El mentiroso
Capítulo V
Rebeca y Hillary esperaban nerviosas. Solo conocían vagamente a la nueva dueña de la casa, y su experiencia les indicaba que siempre que había un nuevo dueño, su trabajo se veía afectado de una forma o de otra.
Rebeca tenía algo más de cincuenta años, era de estatura normal y delgada. Todo su cuerpo denotaba agilidad y tesón, a simple vista se podía ver que era una luchadora nata. El trabajo había marcado toda su vida, desde que tenía uso de razón.
Hillary era unos veinte años más joven que su compañera de trabajo, y era sin duda la que más nervios demostraba. No paraba de andar de un sitio a otro, y solo para el leve instante que tardaba en mirar a los divertidos ojos de Rebeca y decir: «nos va a despedir, ya verás».
Era una mujer pequeñita, su pelo parecía hacerla más bajita de lo que en realidad era, pues lo llevaba suelto y caído hacia atrás, a pesar de las numerosas veces que Rebeca le había recomendado que usara un moño para de esta forma realzar su figura.
Sus ojos eran grandes y hermosos, era la parte de su cuerpo más expresiva, y por eso ahora dejaban ver el estado de nervios que la incertidumbre teñía en su mirada inquieta.
Aunque Verónica había sido muy amable, y les había pedido por favor que la esperaran sentadas en el despacho de su padre, ambas estaban de pie cuando Verónica hizo acto de presencia.
—Sentaos, sentaos, por favor, esta es una reunión totalmente informal. Solo espero que podáis ayudarme en un asunto.
Las dos mujeres se miraron, y algo más tranquilas tomaron asiento frente a la mesa de despacho. Verónica no quería que la vieran como su nuevo jefe, sino como una mujer que necesita ayuda, por eso cogió la silla de su padre, que desde detrás de la bonita mesa observaba toda la estancia, y la acercó sentándose junto a ellas.
—Como sabéis, esta familia ha pasado unas semanas difíciles, ahora poco a poco, hay que intentar que todo vuelva a la normalidad.
—Señorita —interrumpió Rebeca—, nosotras queríamos mucho a su padre, que Dios lo tenga junto a él, era un hombre muy atento y amable.
Verónica sintió un leve pinchazo en la boca del estómago, pero intentó disimular su estado de ánimo con una pequeña sonrisa.
—Tenéis que ser muy eficientes las dos para que mi padre dejara toda la casa en vuestras manos. De eso no me cabe la menor duda, por eso, solo sois vosotras dos las que me podéis ayudar.
Hillary, que hasta ese momento había permanecido en silencio y jugueteando nerviosa con sus manos, proyectó su mirada franca y alegre sobre Verónica.
—¡Ojalá podamos hacer algo por usted!
—Gracias Hillary, eres muy amable. Por favor, os ruego que me llaméis Verónica.
El hielo ya se había roto entre las tres mujeres, Verónica había conseguido con su sencillez lo que pretendía, ganarse la simpatía de Rebeca y Hillary.
—Veréis, quiero que por favor penséis bien lo que voy a preguntaros, es importante para mí. Durante esta última semana, ¿habéis notado algo fuera de su sitio?, ¿habéis notado un desorden especialmente anormal?
Rebeca y Hillary se miraron algo sorprendidas, no esperaban unas preguntas como aquellas.
—Unas mujeres que trabajan de forma organizada, como sin duda lo haréis vosotras, notarían cualquier cambio. Mi padre no podía daros excesivo trabajo en esta mansión, y seguro que ya tendríais un ritmo continuo y estructurado.
Verónica esperó un breve momento, y asistió muda al intercambio de miradas entre ambas mujeres, al final fue Rebeca la que rompió el silencio.
—La verdad es que no nos gustaría meternos en los asuntos personales del señor Cail.
—Al señor Cail no vais a perjudicarle de ninguna de las maneras, más bien al contrario, pero soy yo la que ruega vuestra ayuda.
—Sí que notamos cosas raras —era Hillary la que de esa forma hablaba —, al poco tiempo de llegar el señor de viaje, empezamos a encontrar cajones abiertos, libros tirados en las estanterías, la ropa del señor revuelta y fuera de su sitio.
—Un día —intervino Rebeca— encontramos la cocina completamente desordenada.
—¿Y no comentaron nada con el señor?
—Discúlpenos, Verónica, pero ambas pensamos que era usted la que había hecho todo eso.
—Ya, las dos creísteis que era la típica niña rica, que está acostumbrada a que el mayordomo fuera detrás de ella arreglándole las cosas, porque es una inútil además de despreocupada.
—Verá, nosotras…
—No se disculpe, Rebeca, yo seguramente hubiera pensado igual.
Verónica sonrió para calmar un poco su disgusto, y de paso tranquilizar a las dos mujeres, ahora algo más nerviosas.
—Pero ¿y el día de la muerte de mi padre?, ese día yo no estaba en la casa, ¿notaron algo parecido?
—Sí, el despacho del señor Cail estaba bastante desordenado, algo fuera de lo normal, pero con todo lo que estaba pasando, nos centramos en nuestro trabajo y lo arreglamos todo. Al poco tiempo llegó su madre y luego usted.
—¿No le comentasteis nada a la policía?
—La policía no apareció por la casa, ¿por qué había de hacerlo, no murió de un accidente de tráfico el señor?
—Sí, sí, claro —Verónica había visto confirmadas las sospechas que tanto Gires como ella habían intuido—, no os preocupéis por nada, gracias a las dos, me habéis sido de gran ayuda.
Le quedaban varias cosas por hacer, pero ya tenía la certeza de que su padre, de forma accidental o no, había muerto por la posesión de esos misteriosos manuscritos. Solo había una parte de aquella casa que le quedara por mirar, pero no sería ahora cuando lo hiciera, no con las sirvientas haciendo su trabajo por la casa, esperaría a que llegara la noche. Si su padre había mantenido en silencio y a escondidas aquel pequeño museo, habría tenido sus motivos y no iba a ser ella ahora la que vulnerara sus deseos.
La tarde se estaba nublando de forma rápida cuando Verónica, tras aparcar el coche, fue en dirección a la entrada de la comisaría. Unas pequeñas gotas de lluvia acariciaron su rostro. Verónica abrochó el cuello de su camisa vaquera y colocó bien su chaqueta azul. No es que tuviera frío, ni nada por el estilo, simplemente se disponía a ejercer un mero trámite que le incomodaba.
El hall de la comisaría estaba completamente desierto, para tranquilidad del vecindario, nada hacía indicar que aquella zona fuera especialmente conflictiva.
Un robusto y espectacular policía se encontraba detrás del limpio mostrador.
—¿En qué puedo ayudarla, señorita?
—Vengo a ver al comisario John Davey.
John Davey se mostró amable pero algo torpe, no estaba acostumbrado a recibir la visita de guapas muchachas en su despacho, y mucho menos cuando estas eran herederas de ricas fortunas.
John explicó a Verónica las incidencias del primero de los accidentes de su padre, así como los hechos que acaecieron en el segundo y mortal de ellos.
—¿Y dice usted que el coche quedó completamente destrozado?
—Sí, su padre debía de ir a una gran velocidad, encontramos su cadáver a unos veinte metros del coche, sin duda salió despedido por el parabrisas.
—¿Cuál es el informe del forense?
John Devey giró su silla y echó mano del fichero, tras buscar un momento sacó una carpeta y se la entregó a Verónica.
—Este es el informe que nos ha pasado el doctor Stephen Morlar, como podrá ver es claro y conciso en cuanto al motivo de su muerte.
Verónica tomó los papeles y empezó a leerlos con avidez, el doctor Stephen Morlar describía los numerosos golpes recibidos por el muerto.
—¿Sería posible quedarme con estos documentos?
—Bueno, verá, no es algo muy usual, pero tratándose de usted, y aunándonos a su dolor, puedo hacerle unas fotocopias. Mientras, le ruego pase usted a recoger las pertenencias de su padre, hasta ahora nadie se ha hecho cargo de ellas.
Verónica siguió al comisario por un estrecho y mal iluminado pasillo. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, no sabía si hacía frío, o simplemente todo aquello le desencajaba su estado de ánimo.
El comisario abrió un cajón metálico, y de él extrajo una pequeña bolsa de plástico etiquetada.
—Aquí está, esto es todo lo que encontramos, recorrimos varias veces la zona, no creo que se nos pasara nada por alto.
—Gracias, señor Davey, estoy segura de ello.
Se dejó caer en el sillón del despacho, estaba muy cansada, su estado de ánimo hacía que los músculos le dolieran más allá de lo normal.
Abrió el bolso y sacó la bolsa de plástico que le habían entregado en comisaría. La rompió con algo de furia contenida, y esparció todo su contenido sobre la mesa.
Sintió un vacío molesto en el estómago, en aquella pequeña bolsa veía perderse el último aliento de su padre. Aunque todo lo que la rodeaba le recordaba a él, aquellas cosas eran las últimas que habían tenido contacto con Cail.
Su reloj de pulsera, regalo de la abuela Angélica que, cómo no, tenía grabado por detrás una pequeña inscripción: Dad y se os dará. Lc 6, 38.
Las llaves del coche, y la cartera.
Verónica abrió esta última, y con lo primero que se topó fue con su fotografía. Sonrió tristemente, ¡qué pena no haber tenido más tiempo! Lo demás eran los carnets y dinero, nada especial.
Nada de lo que había sacado de aquella triste y fría bolsa le indicaba nada nuevo de su padre, pero algo echó en falta: ¿Dónde estaba el amuleto de su padre?
Cail no daba un paso sin llevar encima la moneda romana a la que tanto apego tenía. Sin duda, pasara lo que hubiera pasado, la moneda cayó de su bolsillo.
Respiró hondo, empezó a ejercitar su famoso método para regularizar las pulsaciones. Una amiga común de Any y ella, psicóloga, les había recomendado un buen método para los momentos de mayor nerviosismo y estrés. Consistía en tomar aire profundamente, notando como se hinchaba el estómago, contar mentalmente cuatro segundos, y luego expulsar el aire en otros cuatro.
Verónica practicaba continuamente este método, cada vez que tenía que hacer una entrevista importante. Enseguida notaba como su corazón latía más relajado y regular. Pero esta vez no pareció ser suficiente, por lo que pasó al siguiente ejercicio: respiró hondo durante cuatro segundos, aguantó el aire durante dos segundos, y lo expulsó despacio hasta llegar a ocho segundos.
Tras hacerlo cinco o seis veces, se sintió mejor y más tranquila. Ahora si podía enfrentarse con otra prueba más.
Miró la enorme librería que embellecía toda la pared del despacho, y recordó el ritual que noches atrás había seguido su padre.
Se levantó y cerró la puerta del despacho, a pesar de saber que estaba sola en la casa. A renglón seguido, se aproximó al gran ventanal ovalado, y tras mirar varias veces por él, lo cerró despacio, echando las persianas y corriendo también las cortinas.
Como recordaba que había hecho su padre, dejó solamente una pequeña y tenue luz, tras apretar varias veces la llave de la pared.
La mirada de Verónica se centró en la librería, y muy especialmente en un gran libro. Ahora que sabía su función, dudaba de que alguien no reparara en él. Sobresalía de los demás, en su tamaño y lujosa encuadernación. Despacio, como si temiera que pudiera darle una descarga eléctrica, sacó el voluminoso ejemplar de la estantería. Sintió el peso del libro en sus manos, y el cercano recuerdo volvió a llorar en su mente, esperó un instante a que pasara aquel mal trago, y abrió el volumen.
«El mejor museo del mundo», volvió a leer. Sin duda su padre no había andado descaminado al elegir aquel libro como llave para aquella puerta.
Fue directa al hueco de la cubierta trasera del libro, y cogió el diminuto mando a distancia. Miró los tres botones, y creyó recordar que su padre le había indicado que apretara el primero de ellos.
La librería, sin ningún tipo de ruido, fue cediendo hacía la pared. El pequeño paso que se había formado permanecía a oscuras. Verónica sabía lo que tenía que hacer, pero ahora no estaba del todo segura de si tenía fuerzas para enfrentarse con la realidad. ¿Y si los enemigos de su padre habían conocido ya su secreto?
Suspiró hondo, y apretó el siguiente botón.
De forma continua y uniforme, la luz se fue haciendo más allá del escueto pasillo.
No sabía muy bien por qué, pero en ese momento a la mente de Verónica se acercó el nombre de uno de los héroes más alabados de su difunto padre: Howard Carter.
¿Sería que ella esperaba, al igual que el sabio arqueólogo inglés ante la tumba de Tutankamen, encontrar aquel lugar íntegro?
Se habían llevado la vida de su padre, ahora rogó levemente a Dios que no le hubieran robado sus sueños.
Verónica avanzó despacio, y dirigió su mirada, una tras otra, por las resplandecientes urnas. Su corazón latió aliviado, todo parecía estar igual que en su visita anterior. No encontró nada que le indicara que alguien hubiera estado allí.
Gires le había indicado, más o menos, lo que tenía que buscar, y tras un minucioso registro, llegó a una cierta conclusión: los manuscritos no estaban allí.
Se encaminó despacio hacia la primera de las urnas, brillante y reluciente ante la imperiosa luz parecía llamarla. Observó la urna vacía, y llevó una de sus manos al pecho. Sintió el contacto de la valiosa medalla en su cuerpo. Se limpió las lágrimas de los ojos, y sacó la medalla de la cadena que colgaba de su cuello.
Verónica abrió despacio y con sumo cuidado la pesada urna, y metió la medalla en su antiguo sitio. Se dejó caer de rodillas y susurró:
—Padre, te juro que no pondré esa medalla en mi cuello hasta que no consiga completar tu sueño, estoy segura que ya sabrás la forma de hacerme encontrar el camino, cuenta conmigo padre… cuenta conmigo.
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