de aquel juego. La adrenalina empezó a correr por sus tejidos, aquellas situaciones le gustaban, necesitaba sentir la emoción del peligro para vivir, y en posiciones extremas su eficacia era total.

Dejó el cuerpo sobre el suelo y se acomodó frente al ordenador. Tecleó hasta encontrar lo que buscaba, y empezó a pasar uno por uno todos los hoteles. No había ni rastro de dos mujeres que se hospedaran solas en ningún hotel dentro de la ciudad antigua. Pasó por alto el Rey David, sabía que allí no estaban, pero a cada línea que leía la desesperación y el nerviosismo se iban apoderando de él. Empezó con los hoteles de la ciudad nueva, y uno por uno fueron dando resultados negativos, solo quedaba el ultimo: el Notre Dame of Jerusalén Center.

Fue pasando los nombres, y cuando iba a dar a la tecla para pasar página sus ojos se iluminaron y, de un salto, se incorporó de la silla gritando:

—Bingo.

En el último lugar, sin duda por ser la última entrada en el hotel, leyó:

—Verónica Lograft.

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