El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 2 de 130

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El mentiroso

Capítulo II

 

El autobús fue frenando lentamente, pero su conductor no pudo evitar que las gruesas gomas de las ruedas, chirriaran de forma ruidosa. El calor era sofocante, el asfalto se ablandaba expuesto como estaba todo el día a la fuerza de los rayos solares, por eso, por más que el experto conductor lo intentara, las ruedas parecían gritar a cada movimiento del volante.

Las puertas abiertas dieron paso al jolgorio escolar que llenó el silencio del valle. Como cada año la King David school hacía su excursión anual, esta vez el sitio elegido era Qumrán, todos ansiaban el esperado y reconfortante baño que les proporcionarían las tranquilas aguas del Mar Muerto.

El silbato sonó fuerte y autoritario, pero aun así y todo, Josina no encontró ningún tipo de ayuda para formar a aquella jauría sedienta de diversión. Había sabido desde el principio que aquel iba a ser un día que recordaría durante mucho tiempo, hacía mucho que había decidido dejar la enseñanza de chicos tan jóvenes, ya no tenía ni la paciencia, ni las ganas suficientes como para pelearse de forma diaria con gente tan tempestuosa y egoísta, aquellos pequeños diablos le sacaban de quicio. Pero el ínclito señor Nemon no le había dejado lugar a la réplica, y ella tampoco se esforzó mucho por contradecir al director, era público y notorio que cuando el tozudo señor Nemon tomaba una decisión, no daba marcha atrás, por eso guardó todas sus energías para la pelea que iba a suponerle la excursión.

La fila se formó y todos guardaron silencio mientras miraban a la esbelta y voluminosa Josina. Tenía cuarenta y ocho años, de los cuales más de veinte los llevaba pasados en el King David School, y por el contrario de lo que le sucedía a muchos otros profesores, a Josina con el tiempo se le marchó el amor y los nobles sentimientos con los que inició su apasionante incursión en el mundo de la enseñanza. Su voz sonó fuerte y segura cuando ante la sonrisa comprensiva del chofer, empezó a arengar a su diminuto ejército.

—Espero de vosotros, aunque sé que es mucho esperar, que lo que en un principio es un día de diversión y descanso, no lo convirtáis en una batalla particular por amargarme el día —Josina miró despacio a derecha e izquierda y proyectó en su faz una sonrisa fría—. Así que me obedeceréis en todo lo que yo diga si no queréis pasar todas y cada una de las tardes del próximo mes encerrados en el colegio, y ahora en marcha.

Con paso firme y decidido la severa profesora inició la ascensión a la pequeña montaña, sin mirar hacia atrás, y dando por sentado que los más de treinta niños la seguían como corderos.

—¿Trajiste la pelota, Selem? —preguntó el compañero que caminaba junto a él con una sonrisa picara, que dejaba al descubierto una graciosa y sucia dentadura mellada.

—Por supuesto, no pienso pasarme todo el día jugando a juegos estúpidos —contestó Selem, haciendo un gesto de irritación con su morena cara.

—¡Ya sabes lo que opina la maestra de las pelotas!

—Me da igual, ya tengo diez años —dijo elevando su pequeño mentón — y no pienso dejarme avasallar por una vieja bruja, David, ¡jugaremos a la pelota!, ya sabes que por la tarde se duerme como un lirón, no se dará ni cuenta.

 

Bueno, pensó, al fin y al cabo sus temores eran infundados, el día marchaba fenomenal y los chicos se habían portado bien. Se había reído con el juego del pañuelo, y también con el «tú la llevas», se había transportado por un momento a su barrio viejo de Jerusalén, y la visión le había hecho disfrutar. Ahora, después del bocadillo y la cerveza fresquita, el sueño le empezó a embotar los sentidos, por eso, allí sentada en la roca y completamente despreocupada desabrochó los primeros botones de su apretada camisa dando respiro a sus grandes pechos y se quedó dormida.

El partido era emocionante, y aunque el sol ya empezaba a esconderse por el horizonte, el cuarto curso de educación primaria del King David School se centraba en la resolución de aquella jugada. Habían dividido a los chicos en dos equipos de nueve jugadores, y las chicas pronto tomaron partido por diferentes bandos, todos, absolutamente todos estaban enfrascados en la disputa del balón. Selem había conseguido dos goles, y se sentía orgulloso. Además Salina, la chica de sus jóvenes sueños, pronto se había erigido en portavoz de sus hinchas y le animaba con voz chillona y dulces ojos, por eso Selem apretaba los dientes y corría, sintiendo la mirada de su chica clavada en su espalda.

—¡Pásamela, eh, David mira aquí, estoy solo! —Selem gritaba a su amigo, pero el pequeño David siguió corriendo con el balón—. Eh, David mira ahora. —David levantó la cabeza y observó la posición de su querido amigo, y no lo dudó, contrajo los músculos y golpeó la pelota, pero ante su decepción esta se elevó demasiado y se perdió entre las rocas ladera abajo.

Josina se despertó súbitamente, y sobresaltada escuchó el griterío: uuuuhhhh, gritaban unas, David… David, gritaban otras. Josina miró un momento y enseguida comprendió: las chicas sentadas en las rocas formando dos bandos, los chicos, unos con camiseta, otros sin ella, sin duda dos equipos diferentes, pero no vio la pelota y eso la preocupó. A su mente volvieron los fantasmas del pasado y su viejo odio por las pelotas…, conducía, conducía deprisa por la avenida central, y una pelota se cruzó en su camino, y de pronto y sin previo aviso, una pequeña chiquilla de no más de cuatro años salió de la acera detrás de su juguete. No pudo frenar, era imposible, y cuando lo hizo fue con miedo y nauseas, salió del coche chillando como una loca y ya lo único que recordaba era aquella mirada infantil apagarse entre sus brazos.

—Ha tenido que caer por aquí, Selem —David miraba preocupado a su amigo, sabía que el fútbol era su vida y que por unos minutos se había sentido un héroe, y un mal pase lo había borrado todo—, no te preocupes, la encontraremos.

—No me preocupa la pelota, David, simplemente me da rabia no poder acabar el partido, cuando volvamos seguro que la gorda esa se habrá despertado —dijo Selem impotente.

—Mira allí —David señalaba una pequeña hendidura hecha sobre la pared de la montaña—, ¡seguro que ha caído allí!

Los dos amigos se dirigieron hacia el lugar, y miraron en el interior.

—Ahí está —gritó orgulloso David—, pero ¿cómo ha podido meterse dentro si yo no quepo? —comentó extrañado.

—Seguramente por este pequeño agujero —señaló Selem— ¡qué mala suerte!, tendremos que separar estas rocas.

Los dos muchachos empezaron a despejar la entrada de lo que sin duda era una cueva, con toda la agilidad e ilusión que daban sus diez años, y pronto hicieron un hueco lo suficientemente grande como para entrar dentro.

Josina, que ya había recibido las suficientes explicaciones, siguió el camino que le marcaban los asustados muchachos, y se dispuso a encontrar a los dos descarriados. Mientras bajaba y bajaba iba pensando en el castigo que impondría a los desobedientes y su furia iba en aumento. Llegó a la pequeña explanada y decidió hacer un leve alto para coger resuello.

—Selem, David, ¿me oís? —El silencio era total y solo el eco devolvía su voz aplacada— Selem, Dav……id —se calló, y escuchó, le había parecido oír unas voces de la pequeña ranura de la pared de la roca.

—Estamos aquí, señorita —contestó tímidamente Selem.

—¡Malditos críos!, salid de ahí ahora mismo —gritó Josina, pero no había acabado de dar la orden cuando David, llevado por el mismísimo diablo, salió corriendo y se abrazó a ella. Josina miró al muchacho y vio en su ceniciento rostro el miedo marcado—. ¿Selem? —gritó.

—Señorita creo que es mejor que pase usted a ver esto, es… es… maravilloso.

Josina soltó despacio a David y avanzó hasta la hendidura, apartó unas cuantas piedras y a duras penas entró justo donde estaba Selem. Su boca se abrió de par en par, no necesitaba ser una experta para darse cuenta de lo que estaba viendo, hasta un niño de diez años —menos fantasioso, pero más listo y avispado que su compañero— lo había comprendido.

—Dios mío —acertó a decir.

Giró su cabeza y observó todo con detalle: numerosas ánforas se repartían por el espacio de la cueva, grandes y pequeñas se mezclaban a simple vista, algunas estaban todavía cerradas y enterradas hasta el cuello. Otras hechas añicos esparcían su contenido como polvo duradero. Pero la pelota al entrar en la cueva había roto una de ellas (sin duda por su fragilidad debida al paso del tiempo) y había esparcido su contenido por el suelo. Josina avanzó despacio y se agachó a su lado, con miedo alargó la mano y sintió el roce del papel, una emoción enorme embriagó todo su cuerpo. Intentó leer aquellas palabras que allí escritas habían permanecido ocultas durante mucho tiempo, pero no pudo, el hebreo que se alineaba con gracia y belleza sobre el papel escapaba a su conocimiento. Sin duda aquellas hermosas palabras no estaban reservadas para ella.

Miró a su derecha y recogió la pelota, se levantó y con la mirada perdida se la dio al muchacho diciendo:

—Cuídala bien, Selem, esta pelota ha sido guiada por la mano de Dios.

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