El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 3 de 130

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El mentiroso

Capítulo III

Como casi todos los días, las filas de gente deseosa de entrar en el Santuario del Libro, llenaban el ambiente con sus gritos alegres y expectantes. Pero desde hacía un mes esa marea humana se hacía interminable, las noticias del nuevo descubrimiento de pergaminos en Qumrán, habían sobrepasado todas las expectativas que en un principio la dirección del centro había previsto, y se veían sobrepasados por la cantidad de público que formaba desordenadamente a sus puertas.

Eran las ocho menos cuarto de la tarde, por lo tanto solo quedaban escasos quince minutos para que el Santuario del Libro cerrase sus puertas, y ese era el momento en el que Neil entraba a trabajar. Llevaba más de diez años trabajando para el gobierno israelí, y nunca se había sentido importante, ni tan siquiera sus superiores se habían dignado a agradecer su trabajo con un generoso gesto el día que nació su hijo Alónn. Un frío, aunque bonito ramo de flores, fue todo lo que recibió, y ese día fue el primero en mucho tiempo en el que Neil tuvo la certeza de que solo era un mero número sin importancia para la dirección. A aquel primer ramo le siguieron cuatro más, y con cada uno de ellos sintió la misma rabia, cuando de vuelta al trabajo, nadie, absolutamente nadie, se dignó a preguntarle por su familia.

El día que consiguió aquel trabajo, una alegría inmensa llenó su joven corazón pues sabía de la importancia que su núbil nación daba a los tesoros que guardaban aquellos muros. Solo la sangre derramada de tantos y tantos judíos, había conseguido forjar los cimientos en los que se sostendría el nuevo Israel, y aquellos fragmentos de escritura hebrea representaban su identidad, y el testimonio firme de que sus antepasados les tendían la mano en la que apoyarse: su tierra prometida.

Ahora, después de tantos años de oscuro y duro trabajo, aquella luz y fogosidad, había dejado paso a la indiferencia que le daba el monótono deambular de los días.

Aparcó despacio el sencillo y viejo Renault en el pequeño sitio reservado para empleados, y rescató de la guantera un pegajoso paquete, ¡otra vez tortilla a la francesa! Su vida estaba marcada por las largas horas de aburrimiento y los grasientos e intragables bocadillos de tortilla.

Con paso corto, como demorando el momento, Neil entró en el áspero edificio y miró la cansada pero aliviada cara del regordete Serrit, el efecto era siempre el mismo: su cara cambiaba de semblante, y su rostro dibujaba una amplia sonrisa al detectar su presencia. Neil no se lo tomaba a mal, él seguramente hacía lo mismo cuando su esperado relevo hacía acto de aparición. Pero aquel día los nervios y la preocupación le hacían estar más alterado y receptivo, por lo que un escueto gruñido fue todo lo que consiguió el obeso Serrit en respuesta a su saludo.

Se encaminó cabizbajo hacia el pequeño vestuario que hacía de vestidor para todos los empleados del museo —mujeres y hombres usaban la misma habitación y eso había creado más de un problema que la dirección del museo no parecía dispuesta a solucionar— y se dejó caer sobre el banco metálico que servía de asiento.

La respiración se le hacía entrecortada, y el sudor le empezaba a correr de forma impetuosa por la frente y las mejillas. El corazón cabalgaba deprisa en el interior de su pecho, y sentía preocupado el palpitar sobre sus sienes. Tragó saliva y respiró hondo. Había tomado la decisión, pero poco a poco el ímpetu y la predisposición dejaban paso a un miedo casi visceral que le recorría todo el cuerpo. Había pensado que todo «aquello» iba a ser mucho más sencillo, y ahora un estúpido y recóndito sentido de la honestidad, le atenazaba los nervios y no le dejaba pensar con fluidez. Él era tan patriota como los demás, pero necesitaba el dinero y, ¡era tan fácil conseguirlo! Pensó en su padre y los pensamientos se volvieron serenos, pero llenos de culpabilidad. El viejo había luchado poniendo el corazón por un Israel potente, orgulloso y fuerte. ¿Qué pensaría de la acción que su querido hijo pensaba hacer? Pero el momento de arrepentimiento pasó justo en el instante en el que imaginó a su mujer cubierta por las olas, disfrutando de un merecido descanso, y en sus ojos tras la venda de la ignorancia, el orgullo por su marido.

Y él, ¿sería él capaz de soportar su conciencia?, y sobre todo, lo más importante: ¿podría salir ileso e indemne de la ardua y dura investigación que a buen seguro la dirección y el gobierno israelí harían? Ya no tenía tiempo de pensar en ello, se había comprometido y por supuesto el dinero que recibió por adelantado ya lo había gastado, no podía echarse atrás, solo rezar al Dios de Israel para que paradójicamente le ayudara a traicionar a su querido pueblo. La nítida imagen de aquel fatídico día le golpeaba la cabeza una y otra vez, no había conseguido apartarla y seguramente sería el inicio de algo que lamentaría por el resto de su vida.

Un hombre, extraño para él, le había abordado en un restaurante y le había propuesto dinero fácil, demasiado dinero. ¿Por qué tenía que ser él fiel a un sistema y a una comunidad que lo ignoraba, y en la que nunca dejaría de ser un pobre hombre sin futuro?, ¡pero lo que aquel hombre exigía de él, era algo que iba en contra de todo lo aprendido a lo largo de tantos y tantos años!

Empezó a vestirse y a colocarse el uniforme del que tan orgulloso se había sentido, y sin embargo sabía que iba a deshonrar todo su significado. Intentó no mirar el escudo, la insignia que abrillantada en su pecho, le marcaba como vigilante nocturno, y por lo tanto valedor de todos aquellos tesoros. Salió del vestuario y escuchó atento. Nada, ningún ruido, todo el gentío se había marchado ya, y por lo tanto, el Santuario del Libro se encontraba libre de toda persona ajena a él. Unos pasos conocidos sonaron a través del estrecho pasillo, y esperó a que la inmensa humanidad de su amigo Serrit apareciera.

—¡Ufff… —bufó Serrit—, están como enloquecidos, yo diría que los tienen amarrados en sus casas y vienen aquí desbocados y sedientos de emociones!

Serrit se dejó caer sobre el banco de aluminio, y Neil sintió como las patas se resintieron con el golpe. No le apetecía nada charlar con su compañero, pero eso exactamente era lo que hacía todos los días, diez o quince minutos de llana conversación para salir al relevo, y por lo tanto hoy también tendría que hacerlo, no sería bueno para él que Serrit recordara que precisamente esa noche había cambiado su comportamiento habitual.

—¿Has tenido algo especial hoy, amigo mío? —preguntó Neil respirando despacio para dominar su preocupación y sus crecientes nervios — seguro que entre tantas visitas algo peculiar te habrá pasado.

—Bueno, bueno, amigo Neil, es increíble las cosas que uno ve en un sitio como este, desde la pareja que se mete mano en cuanto pierde todo el interés por lo que está viendo, hasta el grupo de japoneses que todos juntos parece que van hacia la gloria. Siempre me ha fascinado la actitud de esa pequeña gente hacia todo lo que está fuera de su cultura —Serrit empezó a quitarse las pesadas botas que como buen exmilitar le gustaba llevar, y su cara se iluminó con una leve pero amplia sonrisa—. Ahora bien, la palma del día se la lleva sin duda una tozuda anciana que se ha debido creer que yo era idiota —Neil miró el grasiento rostro de su compañero y omitió el dar su opinión al respecto—. Verás, la buena señora iba acompañada por una linda moza que ya empezaba a pedir a gritos algún que otro favorcillo, ¡tenía más tetas que mi mujer! Y ¿a que no sabes lo que me dice la vieja? —Serrit obviamente no esperaba la contestación de su amigo, por lo que continuó con su relato—, ¡quería una entrada infantil para la chica, que decía que tenía doce años!, yo, como era natural, le pedí el carnet y empezó a gritarme como una loca histérica, ja, ja, ja —empezó a reírse—, me lo estaba pasando bomba pero la fila doblaba ya la calle, así que le di la dichosa entrada, pero antes de que se marchara le dije: «cómprele una piruleta a la nena», no veas, me fulminó con la mirada y se marchó muy digna.

Neil miró a su amigo y sonrió, aquel gordinflón siempre conseguía sacarle una sonrisa y esta vez no sabía el bien que le había hecho.

Una tenue luz iluminaba el pasillo central, pero las tinieblas acampaban ya por todo el recinto. Neil recorría nervioso la distancia que iba desde la puerta principal hasta el final del corredor, y una vez llegado al final, empezaba el mismo recorrido. El turno de noche siempre había sido su favorito, él era un ave nocturna, pero esta vez hubiera rogado a Dios para estar en la cama al lado de su mujer, y sentir y poder oír esa respiración entrecortada que tanto le gustaba.

Las urnas de cristal parecían mirarle y recriminarle con su silencio la acción que se disponía a acometer, la sensación de paz que siempre le acompañaba en aquellas horas y en compañía de tan antiguos e insignes tesoros, le había abandonado por un dolor espiritual que marcaba el leve paso hacia delante que separaba la tenue línea entre el bien y el mal. Los ojos de David y Abraham los sentía clavados en su espalda y serían un duro peso con el que tendría que cargar todos los años de su vida.

La una de la madrugada, era la hora acordada y todo parecía salir como aquel extraño hombre le había predicho. Palyd, su compañero nocturno, no se había presentado al trabajo y, por lo tanto, todo aquel estandarte nacional estaba solamente bajo su protección, y él se disponía a actuar como otros tantos judíos en la historia que solo se habían significado por la traición hacia su pueblo.

Nervioso y casi sin tino, logró abrir la pesada puerta que en la parte trasera del recinto llevaba a un patio interior, y un susto descomunal hizo que dejara caer con pavor el llavero con las numerosas llaves al suelo, mientras un quejido sordo salía de su boca. La fuerte luz de una linterna se reflejaba en su asustado rostro haciéndole cerrar con fuerza los ojos, Neil se llevó la mano a la cara a modo de visera, e intentó ver más allá de aquel cañonazo de luz.

—Tranquilo señor Neil, no se asuste, todo marcha bien.

Dos hombres entraron, tras cerrar la puerta, en el largo corredor y el que se había dirigido a Neil apagó la molesta linterna. Allí estaba otra vez aquel repulsivo hombre que le había abordado en el restaurante a la hora del almuerzo. Seguía manteniendo la misma hipócrita sonrisa, y la fina hilera de pelos que sobre el labio superior formaban su bigote, se movían al ritmo de su boca. Era bajo, no alcanzaba más allá del hombro de Neil, pero su contextura era musculosa y a simple vista se apreciaba que era un hombre fuerte. Neil volvió a tener problemas, como ya le ocurriera la otra vez para mantener su mirada, pues esta era dura y fría y dejaba entrever la violenta personalidad del hombrecillo. Seguro —pensó Neil la primera vez que lo vio— que su corazón es un duro bloque de hielo dentro del pecho.

Miró a su acompañante y su rostro se tornó en una mueca de asombro cuando, estupefacto comprobó quien era el otro individuo.

—¡Señor Senman! —fue lo único que logró articular cuando vio al director del Santuario del Libro.

El señor Senman se sonrojó, por un instante, al comprobar el asombro de Neil, rápidamente se enderezó y volvió a ser el duro y altivo director por todos conocido, aunque —pensó Neil— el mundo es una caja de sorpresas y estaba claro que nadie conocía, al verdadero señor Senman.

Ahora comprendía por qué su compañero Palyd no había aparecido y sintió ganas de estar en su puesto. Por otro lado, un extraño sentimiento de agradecimiento recorrió su cuerpo, totalmente fuera de lugar en tan irregulares momentos, pues aquello significaba que su jefe y director le había preferido a él para aquella extraña y peligrosa aventura. Rápidamente su ego y el sentido profesional le pusieron en una dura duda: ¿no le habrían elegido quizás porque le consideraban más idiota? Senman era, al lado de su acompañante nocturno, la prueba fehaciente de que la naturaleza era caprichosa y le gustaba jugar con la diversidad en sus obras. Era exageradamente alto y algo encorvado cuando se relajaba, por lo que acostumbraba ir rígido y derecho. Su pelo era canoso, a pesar de no tener más de cuarenta y cinco años, y la curva que marcaba su voluminosa nariz aguileña resaltaba aún más su tez blanca. Ocupaba el puesto de director desde hacía más de diez años, y aún era recordado con admiración el día de su nombramiento. En un hermoso discurso había rechazado cualquier tipo de fiesta, y había invitado a todos los empleados a velar por el legado histórico judío, y a sentir «cada letra de aquellos pergaminos como gota de sangre que corre por nuestras venas».

—¿Está todo tranquilo Neil? —Aquella pregunta le resultó algo idiota, pero fue lo único que se le ocurrió a Senman para apartar de sí aquella mirada llena de frustración y miedo.

—Sí… sí —volvió a decir Neil tragando saliva—, todo está en orden… señor.

El enjuto y moreno hombre rompió el absurdo diálogo entre ambos y con un tono de voz sereno pero firme, dejó claro quién era el que dominaba la situación.

—Señor Neil, haga el favor de llevarnos hasta la rollería —dijo el hombre haciendo gala otra vez de su escalofriante sonrisa.

Anduvieron despacio por el estrecho pasillo que corría paralelo al amplio, y principal, que habían cogido a la entrada. Neil se paró delante de una sencilla y casi desapercibida puerta de madera, y del extraordinario taco de llaves eligió una, metiéndola en la cerradura y haciéndola girar. La puerta no ofreció mayor resistencia, y los tres «visitantes» nocturnos traspasaron su umbral. Nadie hubiera podido pensar que tras aquella humilde puerta se pudiera encontrar tanta historia, maravillosas letras del pasado que llevaban a través de sus trazos por el tortuoso camino que marcaban los siglos, tiempos oscuros que se revelaban ahora para los pocos privilegiados que tenían acceso a ellos, y que por supuesto, tardarían tiempo en hacer público, si finalmente se hacía.

Dos largas y anchas mesas de madera ocupaban toda la estancia, y a su alrededor gran cantidad de ficheros. Neil observó como el hombre que le había cambiado la vida con aquella entrevista en el restaurante, se enfundaba unos gruesos guantes. El hombrecillo empezó a pasear por las mesas y a comprobar el contenido de estas.

Senman amaba aquellos trozos de papel roídos por el tiempo, y aunque «aquel hombre» no podía tocarlos, el mero hecho de pasar sus manos enguantadas por los gruesos cristales que los protegían, le parecía una violación y un ultraje. Él sabía reconocer en los rostros de la gente la admiración e incluso la misma pasión cuando veían aquellas perlas de la historia. Pero la sonrisa y la mueca que se reflejaban en aquel moreno rostro, eran de mero comerciante. No apreciaba lo que veía por su valor histórico único, sino por su precio en el mercado.

Decidió acabar deprisa con aquel suplicio y se encaminó hacia uno de los ficheros, lo abrió y de uno de sus cajones extrajo un pequeño paquete envuelto en trapos de lino. Tras un momento de leve duda lo alargó a su acompañante, y este, sin mirar su contenido, lo guardó en su chaqueta.

—¿No va a mirar su contenido? —preguntó Senman.

—¡Oh, no!, ¿para qué? —respondió el hombrecillo mientras se mesaba el bigote—, sería estúpido por su parte engañarme ahora, y además no creo que debamos correr el riesgo de romper la mercancía, ¿no cree?

—Bien, ¿y ahora? —preguntó casi sin desear saber la respuesta.

El hombre dejó de acariciarse el grueso bigote negro, y se llevó la mano a la chaqueta. Los ojos de Senman se abrieron desmesuradamente y el más infinito pavor se dibujó en sus pupilas, en la mano derecha del sonriente hombrecillo apareció un revolver automático, y con la habilidad que da ser un buen profesional empezó a enroscar un pequeño silenciador.

—Kalad, usted y yo hicimos un trato —empezó a decir de forma entrecortada por el susto Senman, que en un solo día parecía haber envejecido más de diez años.

Sin embargo, la reacción de Kalad fue muy rápida e inesperada para el director, giró sobre sus talones, apuntó solo un leve instante a la cabeza del sorprendido Neil y apretó el gatillo.

Un sonido amortiguado, cercano y mortal, pareció taladrar el corazón de Senman, y sin embargo el pequeño agujero en su cabeza y la mancha roja en la pared, demostraban que era Neil el que había encontrado la trayectoria de aquella bala dejando en su camino la vida.

Kalad se acercó al cuerpo del vigilante, y sin dudar volvió a apretar el gatillo, esta vez en el, ya inerte, corazón de Neil. Sacó un pañuelo de un bolsillo y se secó el sudor de la frente, y mientras, apuntó con su pistola al director que, con sus manos en la boca, no daba crédito a todo lo que estaba viendo. Este retrocedió e intentó rezar, pero su mente estaba completamente abotargada, cerró los ojos y escuchó las palabras que aquel asesino le decía:

—No creo que haga falta que le recuerde lo que usted se está jugando, por lo tanto esperamos que no haga ninguna tontería —Senman sintió como el percutor retrocedía y también como las gotas de sudor invadían todo su cuerpo—. Por cierto, no vuelva a usar mi nombre… es peligroso.

Pasaron varios minutos, pero no se atrevía a moverse, sus ojos se negaban a despegar sus párpados, y el corazón galopaba desbocado y sin final. Despacio y poco a poco fue recobrando la serenidad y respirando hondo consiguió mirar a la realidad. Se había marchado, se encontraba solo. Aquel ser maligno le dejaba vivo y de esa forma su castigo era más duro que la muerte. Intentó levantarse despacio pero no lo consiguió, tuvo que frenarse en el acto, pues en el suelo el cadáver del pobre muchacho le miraba directamente a los ojos, y en aquella apagada mirada solo veía incomprensión… y desprecio.

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